lunes, 19 de febrero de 2007

LA PAZ INDIVIDUAL Y LA PAZ SOCIAL


ACTITUDES DE PAZ EN MEDIO DE UNA GUERRA

Por Alejandro Maciel.



En un mundo convulso por tormentas de belicismo que soplan por aquí y por allá; que cuando se extingue en un rincón se incendia en dos más, no es fácil escribir sobre la paz. Sin embargo, trataremos de vincular este tema con el periodismo, la TV, la educación y la literatura.

¿Qué es la paz? La paz no es solamente la ausencia de guerras sino la presencia de justicia en el sentido profundo, filosófico y hasta ontológico (no temamos usar términos suntuosos cuando hablamos de paz) dentro de una sociedad que hoy es global. Pero esta paz se construye o se destruye gradualmente en el rebaño humano desde que nacemos, crecemos, aprendemos y actuamos. La educación es un punto clave, con una educación sistemática que oriente hacia la solución racional de los conflictos no podría haber guerras, ni violencia ni pandillas.
¿Y qué es educación? Educación es todo aprendizaje socialmente útil[1]. ¿Y qué es aprendizaje? Aprendizaje es todo cambio de conducta interna o externa que se debe a una experiencia y se refuerza con la práctica.

Cambio de conducta interna señala que después de un aprendizaje el sujeto o la mujer que aprendió no manifiesta externamente nada, no observamos ningún cambio físico pero su actitud ha sufrido una transformación si aprendió de verdad algo nuevo. Por ejemplo, alguien que acaba de aprender las normas de tránsito por medio de la experiencia, al terminar de aprender parece ser la misma persona pero una vez al frente de un volante tendrá otra conducta si verdaderamente aprendió, es decir si entre la entrada y la salida del aprendizaje hubo un cambio de actitud. ¿Y qué será esta cosa llamada actitud? La actitud es un complejo sistema tripartito que incluye:

a) Un componente cognitivo, intelectual que es la creencia (datos acerca de objetos, personas o hechos, opiniones personales que han sido aprendidas socialmente) por ejemplo “una cosa somos nosotros, otra los extranjeros”.

b) Un componente afectivo, esto es sentimientos frente a dicha creencia que me invoca simpatía o repulsión; puedo sentir a los extranjeros como personas por las que siento deseos de comprender, ayudar, solidarizarme con su situación pensando que si migraron, tendrán muchas necesidades y carencias por las que siento empatía, “me pongo en su lugar” y trato de facilitarles alguna ayuda. En la otra vereda, puedo sentir rechazo, temor, ideas acerca de la competencia que creo desleal por las fuentes de trabajo que los extranjeros vienen a ocupar sin derecho dejando a los naturales en desventaja. “Los extranjeros son peligrosos” será el sentimiento guía de dicha actitud paranoide que muchas veces, por esas trampas de la fe que tiene nuestra mente, son foco de proyección de otras frustraciones y fracasos personales que usan al extranjero como chivo expiatorio.

c) Un componente conductual, la actitud lleva en sí una tendencia a actuar de tal o cual forma acorde al marco de dicha actitud. De una persona con una actitud hostil hacia los extranjeros no podemos esperar algarabía y muestras de atención y mucho menos solidaridad cuando se encuentre frente a un grupo de forasteros en situación de desventaja. El repertorio de conductas se reduce a la forma pasiva hostil (no hacer nada, no facilitarle las cosas a los emigrados, es decir abstenerse de ayudar o mostrar aceptación) o actividad adversa (dificultarle las cosas, entorpecer su inserción social negándole un puesto de trabajo, por ejemplo) y en este caso ya entramos en el terreno de la discriminación que afortunadamente está prohibida por ley. Pero todos sabemos que, hecha la ley, hecha la trampa. De nada sirve normatizar el final de la cadena (prohibir discriminar) si no mejoramos la base en la que asienta la discriminación, esto es, la actitud.

¿Qué actitud hemos desarrollado como sociedad hacia la guerra y la violencia? Si es verdad que la TV es la vidriera social, desde los comics infantiles, a las llamadas “películas de acción” y hasta las tiras televisivas supuestamente humorísticas, la violencia está aceptada cuando no fomentada como forma de convivencia. La violencia es una forma de comunicación, un lenguaje según los códigos de los mass media. Está bien que la TV no lo es todo, que una buena provisión de lecturas puede volver a poner las cosas en su lugar pero ¿cuánto lee la gente habitualmente? ¿No hemos perdido paulatinamente el hábito de aprender leyendo?

Está demostrado taxativamente que la lectura es la forma del aprendizaje más completa por los mecanismos cognitivos que en ella intervienen, pero si comparamos las horas/televisor frente a las horas/lectura de un niño o niña o adolescentes promedio en la sociedad actual la televisión gana por goleadas. Es decir, prevalece el modelo de solución de conflictos utilizando alguna forma de furia, que puede ir desde la violencia verbal (insultos, gritos), psicológica (amenazas, denigración del otro) y físicas con un repertorio tan amplio que no alcanzaría este libro para describir; pero los invito a ver en la TV o el cine directamente y cerciorarse por ustedes mismos.

Ahora bien, la actitud hostil frente a personas o grupos que creo amenazantes o inferiores es la madre de los prejuicios. ¿Qué es un prejuicio? Es una actitud injusta, errónea e intolerante basada en temores profundos e inseguridades y recelos personales (y/o colectivos) que es devuelta hacia alguien de afuera quien desde ese momento se verá como peligroso, amenazador y alarmante y que trataré (o trataremos) de neutralizar lo más rápidamente posible. El prejuicio no es racional, al contrario es casi el sello típico del fanatismo que por definición, es irracional. Si fuese racional sería una convicción: “no hay que matar”, por ejemplo es una convicción basada en la reflexión acerca de las experiencias de crímenes que conocimos y no deseamos volver a repetir.

Allport fue el primer autor que postuló el fracaso personal o colectivo como la base que gestiona la agresión interna que sale a buscar un foco de conflicto a quien echar la culpa de nuestras propias incapacidades. El prejuicio siempre opera de arriba hacia abajo en la pirámide social; el que está o cree estar en situación más ventajosa oprime y reprime al que está más necesitado. Es por tanto de índole canalla y miserable y tiende a crear desequilibrios sociales.
T. Adorno (1950) propuso otra fuente de prejuicios en las personalidades autoritarias, rígidas, convencionales, sujetas a la letra de las normas más que a su finalidad; los autoritarios quieren imponer lo que consideran “la verdad” en forma coactiva e intolerante a cualquier alternativa. Como operan en base a simplificaciones y generalizaciones frecuentemente caen en razonamientos prejuiciosos y como no están abiertos al diálogo (¿cómo estarlo, si creen tener la verdad de su parte?) no pueden entender otras razones y se cierran en sus principios hasta el fin.

Hay una tercera alternativa (y una cuarta y una quinta pero como Occam está abriendo su navaja, mejor cortemos nosotros) que nos lleva a razonar de este modo: si la discriminación es hija del prejuicio y éste es hijo de las actitudes; debemos observar dónde se originan las actitudes. Y sabemos que nacen dentro de la personalidad que, según el psicoanálisis, está formada por el repertorio de mecanismos de defensas inconcientes que utilizamos en forma automática. Hay mecanismos maduros desde el punto de vista evolutivo y hay otros más primitivos y perjudiciales. La proyección es perjudicial porque tiende a descargar nuestras culpas o errores o miedos en un objeto o sujeto que nada tiene que ver con nuestros conflictos pero justamente, el mecanismo económico que persigue es librarse de tener la basura en casa regalándosela al vecino sin que éste lo advierta. Es muy barato pero muy perjudicial para la vinculación social. La identificación proyectiva es más sofisticada y por tanto más perjudicial. La negación que está en la base de ambos, es nociva: primero debo negar que el fracaso y el disgusto es mío antes de proyectarlo al prójimo. Hay elementos de índole narcisística que impiden reconocer errores en mí mismo, ya que el declararlos abiertamente implica una herida al Yo que es tan susceptible; entonces el Yo no encuentra mejor recurso que mentirse (negar que me equivoqué, negar que fracasé) pero como el error está presente, se lo endilgo a otro, preferentemente un grupo o persona vulnerable y que está en desventaja para evitar que su defensa sea efectiva. Este Yo interior se mentirá, será inconciente pero no es tonto.

Ahora la cuestión debe replantearse: convengamos que existe el fracaso personal en una sociedad tan competitiva en la que no todos pueden llegar a la primera meta, que esto acarrea el remordimiento, la idea de culpa o la frustración; aceptemos que existe la personalidad autoritaria que necesita imponer sus códigos que cree verdaderos y obligatorios (muchas veces de base religiosa dogmática) para sentirse en equilibrio y orden, admitiendo todo eso, ¿por qué la reacción primitiva ante el obstáculo es la violencia en el ámbito individual y la guerra en el ámbito colectivo? ¿No será que la base educativa está fallando? ¿No será que estamos aprendiendo algunas actitudes erróneas? En un mundo donde todo es competencia por ser el mejor, la más linda, la más delgada aunque anoréxica, los más inteligentes, los más fuertes, los más metedores de goles, los más aventajados gimnastas, ¿qué lugar le reservamos a los 9 restantes que no alcanzaron el primer puesto? ¿Es la competencia sistemática una forma de convivencia? ¿No está demostrando con el fútbol que esa competencia feroz fácilmente genera bandos enfrentados que llevan a formas de violencia incontrolables? Es que está en juego nuevamente el Ego narcisista ampliado al grupo de referencia que lo refuerza. “Soy del club A y todos los del club B son enemigos” me decía un hincha a quien entrevisté en radio. ¿Por qué enemigo? El fútbol es un deporte, no un campo de batalla; pero el Ego amenazado (si perdiera vería descender su estima frente a todos los demás camaradas que están de testigo de la derrota, por eso es inadmisible una derrota y los ánimos se encienden más cuando juegan seleccionados nacionales porque en la imaginación de ese grupo anómico, está jugando la patria, el escudo, la bandera (se canta el himno nacional antes del partido) y una serie de valores abstractos que se consideran sagrados y no deben ser mancillados con el triunfo del “enemigo” (ya no adversario) ¿No conspira esta depravación de la competencia contra la solidaridad? ¿No educamos competitivamente en los colegios y escuelas donde exhibimos cuadros de honor, notas, calificaciones? ¿No estaremos convirtiendo al proceso educativo en una motivación negativa? Lo que el conductismo (el premio, las notas) vio como estímulo puede convertirse fácilmente en obstáculo y desinterés para quienes no alcanzan los famosos “objetivos” de la enseñanza.

Sin embargo, aún en las más extremas situaciones de desaliento el espíritu humano da ejemplos maravillosos en la preservación de la paz como el bien supremo de la gente. Para ejemplificar necesito que me acompañen desde el campo de las generalizaciones a un caso en particular: la Guerra de la Triple Alianza organizada por Uruguay, Argentina y Brasil contra Paraguay en 1865. Una mala idea desde todo punto de vista. Lo que según las previsiones del presidente Mitre duraría 3 meses, tardó 5 años. La Guerra tuvo un observador en sir Richard F. Burton quien escribió un libro dedicado a Sarmiento: “Cartas desde los campos de batalla del Paraguay” donde menciona un hecho admirable en medio de esta campaña por mantener la paz a todo precio. En el prefacio del libro (novela) que escribimos sobre el tema cuatro autores sudamericanos traté de avisar esta noticia para el siglo XXI. Transcribo el Prefacio y luego un fragmento del capítulo argentino de la novela. El capítulo uruguayo lo escribió Omar Prego Gadea, el paraguayo don Augusto Roa Bastos y el brasilero, Eric Nepomuceno.


PREFACIO DE “LOS CONJURADOS DEL QUILOMBO DEL GRAN CHACO”

Desde el 11 de agosto de 1868 y hasta el 21 de abril de 1869 el cónsul itinerante de Su Majestad, el capitán sir Richard Francis Burton escribe veintisiete cartas desde los campos de batalla del Paraguay como observador, que es decir espía, mediador, cronista, explorador, frenólogo, estratega, historiador, geógrafo, sociólogo, urbanista. Toda la visión de la vieja Europa de los siglos XVIII y XIX se trasplanta en la convulsionada Sud América, donde las dictaduras suceden a las montoneras, las anarquías a las asonadas. Ya no hay revoluciones. La misma superstición malgastada de repúblicas sembradas en un desierto de ideas regado con sangre, se convierte en rehén de grupos, corporaciones, estancieros y sátrapas de baja monta, que se disputan un poder siempre tambaleante, donde todos desconfían de todos, sin llegar a conformar un gobierno; que es decir instituciones que sostengan el equilibrio del poder.

El 1º de mayo de 1865, a causa de que las tropas del presidente Solano López habían cruzado por unos potreros supuestamente argentinos, se firma el “Tratado de la Triple Alianza ofensiva y defensiva entre el Imperio del Brasil, la República Argentina y la Banda Oriental contra el gobierno del Paraguay”, iniciando oficialmente la Guerra del Paraguay, Guerra Grande o Guerra de la Triple Alianza, que se extendió hasta el 1º de marzo de 1870. En medio de la devastación y la locura, cuenta el capitán Burton en la carta XXIII que “del lado opuesto del Río Paraguay, el del Gran Chaco, se ha fundado un amplio quilombo o establecimiento de fugitivos, donde brasileños y argentinos, orientales y paraguayos viven juntos en mutua amistad y en enemistad con el resto del mundo y la guerra”.

Entrando en el siglo XXI, cuatro autores de las cuatro naciones que se vieron envueltas en ese conflicto volvemos a escribir –como lo hizo sir Richard Francis Burton– las crónicas de una guerra que se azuza con el asesinato de dos presidentes (Venancio Flores de la Banda Oriental en 1868, y Francisco Solano López del Paraguay en 1870) y en la que oscuros intereses sobrevuelan como buitres los cadáveres de nacionalismos convertidos en fanatismos suicidas. Sir Richard se perdió en el espacio, las pampas y los pantanos extraños a su Inglaterra reina de los mares. Nosotros estamos perdidos en el tiempo y esa errabundia de las escrituras es al mismo tiempo virtud y defecto. Más fácil que hacer la historia de los hechos (no somos historiadores) es historiar lo deshecho. La guerra exterminó casi una generación de paraguayos, arrasó pueblos, fortificaciones e hipotecó el futuro de la arruinada nación. Hasta hoy no hay un argumento racional para explicar cuál fue el casus belli. El Paraguay se convirtió en el pandemónium de Milton, tal vez por eso el brigadier general y comandante del Ejército Aliado, Bartolomé Mitre, empezó a traducir el “Infierno” de la Divina Commedia en su tienda de campaña.

Nunca nadie ha ganado nada en ninguna guerra. Los oficiales de las cuatro naciones que desertaron de la contienda para formar el Quilombo del Gran Chaco también estaban perdidos en el tiempo, pensando por adelantado lo que todavía no ha sucedido hasta este ocaso del segundo milenio; perdidos como seguimos nosotros, pensando en un porvenir donde el militarismo, los ejércitos, las fronteras y las armas hayan pasado a ser patrimonios del archivo de la Historia.


Alejandro Maciel, Asunción, diciembre 2000.



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Antes de transcribir un fragmento del capítulo argentino me gustaría detenerme en esta frase de Roa Bastos porque es muy significativa para comprender los propósitos de esta novela:
“La historia no tiene final. Desde el principio de los tiempos siempre hubo hogueras de violencia destructiva. Y también siempre hubo el fuego del espíritu para purificar el daño conjurándolo a través del arte, que es más fuerte que la muerte”.


Fragmento de “Fundación y apogeo del Quilombo del Gran Chaco”
”Viernes 9 de abril.

”La primera vez que se habló del pacto de paz y de guerra a la guerra fue la noche después que el capitán Page enfrentó al comandante en jefe de la Armada paraguaya en Laguna Pirí. El ataque fue inhumano, cruel; un odio desconocido se encarnó en hombres que se volvían fieras unos contra otros, sin saber hasta cuándo. Noté que el rostro de un guerrero y el de una bestia cebada de muerte se parecen mucho; los ojos entrecerrados y fulgurantes como quien mide sus pasos y acecha, la boca en una mueca siniestra que parece olfatear la sangre de cerca apretando los dientes hasta hacerlos chirriar. La piel sudada, rojiza, caliente, brillante.

”En el fragor de la batalla se encontraron frente a frente el comandante argentino Fredo Marín y el capitán de la caballería paraguaya Alonso Benítez; clavaron las bayonetas en la tierra ensangrentada y uno de ellos dijo ‘Esto se tiene que terminar; hay que forzar la tregua cuanto antes’. Después se alejaron, cada cual en dirección contraria. Humeaba el campo cuando sobrevino el silencio. El cura capellán se acercó para decirme que todos estábamos derrotados y que los superiores pensaban reunirse para acordar la pacificación aunque fuera contra las disposiciones de Buenos Aires y Río de Janeiro.
“Viendo el campo incendiado y escuchando la voz pausada del cura, las ideas me golpeaban en la cabeza. ´La naturaleza, que es la escritura de Dios, nos enseña a ser sanguinarios´, dijo, señalándome un halcón que atacaba a una paloma en pleno cielo azul.


”Recordaba una tarde en la que el mismo capellán, el padre Gesio, dejó su breviario y empuñó un fusil cuando los paraguayos nos atacaron en el Paso de la Patria. Me estaba desnudando para dormir cuando se escucharon los aprestos; ágiles como tigres, se movían en la sombría intemperie las tropas enemigas en un asalto de guerrillas. La carpa del coronel ardía. Vi cómo el padre Gesio mudaba de hombre bueno y apacible a la cólera del terror. Se calzó un fusil y masculló: Vengan, perros de mierda.
“Después, quizás con la intención de expulsar las palabras de odio, escupió el suelo.


”Así me vi reflejado ensuciando el agua límpida de un charco, cargando mi fusil, grotesco. Por primera vez sentí una infinita lástima de mí mismo. Me vi miserable, indigente, inane entre el esplendor de la naturaleza multiplicándose sin cansancio ni tregua. ‘Ella nos enseña a crear la vida’, decía el cura Aurelio Khünn cuando nos enseñaba el catecismo. Después aprendí que la naturaleza también destruye las criaturas con la misma pasión. O el mismo odio.

”Entre la nebulosa de mis recuerdos aparece un pintor, casi lugarteniente de Mitre. Quería retratar la calamidad, el horror, la matanza que no termina. Quería pintar la sangre y –confesó algo cansado– no encontraba el color exacto para reflejar la muerte. La lividez ya estaba impresa en el rostro alargado de aquel hombrecito menudo. En un lienzo alargado fueron apareciendo caballos, banderas, humo, fusiles, y hombres tan diminutos que la imagen parece un juego o un sueño.

”Las fuerzas contendieron una tarde y una noche eternas. La fiebre me hizo acurrucar contra el tronco de un pindó cuando ya no daba más del cansancio, el hambre, la sed y el sueño, adulando a los dioses de la muerte para que viniera una guarnición enemiga a darme fin; pero mis ruegos, como siempre, no fueron oídos. Me consuela pensar que Dios estará tan lejos de mí que jamás me concedió un buen deseo o un vicio. No me ha dado bendiciones pero tampoco me entregó a la maldición. El mal, en todo caso, siempre vino solo.

”Cuando amaneció pude ver los cadáveres mal envueltos en cueros de buey flotando en el río, dejando un reguero rojizo; con las heridas abiertas, como esas medallas que condecoran a los valientes. Enfilaban silenciosos en la sepultura líquida de color bermejo. No deja de ser una ironía que la guerra galardone por igual a vencedores y vencidos otorgándoles esos trofeos póstumos de cuajarones y postemas, cuyo livor recuerda el vigor del héroe perdido, por última vez. Dos enormes buitres enflaquecidos encaramados a un despojo escarbaban en el vientre y en las cuencas de los ojos, arrancando tiras de carne pálida.

”El brigadier Aranda estaba malherido a unos pasos de mí. Escuché un quejido vago y llegué hasta él arrastrándome. Tenía un pozo en el pecho, obra de un chumbazo de mosquete a quemarropa. Estaba pálido, con el pulso acelerado, seca la boca y los ojos hundidos. Quería hablarme; tuve que ayudarlo a sentarse para que recobrara fuerzas.

”Dijo que se moriría pronto. Lo dijo bajo, con un dejo de voz que se atoraba a cada paso. Que todo esto no tenía sentido. Mencionó algo así como un complot que armaban para defenderse de la intimación del poder. No supe si la fiebre le ganaba la partida, pero las palabras salían límpidas, como quien está desesperado por decir algo importante. Me explicó que el poder es tan perverso como invisible. Me preguntó por qué peleábamos en esta guerra. No sabía qué decir. Pensaba lo mismo de los paraguayos, pero en nuestras filas tampoco sabemos bien por qué decidimos dedicarnos colectivamente al crimen, comandados por los superiores, que sólo imparten órdenes que reciben de sus generales y éstos, del poder central ubicuo, inasible, ciego a los destinos de los que combaten en el frente.

”Señaló el cielo con un dedo tembloroso y recordó que de ahí procedían todos los errores. Que imitando la idea del poder de Dios, los hombres se arrogaron el mando de decidir por todos, lo que el más fuerte cree que es la verdad. Que es obligación de cada cual velar por su destino y rechazar el mandato de cualquier gobierno que atente contra el bien del común.

”Entre estertores me informó que del lado del Gran Chaco –llamado Gualamba– se estaba gestionando un armisticio entre los delegados del Imperio del Brasil, de la Banda Oriental, del Paraguay y que él tenía la misión de llevar la voz de Argentina, que delegaba en mí. Después dio un larguísimo suspiro y entregó su alma, dejándome documentos y un papel donde figuraban las indicaciones para llegar al sitio de la tregua. Miré la apacible corriente del río que me separaba de la promesa de pacificación. El manuscrito, visiblemente estropeado, describía los términos de un contrato de pacificación entre los pueblos en lucha, repudiando la Triple Alianza ofensiva y defensiva armada para destruir la libertad de los pueblos, sujetándola a los caprichos de las potencias europeas. No me sorprendió encontrar la firma del comandante Fredo Marín junto a la del capitán Alonso Benítez rubricando el pliego de la Declaración llamada simplemente ‘Pax’. Maldice a la guerra en sí, a la que juzga un juego peligroso entre dirigentes que apuestan vidas humanas en vez de gallos para probar su fortuna a costa de la sangre ajena.
“Escribo de noche, cuando nadie me ve. Llevo el cuaderno conmigo, vaya donde vaya.
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Conclusión: la paz depende en gran medida de nuestras actitudes y éstas tienen parentesco con el aprendizaje. Pero no solamente el aprendizaje sistemático y formal de la educación; también el aprendizaje espontáneo y por observación de modelos. Si nuestros niños crecen en un ambiente de violencia doméstica (el 46% de los hogares en Paraguay sufre alguna forma de violencia doméstica según la última encuesta del Centro de Documentación y Estudios, Asunción, 2003) es de esperar que el día de mañana sus actitudes generales frente a los problemas no sean pacíficas. Si reforzamos este aprendizaje con la observación de modelos mediáticos violentos y transgresores, tampoco podemos esperar ciudadanos ejemplares en el futuro. Cabe preguntarnos a nosotros mismos lo que insinuó el fantasma del Cristo a Pedro al salir de Roma: ¿Adónde vamos? Quo vadis?

Al plantear correctamente las preguntas cualquiera puede pensar en las respuestas. Por otro lado, para vencer el desaliento, hemos visto que en las peores condiciones el espíritu humano es capaz de redimirse de la miseria. Que en medio de una guerra catastrófica, creció una comunidad pacifista comandada por militares al agonizar el siglo XIX.

Ergo: todo es posible.

Alejandro Maciel.









[1] Por eso, decimos que en las cárceles se puede aprender pero no educar desgraciadamente hasta hoy en nuestro medio ya que los reclusos se enseñan entre sí las mejores técnicas delictivas y no hay programas serios del Estado (salvo excepciones) de educación en oficios para reinsertar socialmente a los condenados una vez que cumpla su pena.

jueves, 15 de febrero de 2007

OBRAS INFANTO-JUVENILES



________________OBRAS INFANTO JUVENILES__________________

1) Polisapo, cuento escrito en colaboración con Augusto Roa Bastos. Editorial Servilibro, 2002. Editorial Libresa, Ecuador, 2004. Editorial Laberinto, España, 2007.
2) Polisapo en el camino, versión teatral del cuento infantil, fue puesta en escena por Equipo Teatro en el Mall Excelsior de Asunción, Paraguay en 2005 bajo la dirección de Tito García.
3) La Bruja de Oro, novela breve editada por Servilibro, 2003 y Libresa, 2004.
4) Polisapito: versión en historieta del cuento, para iniciación escolar. Editorial Servilibro, 2004.
4) La Gallina y el Dragón, Editorial Servilibro, novela corta, 2005.
5) 2o poemas de humor y una canción disparatada, en co-autorí acon Pepa Kostianovsky, editorial Servilibro, Asunción, 2005.
6) Brujerías en Carayaó, versión teatral de La Bruja de Oro con un cuento y diez poemas inffantiles, Editorial Servilibro, 2007.

EDITORIAL SERVILIBRO: (595-21) 444770
PABELLON SERAFINA DÁVALOS, PLAZA URUGUAYA, ASUNCIÓN, PARAGUAY.
www.servilibro.com.py

Entrevista de estudiantes a Polisapo





ENTREVISTA AL ESCRITOR ALEJANDRO MACIEL
REALIZADA POR ALUMNAS Y ALUMNOS DE LA ESCUELA "FE Y ALEGRÍA"
MAYO DE 2004, ASUNCIÓN DEL PARAGUAY ACERCA DE LAS OBRAS
"POLISAPO" Y "LA GALLINA Y EL DRAGÓN"
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Natalia: ¿Cómo tuvo la idea de escribir este cuento?
A.M. Una tarde iba en el auto con un amigo a casa de don Augusto y vimos en una esquina un policía bajito y gordito y mi amigo me dijo "qué raro", yo le pregunté qué era lo raro y, señalándome al agente de policía, me explicó que en la Escuela de Policía, donde él tenía un hermano estudiando, no admiten personas bajas y gordas. De inmediato pensé en la discriminación.
Víctor: ¿Qué es eso?
A.M. Supongamos que alguien dijese "desde ahora en más no pueden entrar en esta escuela los chicos o chicas que tengan un lunar en la frente", veo que Víctor tiene un lunar en la frente, ¿no es así? Bueno, entonces desde hoy no podrías volver a clases porque yo arbitrariamente prohibí por un capricho, la entrada de personas con lunar en la frente, ¿te parece bien?
Víctor: No, no está bien.
A.M. Eso es discriminar, cuando yo separo a la gente en base a características físicas (que sean rubias o morenas o delgadas o feas o lindas) o sociales (que sean extranjeras, indígenas, de otras religiones) y les prohíbo estudiar o trabajar o convivir conmigo porque "no me gusta" tal o cual cosa. La discriminación está prohibida por nuestra Constitución nacional y nuestras leyes. No puedo prohibir a nadie estudiar, vivir, trabajar en base a su aspecto o su raza o su religión. Y si en la Escuela de Policía no permiten el ingreso de personas bajas, gorditas, están ejerciendo discriminación. Cuando llegamos a la casa de don Augusto le comenté esto e inmediatamente me dijo "Ahí está el tema para el cuento que estábamos buscando".
Lorena: ¿Por qué eligieron el sapo?
A.M. Justamente, es un animal que discriminamos por su aspecto, ¿no es verdad? Los chicos y chicas también persiguen a los sapos porque "es feo"; pero si piensan bien tampoco deberían dejarme entrar a mí a la escuela ya que no soy nada lindo. El sapo ni es feo ni es lindo, ha nacido así por un proceso de adaptación natural y además es muy útil porque nos libra de las larvas de muchos insectos dañinos, el mosquito por ejemplo. Y sin embargo, la gente rechaza al sapo por su aspecto.
Juan José: ¿Y cómo se les ocurrió la historia?
A.M. Don Augusto me dijo que podríamos empezar la historia de este sapo que quiere ser policía en algún sitio lejano del Paraguay porque así los ayudaba a ustedes a ver un mapa, conocer un poco más otros sitios de nuestro país, ver qué rutas se conectan aquí y allá, los árboles, los distintos animales que son típicos de nuestra fauna; yo tenía un cuaderno e iba anotando todo loque Roa me decía, yo agregaba algunas cosas, él se entusiasmaba y me hablaba de los bichos, del Ñacurutú, del Caracol, del Aguará que es muy pícaro.
Elisa: ¿No es una fábula entonces?
A.M. No, Elisa. Fábula es un cuento en el que los animales se comportan con defectos; nosotros tratamos de presentar a los animales con sus modos habituales. En todas las fábulas dicen que las hormigas son trabajadoras y la chicharra es haragana, eso no es verdad. Las chicharras no necesitan acumular alimentos, no es que sean haraganas. Hay que evitar a toda costa distorsionar la vida animal adjudicándole a los animales los vicios humanos. Eso es un error. Por eso Polisapo no es una fábula porque en el cuento los animales tratan de ser animales con sus propios hábitos.
Rodrigo: ¡Pero el Aguará miente!
A.M. Bueno, está bien, el Aguará miente, es verda, para reírse de Polisapo como uan forma más de la discriminación. Le dice que no puede ser policía porque es verde. Y eso es falso.
Natalia: ¿por qué escribe usted?
A.M. Querida Lorena... yo no fumo, no tomo bebidas habitualmente, no sé bailar, no me gusta el amontonamiento de gente, nunca usé drogas de ningún tipo porque sé que todas perjudican el cerebro y yo vivo de mi trabajo intelectual. No me gustan los recitales, ni las salidas a trasnochar, no me atrae ningún deporte, me aburro a los 5 minutos de empezar un partido de lo que sea, naipes, fútbol, carreras de autos... todo me aburre, no entiendo qué tiene que ver conmigo que veinte jugadores se pasen 2 horas corriendo en una cancha, eso no tiene nada que ver conmigo, no me ayuda a mejorar, no me enseña nada, siento que estoy perdiendo un tiempo maravilloso y entonces prefiero leer o escribir. Cuando leo tengo la mente ocupada y feliz, y cuando escribo espero hacer feliz a otra gente, como sutedes que me dijeron que se divierten mucho leyendo este cuentito. Estar aquí con ustedes me hace mucho bien y prefiero esto a mil partidos de fútbol.
Ernesto: ¿Piensa seguir escribiendo?
A.M. Querido Ernesto, no creo que jamás deje de leer y escribir.
Ernesto: Pero usted también es psiquiatra.
A.M. Sí, es verdad y trabajo como médico psiquiatra y soy muy serio con mi trabajo porque se trata de cuidar la salud mental de la gente. Pero cuando salgo de trabajar vuelvo a la lectura y la escritura. También me gusta el cine, en lo posible cine europeo, el cine de Hollywood me parece estúpido, cada vez más tonto. Y la TV es una gran fábrica de tonterías. Yo les recomendaría que tengan cuidado con la T.V. traten de ver lo menos que puedan porque atrofia el cerebro de la gente. En las propagandas, por ejemplo, les enseñan que para ser exitoso deben feumar y tomar cerveza. Pero no les cuentan los graves problemas de salud que trae el cigarillo y el alcohol tomado en exceso. Eso es muy peligroso. También soy periodista en Radio Ñandutí.
Marisa: ¿qué le recomienda a un alumno que quiera escribir como usted?
A.M. Que lea, que lean mucho, todo lo que caiga en sus manos, lean aunque al principio no entiendan del todo, sigan leyendo. Un autor inglés decía que para escribir una página un autor debe haber leído antes 100 libros. Acá en Paraguay se lee muy poco y esa es una de las causas de nuestros problemas. Hay que leer más, mucho más.
Gastón: ¿Quién es Miguel Pencieri?
A.M. Mi primo, él es un excelente dibujante, estudió en la escuela "Ernesto De la Cárcova" de Buenos Aires, él hizo todos los dibujos de todos los libros que publiqué con Servilibro y otras editoriales.

miércoles, 14 de febrero de 2007

Entrevista al autor de LA GALLINA Y EL DRAGÓN

Las tres Parcas dibujo de Miguel Pencieri.

Agosto de 2006.

Entrevista con alumnos y alumnas de la Escuela Fe y Alegría, de Reducto San Lorenzo, Paraguay.

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El curso había iniciado un proyecto de lectura fomentado por Cooperación de Bibliotecas Escolares del Paraguay y el libro era la novela "La Gallina y el Dragón", una obra que indaga el misterioso mundo del sueño. Como parte final del proceso, vino la entrevista con el autor. Como actividades del trabajo se realizó una exposición en la que varios alumnos/as habían dibujado la "Puerta del Sueño" tal como se pedía en el libro. La profesora presentó el proyecto, una simpática alumna leyó el programa a desarrollar. Después de una breve dramatización en torno a los personajes, empezaron las preguntas al autor:



Cecilia: ¿Por qué se le ocurrió escribir esta historia?

A.M. : ¿Por qué no?

Cecilia: No sé, el tema de los sueños es muy complicado....

A.M. Pero sin embargo ocupamos 1/3 del día en él, ¿no es así?

Cecilia: estuvimos investigando y no todos duermen 8 horas al día. Mi abuela duerme 6 horas.

A.M. : ¿Y vos?

Cecilia: bueno, a veces 8 y a veces más...

A:M: ¿Alguien más duerme menos de 8 horas?

Juan Pablo: No, yo duermo más, si puedo.

A.M.: ¿Vieron, ése es el caso, cuando más jóvenes somos, dormimos más, los bebés se pasan durmiendo....

Mónica Almada: ¿Qué es el sueño para usted?

A.M.: una capacidad humana maravillosa que nos permite pensar con imágenes.

Ernesto: ¿Como la Gallina de la novela?

A.M.: Exacto, como soñaba Carlina.

Angel: ¿Y por qué soñamos? ¿No sería mejor descansar toda la noche?

A.M.: Eso no lo sé. De hecho, descansamos. Y vemos una linda película de paso...

Piensen que ustedes tienen más o menos 10 a 11 años.... eso significa que se pasaron duermiendo 3 o 4 años. ¿No les parece mucho?

Angel: Es mucho, muchísimo.

A.M.: ¿Cuánto tiempo le dedican a la lectura?

Diana: Y... media hora al día.

A.M.: ¿Duermen 8 horas y solamente leen media hora? ¿Cómo piensan que van a aprender?

Héctor: Para eso venimos a la escuela...

A.M.: No, la escuela está para facilitarles el ritmo y los temas del aprendizaje pero ninguna escuela puede leer por ustedes. Ustedes mismos deben leer por su cuenta.

Carlos: ¿Qué podemos leer?

A.M.: De todo, todo lo que caiga en sus manos: diarios, revistas, historietas, libros, libros.... lo que sea; al principio no van a entender muchas cosas pero después cada vez será más fácil.

Aldo: Sí, eso me pasó con su libro, al principio no entendía nada pero después con los otros y con la profe fuimos viendo todo eso, la historia que contaban y nos reímos mucho con esos bichos.

Mónica: Son muy graciosos los animales y ese Dragón que se pasa quemando la ropa de la Moboreví, ¿por qué hay animales tan raros?

A.M.: Creo que debemos conocer nuestra fauna, el mboreví es un animal de nuestra región.

Aldo: Ví en el zoológico, hay uno grande...

A.M.: Sí porque es de nuestros bosques.

María del Carmen: Con la profe buscamos todos los datos de los animales y vimos dibujos.

Leandro: También vimos en Internet lo que es un Dragón y algo de la China también.

Cyntia: la verdad es que tuvimos que buscar muchos datos porque la novela tiene muchas cosas extrañas pero aprendimos mucho. Yo le preguntaba cosas a mi papá, a mi tía, a mi madrina.

Héctor: Yo empecé a escribir lo que soñaba, antes no me daba cuenta. O no me acordaba, no sé. Pero desde que empecé a anotar veo que sueño mucho.

Graciela: ¿Va a seguir escribiendo hisotrias así?

A.M.: No sé, las historias vienen solas, yo no sé sobre qué voy a escribir el día de mañana pero la editora que se llama Vidalia ya me pidió otro libro y con Pepa Kostianovsky, esa periodista tan famosa, estamos escribiendo un libro de poesías para chicos y chicas que se llamará "20 poemas de humor y una canción disparatada"

Leandro: ¡Me hizo reír mucho la poesía del Gato de la Bruja! Ese Gato que no quería lavar los platos.

A.M.: Pero eso es de otra novela...

Profesora: Ellos leyeron el año pasado "La Bruja de Oro"

A.M.: ¡Qué constancia para aguantarme! No me queda más que agradecerles.

miércoles, 7 de febrero de 2007

ADAN NO TUVO PADRE !!!!!


Releyendo el libro “La letra e” de Augusto Monterroso me encontré con el palíndromo[1] ADAN NO CALLA CON NADA. Y se me ocurrió hacer algunas variaciones, recordando que en algún sitio un autor cuyo nombre ahora no puedo olvidar y por lo tanto no recuerdo, había llamado al padre de la especie “el hombre que no tuvo ombligo”. Esto se vincula “hic et nunc” con el templo de Apolo en Delfos del que se decía que era “el ombligo del mundo”; en cuyo frontispicio figuraba la frase que fundó toda la filosofía socrática: “Conócete a ti mismo”. Y del conocer se trata, porque aunque de nada valió su falta de silencio: no ha sabido defenderse desde que el Espíritu inspirara el Génesis hasta que yo sepa, mi alegato del tercer milenio.
Vayamos por parte. En el primer libro de esa colección que los griegos llamaron “Los libros” (La Biblia) se relata la creación del hombre Adán a partir del barro, luego el soplo divino que le instila aliento vital (alma) y por último la tramposa prescripción de El-Que-Es prohibiendo comer del fruto del árbol de la ciencia, que siempre crea conciencia. En el Edén de Adán había plantado un árbol que fructificaba conocimiento. Antes de comer su fruto, Adán estaba ciego.

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LOS NASENIOS Y LA EUCARISTÍA

Un curioso texto atribuido a Epifanio de Constancia titulado “Panarion o Botiquín ” describe minuciosamente cierto oficio ofídico habitual entre los nasenios. Epifanio fue uno de los Doctores de la Iglesia y obispo de Salamis, en Creta, en el año 385. Como detesto hacer cortes en una cita transcribiré la narración del ritual nasenio en su forma íntegra, tal como está registrado:
“Amontonan panes sobre la mesa. Llaman a una serpiente a la que han criado como animal sagrado. Al abrir el cesto sale la serpiente que alcanza la mesa, se desliza entre los panes y los transforma en Eucaristía.
Entonces parten los panes que rozó la serpiente y los distribuyen entre los comulgantes. Cada uno de éstos besa a la serpiente en la boca, porque ésta ha sido domesticada por el encantamiento y se arrodillan ante el animal sagrado. La serpiente consagra los panes por contacto. Una vez tomadas las santas Especies, la serpiente da el beso de la paz y traslada a Dios la acción de gracias de los fieles”.
Naturalmente muchos sentirán repulsión por el beso y la comunión; pero dejando de lado estas cuestiones fóbicas, se me ocurren tres acotaciones a tan magna ceremonia.
Primera, que no se puede negar su origen semítico. Cultos referidos a víboras deben tener casi necesariamente su origen en algún desierto donde este reptil es soberano. En el Antiguo Testamento se registran referencias tempranas casi al empezar el Libro del Génesis, el primogénito de la Biblia. Es el único animal dotado de palabra en el Paraíso donde la voz de Yahveh es letal para los cuerpos. La voz de la víbora será nefasta para las almas cuando tienta a la pareja original hablándole en la única lengua que existía antes de la Torre babilónica. Un vasto ejército de eruditos y exegetas ha emparentado a esta serpiente del Edén con la del Apocalipsis 12:9. Esto descubre al demonio detrás de ambas.
La interpretación rabínica tiene otra versión: el Yéser~ra, uno de los ángeles de Yahveh cuya misión es tentar al rebaño humano como si los instintos no fuesen suficiente pasto para el fuego de los deseos. El Cristianismo siempre vio con ojos torvos el Talmud que salva el abismo del origen del mal porque si Satanás es un tentador, no es causante del estrago espiritual, el mal queda insito en la criatura y no hay dualismo; Satanás no es una criatura de signo contrario e imperfecta creada por un Dios perfecto que se equivocó. Gente insidiosa y contumaz seguirá insistiendo para averiguar cómo un Dios perfecto creó a Eva y Adán, visiblemente estropeados en su factura.
No falta quienes creen que el autor del relato bíblico quiso amonestar al díscolo pueblo judío, siempre propenso a las idolatrías en una tierra donde los aborígenes tenían respeto sagrado hacia las víboras. Los ritos de fertilidad y la adoración de los reptiles estaban fundidos en Canaán. No olvidemos que cuando el pueblo marcha por el desierto siguiendo al caudillo Moisés (Números o Be~Mibdar, 21:1) Yahveh lo castiga por las dudas y quejas que se multiplican en una multitud sedienta y hambrienta bajo el sol calcinante que esplende las huellas en la arena blanca. Para expiar ese pecado Yahveh les envía un furioso ataque de serpientes venenosas y repelentes, pero también les envía el antídoto: levantar un estandarte enarbolando una serpiente de bronce para curar la ponzoña. El mismo Moisés ya había convertido una vara de bronce en serpiente para ganar la piedad del Faraón que como todos sabemos, era terco y obstinado.
Mi segunda observación se refiere al ritual de los esenios. Como en la misa, sugiere una transubstanciación. El ritual cristiano nos convierte simbólicamente en deicidas y caníbales. Nos entrega un inocente para ser sacrificado; aunque en el fondo, nadie es inocente del todo. Pero ése inocente es Dios y debemos sacrificárselo a Dios para purgar delitos del vecindario. Y, acto seguido, debemos devorárnoslo en una insólita teofagia que poco hizo para transformarnos en pequeños Cristos en veinte siglos de comuniones y digestiones. La Iglesia Católica afirma y confirma la transubstanciación, es decir la transformación de la especies pan y vino en las especies carne y sangre de Cristo durante la elevación de las ofrendas en la misa. Durante los diez siglos del medioevo la Iglesia acosó a los alquimistas que a fin de cuentas, con una meta más crematística, perseguían permutar los pesados átomos de plomo en brillante oro, asegurando que esta hazaña era imposible para el hombre porque estaba reservada a Dios el prodigio de mudar las materias fijas que creó en los siete días del Génesis.
En el hoy brumosos siglo IX Pascasio Radberto, abad de Corbie escribe “De corpore et sanguine Domine”, donde afirma enfáticamente que el cuerpo de Cristo que se adora en el sagrario es material y real, oponiéndose a la conjetura del monje Retramno que sostenía que esta presencia del Cristo era solamente espiritual.
En el año 1073 el arcediano de Angers, Berengario de Tours, escribió un tratado sobre la Eucaristía: “De sacra cena adversus Lanfrancum”. Mientras todos vemos al medioevo como una pacífica época de somnolencia intelectual, basta abrir los códices miniados para desentrañar agrias disputas escolásticas en las que togados teólogos se combaten con saña e inquina, sobre todo cuando pertenecen a órdenes religiosas diferentes como las piadosas huestes de dominicos y franciscanos. ¿Quién era este Lanfranco contra quien disputaba Berengario en su opúsculo? Nacido en Pavía, Lanfranco fue estudiante e investigador de Derecho en la Universidad de Bolonia, ya celebrada por aquellos tiempos. Desde el año 1070 fue arzobispo de Canterbury y uno de los maestros de Anselmo, el del argumento. En la Semana Santa del año 1072 abjuró en un solo acto de retracción de la ciencia y la dialéctica, pronunciándose a favor de la fe revelada por Dios. “El justo que vive de la fe no intenta analizarla con ayuda de argumentos, ni aclarar por medio de la razón la forma en que el pan se hace carne”, propuso. La respuesta del arcediano de Angers se expresó en una tesis que después fue doblemente condenada como herética: Berengario negó que el pan y el vino consagrados en el altar se transformaran efectivamente en el cuerpo y la sangre del Cristo. Poniendo el acento en la dialéctica, objetaba (“en la evidencia está la cosa”) apelando al sentido común.
Trataré de exponer, corriendo algún riesgo del que no comprometo garantía alguna, la tesis eucarística de Berengario.
¿Qué es el pan?, nos pregunta el arcediano de Angers, y responde haciendo la discriminación aristotélica: el pan es un compuesto, una sustancia ontológicamente independiente, que existe fuera de mí, reside en sí. Para el caso, es una sustancia sensible no como los ángeles que son sustancias hechas de ideas, volátiles, traslúcidas, intangibles. Por el contrario, el pan se puede tocar, ver, pesar, medir.
Toda sustancia está compuesta de materia y forma.
Visto desde este análisis elemental, no podemos negar que el pan es (participa de un ser). Si es, continúa Berengario, es algo ya que no podría ser algo si previamente no es. ¿Qué es? Es pan.
Discúlpeseme de usar silogismos y entimemas al mismo tiempo; si me limitara al primero este discurso sería virtualmente interminable. Entimemicemos cuando haga falta.
La opinión oficial de la Iglesia enseñaba que en el momento de consagrarse en el altar el pan dejaba de ser pan para ser el cuerpo divino del Hijo. Sin embargo usted y yo seguimos viendo una hostia blanca en las manos del sacerdote después de la consagración. La opinión oficial admitía que en el momento de la elevación los accidentes de la ex~sustancia~pan persistían como tales. Cuando el oficiante levanta la hostia, observamos accidentes mudables que obstinadamente, siguen siendo fieles a su antigua sustancia de pan y así se dejan ver, tocar, gustar. Pero, objetaba Berengario, al dejar de ser pan como dice la Iglesia, el pan antes debe dejar de ser. Una proposición, según sabemos, desaparece si se le quita una de sus partes, sujeto o predicado. Por lo tanto, decir “el pan es el cuerpo de Cristo” cuando se ha dicho antes “el pan dejó de ser pan”, es destruir la proposición en el momento de pronunciarla, es no afirmar nada ya que se parte de una negación o privación. Es una contradicción lógica.
Berengario murió en el año 1088. Sus tesis fueron condenada. La Iglesia tenía misiones más urgentes: la reforma iniciada con el Dictatus papae del año 1075 de Gregorio VIIº. En el año 1076 el Papa excomulgó al emperador Enrique IVº, al que perjudicó enormemente no por el asueto a su fe sino por haber dictaminado en el mismo rescripto que “los súbditos de Enrique IVº quedaban eximidos de las obligaciones que le había jurado”. Si Enrique había discutido su poder espiritual, Gregorio le amputaba el poder temporal como impuesto a sus fechorías. En el año 1095 se llama a la Primera Cruzada. Nunca antes en el Occidente se había organizado una excursión masiva en nombre de la fe. La historia probará después que hubo más mala fe que fe.
Mi última observación a la doctrina eucarística de los ofitas que describió san Epifanio en su “Panarion”, es resaltar la paradoja que significa esta consagración de las santas especies por medio del contacto con el declarado enemigo de Cristo: el demonio o la serpiente que suplanta al demonio, que suplanta al mal. Este culto instintivo y salvaje como la desesperación por librarse de la cárcel del cuerpo que guiaba las liturgias gnósticas, quiere salvar por medio de un acto sagrado el abismo que separa el bien del mal. Una vez anulado este sumidero, ¿qué trinchera quedará para separar la vida de la muerte; el ayer del mañana?
La conciliación de los opuestos y la regeneración de los sucesos en el tiempo les permitieron desterrarse de su propia historia a estos furiosos perseguidores de la verdad. Corrían los primero siglos de nuestra Era; casi en cada cueva de Medio Oriente se escribían epístolas, evangelios, profecías y apocalipsis. Las conjeturas y especulaciones teológicas pasaron de ser un deber a ser un deporte en el que ligas silenciosas atacaban y defendían posiciones invisibles por medio de escritos. También los oficiosos gnósticos se sirvieron del ofidio: el Ouroboros, para unos dragón, para otros serpiente, para otros un híbrido entre ambos con la forma de un anillo. El dragón que se muerde la cola simbolizaba el universo gnóstico circular, sin principio ni fin como la cinta de Moëbius cuya única ventaja es la tridimensionalidad. A los gnósticos no les interesó determinar las coordenadas del espacio porque lo describían infinito. Como auguraban vida perdurable, tampoco el tiempo necesitó de las fórmulas matemáticas de Einstein. El Ouroboros tiene la ventaja de su simplicidad. Una sola mirada basta para comprender con un símbolo fugaz lo que la Física (que comparte con la teología el vicio de discutirse a sí misma), tardaría en decirme en un manual que seguramente sólo comprenderé a medias si uno no olvida que el tumor me lisió ¼ de cerebro. Lo que no es poco.
Referencias:
“Nasenios” aparece en otros textos o citas como “Naasenos”. A quienes deseen ampliar datos sobre los gnósticos, les sugiero los textos que me fueron de utilidad.
-“Los Gnósticos”, de Serge Hutin, Editorial Eudeba, Buenos Aires, 1976.
-“Historia del pueblo Judío”, James Parker, Edit Paidós, 1970.
.”La Filosofía medieval en occidente”, Dir. Birce Parain, Edit. Siglo XXI, Méjico, 1986.
-“Guía de la Filosofía”, C.E.M. Joad, Edit. Losada, 1979.
-“La rama dorada”, J.G.Frazer, Edit. Fondo Cultura Económica, Méjico, 1977.


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CRÓNICAS DESESPERADAS DE DOS ÁNGELES EN SODOMA

“No es del todo cierto lo que está escrito en un libro tenido por sagrado donde se nos imputa haber descendido a censar las abominaciones humanas en un vecindario donde la lujuria corría pareja con su pravedad. Bastante ya ha sido tratar con los pecados del cielo; ni Dios, que es omnipotente podía comisionarnos a la tentación de conocer la culpa antes que la infracción del deseo.
Lo cierto es que bajamos a la tierra con el edicto sagrado para exterminar a los injustos junto con los aduladores; a los forajidos y a quienes observan tan escrupulosamente la ley, que la convierten en una prisión para sus cuerpos y un suplicio para sus espíritus. La ley se escribió para igualar a los mortales con los dioses. La misma muerte no es más que una ley menor.
Era el atardecer, la hora de la mansedumbre cuando un vapor invisible llena la hora moribunda de sombras y grises, la hora en que las alhucemas hacen flotar en ese vapor su gusto ácido, opalescente, que recuerda la omisión de la memoria humana. El sol rojeaba los relieves de las cuestas mientras Lot se inclinaba a gemir sus plegarias por los justos en el umbral de su casa.
También es cierto que al entrar en celo la noche, Lot nos convidó a su mesa, nos hospedó; atendió nuestras fatigas, la sed y el hambre para demostrarse a sí mismo que todo acto de justicia exige una privación.
Después (el escrito sagrado lo consigna con reservas al pudor de sinagogas, templos y catedrales), vino la horda de los sodomitas, vino el asedio. Secretamente intuimos la fiesta de la carne que nos amenazaba.
Los hombres y mujeres nada saben de los ángeles; en cambio, nosotros somos versados en excesos, dolo e indecencias que aprendemos del rebaño humano y por eso, conocemos a la gente. Todos los disidentes del Paraíso aprendieron las maquinaciones humanas antes de entregarse a la estafa y el fraude.
Nuestra fue la idea de instar a Lot a comerciar la castidad de sus hijas para salvar nuestra honestidad. Nuestra existencia, que precede a la sucesión del tiempo humano ya conocía el incesto que el relato describe mucho después del exilio de las ciudades condenadas: Gomorra, Sebohim, Admá y Sodoma. Pero la turba no aceptó el trato. Colándose por los párpados de las persianas nuestra pureza esparcía un perfume a infancia. Ese aroma delicado del pétalo exhalando la llamada del germen encendió el fuego de los ánimos; los placeres largamente agostados se sacudieron repentinamente, un filo de acero parecía brillar en la cabeza de la noche, las chispas de su refriega bullían en el interior de los sodomitas. Todo era fuerza escaldada, humo de bufidos, sudores y gemidos. Los hombros de los hombres arremetían con fuerza contra la puerta. Crujían las fallebas rítmicamente como la máquina de los sitiadores contra los paños de un muro de piedra que se desgaja. Decidimos cegarlos: es sabido que la visión es aliada de la sensualidad; pero ellos seguían insistiendo, aullando de deseo y de odios. Intentaron arrastrarnos al vicio por medio de promesas pero en el cielo nunca creció el árbol del deseo, por esa razón, tanto nuestra virtud como nuestra perversidad no tienen límites.
Quienes no fuimos amasados de materia en el tiempo, ignoramos por completo las desesperaciones del porvenir y las acusaciones del pasado. Lot no parecía entender nuestra misión. Vinimos como mensajeros; para él éramos simples verdugos, artífices de la catástrofe. Primero imploró por cien justos ofreciendo canjear la ciudad por su piedad pero buscando en su memoria no halló los cien. Ofreció diez, tampoco los encontró aunque revisó escrupulosamente sus amigos y parentela. Ofreció uno pensando que la sola existencia de la justicia merece la salvación; pidió por un justo, pidió por Lot. Cerca, más allá de la pendiente reseca gruñía el Mar Muerto. Tuvimos que explicarle pacientemente a la mezquina luz de alcuzas que colgaban de las vigas que ni siquiera un rebaño de justos es suficiente a la hora de limpiar tantas ofensas; que Dios había creado un mundo generoso en el que ser justo no exigiera tanto esfuerzo y eximiera de tanto dolor. Que el Altísmo ya había sentenciado; que la demolición y la hoguera no tardarían más que nuestras dudas que quizás en las entrañas de la oscuridad el azufre ya brotaba para el exterminio.
Clareaba con tibieza en el naciente cuando salimos de la ciudad confiscada al mal. A todos advertimos sobre le riesgo de mirar hacia el pasado, pero la mujer de Lot buscó despedirse de sus recuerdos y volvió los ojos hacia la muralla fulgurante bajo el cielo furioso que estragaban las llamas. Dios la convirtió en sal, materia sagrada, odiosa al demonio porque impide la corrupción de la carne. Nadie sabe que la desobediencia, a veces santifica. Dios la bendijo premiándola con la perpetuidad: los años y los siglos rebanarán los riscos, reducirán la piedra al polvo del que está hecha la criatura humana pero la mujer de sal seguirá observando de pie la dignidad de los exiliados.
Nadie conoce el pensamiento de Dios, que es mortífero. Hemos de confesar que después de acompañarlo desde siempre, sin principios, aún hoy sus enigmáticos designios consiguen sorprendernos.
¿Por qué la lluvia de fuego sobre Sodoma y Gomorra cuando sabemos con certeza que en otros sitios se comenten males mil veces más aberrantes, se masacra a los inocentes y se tortura a los justos? Los males, ya lo aprendimos, son necesarios en el universo desquiciado que sin ellos, sería imperfecto. Muchos males prestan valiosos servicios: el crimen enseña a valorar la vida; por el sendero de los vicios llegamos a la prudencia. El odio a la guerra mantiene la paz. Muchas veces un exceso de lascivia conduce a la santidad más ascética, como la de Thais de Alejandría y Agustín de Hipona. ¿Por qué destruir entonces Gomorra y Sodoma, futuros templos de castos?
Hemos de vigilar la historia para descubrir la respuesta. Intuimos que Lot ya la conoce; por eso se salvó del castigo destinado a los fornicadores. Y también sabemos que una larga noche fue amante de sus hijas, y sobrevivió.
No podemos dudar de Dios ni de su justicia; pero sí de Lot”.
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(Fragmentos del libro "La salvación después de Noé")
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1 – 6 de 6

sábado, 3 de febrero de 2007

BALADAS VACUNAS EN UNA LAGUNA


La Vaca Pepita es una modista

"De alta costura", dice en la revista.

Y el Toro Campeón de la raza Angus

La ama en secreto y le envía francos,

Libras esterlinas, bonos del Tesoro,

Anillos y versos, un perro y un loro.


La Vaca no acepta porque es educada,

Tiene tacos altos y blusa floreada.

El Toro amanece pensando en Pepita.

Toma tereré y a quien pasa, invita.

Quiere desahogar tan inmensa pena:

Amar de mañana, en almuerzo y cena.

Amar sin medida, sin peso ni olor

Amar en silencio y en tecnicolor.


Pasó un tal Pinocho diciendo mentiras

El Toro no cree ni escucha ni mira.

Pasó Cenicienta y el Príncipe azul

Le habló de un zapato: no entendió ni mu.

Pasaron el Lobo con Caperucita,

La Bella Durmiente, Mambrú y la Abuelita.

Mambrú le contó que iba a la guerra

Habló con el toro y terminó el problema.

Cantó cierta marcha en son militar:

Diciendo de paso:




Pasa sola muy oronda Blancanieves

Sin enanos ni madrastra por ser jueves.

Como siempre el Toro invita un tereré

Y ella ofrece ser madrina del bebé.


Chibirín, chibirín, en el Puente de Aviñón

Todos bailan, todos bailan

Sin razón.


Todo el monte sabe bien que el Toro ama

¿Y por qué no se lo dice a la fulana?

Ella sigue muy campante haciendo ropas

De esas raras, que se usan por Europas.

Una Rana comedida se lo advierte:

"Hay un Toro que se ablanda al solo verte".

-No me digas que es verdad ese chimento.

-¡Si no fuera de verdad, no te lo cuento!


Queda entonces pensativa la Pepita

Llama por el celular a sus primitas

-Tengo un novio pero yo no sé quién es

-¡No me digas, si es así, yo tengo tres!


Ja ja ja, jarajajá con esta Vaca

Que imagina los galanes en la chacra.


En un árbol se encontraba la Torcaz

Cu curu-cucú. ¿Adónde estás?


Llega el Angus con su manto colorado

Se declara de perfil y de costado.

Le promete serle fiel hasta la muerte

Tenga gripe, tenga sueño o tenga suerte.

Hasta cae un lagrimón verde-limón

(Son las cosas que entrevera tanto amor)


En el árbol continuaba la Torcaz

Cu curú-cucú no digas más,

O pregúntale a san Antón, el pirulero

Que el santo más casamentero.


Dijo "sí" la enamorada oliendo un trébol

Y arreglando su tocado en un espejo.


¿Quién oficia de madrina en estas bodas?

(Se ofrecieron mil quinientas menos todas)

En el árbol preguntaba la Torcaz

<¿Dónde estabas corazón que ya no estás?>


Se casó de punta en blanco ña Pepita

Con el Toro campeón que de amor, grita.

Todo el mundo está de fiesta en pleno campo

Cu-curú cucú bailan malambo.


Don Mambrú dejó la guerra para siempre

Porque allí sólo se aprende a matar gente.

Blancanieves nos recuerda que no miente.


--
Alejandro Bovino

viernes, 2 de febrero de 2007

Notas sobre Richard Francis Burton


LAS CARTAS DEL CAPITÁN -primera nota-.



“De un británico que se hace sepultar en un mausoleo con forma de tienda de campaña se puede esperar cualquier cosa”, dijo un cronista francés cuando visitó el cementerio de Mortlake donde yace sir Richard Francis Burton, el autor que nos inspiró (de algún modo algo extraño) la escritura de “Los conjurados del Quilombo del Gran Chaco”.
Sir Richard nació en Torquay, Devon, un día de San José del año 1821, lo que lo hacía dos años menor que la Reina Victoria. Se graduó de médico en la ya por entonces célebre Universidad de Oxford en 1849 y rápidamente se alistó en la Compañía de las Indias Orientales como funcionario en Bengala. El primer informe que envió versaba sobre “El arte musical en los burdeles de Karachi”. Falleció en 1890 en Trieste, como Cónsul de Su Majestad Británica.
La vida de Burton tuvo las agitaciones y tumultos propios de un protagonista del nervioso siglo XIX. Como escritor, consideró que Burton era (como su admirado Demóstenes) más que súbdito británico, ciudadano del mundo. Esa peregrinación iniciada en Bengala seguiría recorriendo África, Asia y América, desde puntos tan distantes como Sebastopol, Damasco, Etiopía, Medina, Salt Lake City (donde conoció y entrevistó a Brighman Young, heredero del patriarcado mormón de Joseph Smith), San Pablo, Montevideo y Asunción. Esta vida de viajero incansable alimentó una escritura casi febril, obsesionada por el detalle y las descripciones en las que la ironía es el arco tensado a punto de disparar la crítica de actitudes y modelos mal trasplantados de Europa hacia las colonias. La visión de sir Richard Burton tiene todo el valor (si anulamos el inveterado etnocentrismo que la inspira) de una mirada desde la vieja Europa-centro-del-mundo al continente satélite, desde las estepas rusas a las selvas indígenas. Desde los desiertos orientales a las montañas y prodigios de América. Sir Richard tuvo la misión de su visión. Como cónsul itinerante de Su Majestad, sus “Letters” (Cartas) estaban más dirigidas al Foreing Office que al misterioso “Estimado Mr. Z” a quien, oficialmente, están dedicadas. Los casi cincuenta libros relatan palmo a palmo las aventuras y desventuras a lo largo, ancho y profundidades del planeta. Títulos geográficos: “Las estepas del Brasil”, históricos: “Expedición a la ciudad perdida de Harar”, etnográficos: “Primeros pasos en el este de África”, religiosos: “Viaje a la ciudad de los santos: el país de los mormones”, literarios: “Las Lusíadas, de Camoens” no han sido suficientes para cerrar su biografía. Pocos años después de su muerte, su esposa, Elizabeth Arundell Burton, después de quemar unos quince manuscritos del finado capitán en un rapto de puritanismo católico, escribió su versión de “The Life of Captain Sir Richard Burton”. Cinco años más tarde, una sobrina de Burton, Georgina Stisted, impugnó la idílica historia de su pía tía Elizabeth con otra “The true life of Sir Richard Burton”, mucho menos reservada y mucho más salaz que el casi catecismo de su tía.
Sin perjudicar el recuerdo de toda la inmensa obra de Burton, que abarca el arte de la esgrima, las traducciones del Kama Sutra y el Ananga Ranga indostánicos, la versión celebrada por Borges de Las mil y una noches, los ensayos históricos y antropológicos; propongo exhumar las “Cartas desde los campos de batalla del Paraguay” escritas entre el 11 de agosto de 1868 y el 21 de abril de 1869, es decir, en pleno incendio de Guerra de la Triple Alianza.
Esta visita predica una visión general de lo que hoy es la región del Mercosur. El viaje empieza en Río de Janeiro y termina en Monte Vidéo, abarcando en su mirada San Pablo, Asunción (y todas las villas del teatro de guerra), Corrientes, Buenos Aires y Montevideo. En cada ciudad Sir Richard consigue capturar los rasgos del identikit personal, el soplo vital y las carcomas de sociedades mal integradas, articuladas sobre falsos valores que seguirán arrastrándose a lo largo de los años y por los siglos de los siglos. Las “Cartas” de algún modo son como un espejo que a veces deforma y otras veces reforma la visión de un continente áspero debatiéndose en una guerra que nadie sabe explicar. Sir Richard indaga, observa, investiga, teoriza; la curiosidad al borde de lo malsano lo empuja siempre la más allá de las apariencias. Si a veces se equivoca, jamás da por sentada una verdad y su método (que es acumulativo) resulta siempre implacable como recurso del sentido común. Las “Cartas” fueron publicadas en Londres, en 1870, y el libro entero está dedicado a Don Domingo Faustino Sarmiento por quien sentía una fuerte admiración. Un “Ensayo Introductorio” avisa al lector qué es el Paraguay, cuál es su trayectoria histórica y quiénes lo habitan. Algo de censo perturba frecuentemente la descripción de la “China Americana”, como llamaban los europeos al Paraguay, aunque inmediatamente reconoce que lo único que tienen en común chinos y paraguayos es el cultivo del té. Dos páginas dedica a la etimología de la voz “Paraguay”. La topografía, agrimensura y demografía le ocupa otras cinco páginas del ensayo y al describir nuestra población nos divide en cuatro razas: blancos, mulatos, indios y negros.
Brillante, contradictorio, polémico, intrépido pero siempre fascinante, Sir Richard que odiaba a los judíos, al Canciller británico, a la democracia y al cristianismo –en ese orden- ha dejado el testimonio de su vida entre nosotros. Si bien escribe y describe su arte de injuriar desde el podio de la superioridad europea, también reconoce que sus conceptos están sesgados y que para hablar como Burton, no puede dejar de ser Sir Richard Burton con su Imperio Británico, sus obcecaciones racistas, sus manías gastronómicas y la etiqueta de su rango.


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LAS CARTAS DEL CAPITÁN IIº PARTE



Habíamos iniciado esta pequeña serie con una biografía del capitán sir Richard Francis Burton, cónsul británico itinerante de S.M. y uno de los observadores privilegiados de la Guerra de la Triple Alianza; la que documentó en sus “Cartas desde los campos de batalla del Paraguay”, publicadas en Londres, en 1870.
Más allá de las atrocidades del exterminio, la visión del capitán se convierte en un espejo que nos permite vernos como nos veían desde Europa. Burton visitó cada una de las ciudades capitales de lo que hoy es el MERCOSUR: Río de Janeiro (por entonces metrópolis del Imperio de Pedro IIº), Asunción, Buenos Aires y Monte Vidéo. Esos retratos hechos como bocetos hoy resucitan viejas imágenes casi desleídas y adulteradas por la visión etnocentrista de este viajero incansable que nunca dejó de ser un sir inglés.

En la Carta XXIV describe su visita a nuestra Asunción a la que llama “ex capital del País del Preste Juan”. El Preste Juan era un personaje mitológico mencionado en un párrafo sospechadamente espurio del “Libro de las cosas maravillosas” que escribiera Marco Polo al regresar de su largo viaje por Oriente, donde llegó a ser ministro en la corte del Gran Khan. Este “Preste Juan” sería un príncipe cristiano reinando en el norte del África como avanzada en territorio infiel. Al compararnos con el País del Preste, el capitán Burton está diciéndole a sus flemáticos lectores que el Paraguay era la tierra incógnita de su tiempo, cerrada a cal y canto por la política aislacionista de Gaspar Francia.
Empieza describiendo “el palacio sin terminar del Mariscal Presidente”, critica su emplazamiento y después machaca con ironía sobre nuestras pretensiones de ser europeos en medio de las selvas: “edificio extravagante, una especie de Palacio de Buckinham apoyado en la abrupta costa del río del cual lo separa un angosto terraplén. Es un absurdo total, considerando las dimensiones de la ciudad: un cuerpo inmenso y dos alas que se proyectan hacia el sur sobre una pequeña plaza en la que hay una fuente. El centro está coronado por una torre con cuatro pináculos. Una elegante y ancha escalinata, de diseño atrevido, irrumpe en mitad de la fachada y termina en una terraza evidentemente proyectada para dominar la plaza y desde allí pronunciar arengas. El arquitecto fue un oficial de albañilería inglés, el Sr. Taylor y trabajó con muchachos paraguayos como obreros, contratados por monedas; teniendo en cuenta todo esto, no lo hicieron tan mal....”
El capitán continúa explorando la ciudad con la mirada casi lasciva del voyeur que espera hallar entre las delicias de su deseo, la virtud adulterada.
“La ciudad puede extenderse hacia el sur, donde sólo seis calles, de un total de las trece que figuran en los planos, han sido trazadas y bautizadas. Más allá el terreno cae en un valle llano y los caminos son meros agujeros o aberturas en el monte denso. No existe ningún plano de la ciudad. Entre el muelle y el arsenal está la Proveeduría, un galpón irregular hecho de ladrillos y tejas; los puestos, que venden de todo y sobre los que flamean todo tipo de banderas (incluida la inglesa) son toldos de lona con dos parantes apoyados en bases de madera. Se trata de una sucesión de puertas, ventanas y otros muebles robados, de duelas de barril o maderamen de barcos encallados. Apestando a desperdicios, estas pocilgas sólo sirven para albergar moscas que se crían entre los caballos y la carne en venta”.
En medio de su relato, el cónsul itinerante se detiene con una reflexión que todavía hoy, más de un siglo después, alguien podría suscribir: “Como todas las obras públicas de Asunción, nada puede resultar más detestable que sus caminos, y conste que los recorrí en plena sequía”.
Y el grafómano viajante sigue registrando con palabras en el reverbero de sus recuerdos: “Pocos pasos más nos conducen a la antigua Catedral ahora la Iglesia de la Encarnación. Curiosamente no han erigido ningún templo dedicado a San Blas, patrono del Paraguay, ni tampoco a San Francisco Solano, quien en 1589 llegó a Asunción. Cerca, la plaza principal. En la parte central más elevada se hacían paradas militares y el público disfrutaba de fiestas navideñas, como carreras de 200 yardas, fuegos artificiales, carreras de sortija y “danza negra”; también en ese lugar organizaban corridas de toros en serio, no como esas niñerías de Lisboa. Frente a la ribera está el Cabildo, un voluminoso edificio con dos plantas con forma de paralelepípedo. En su centro lucen los dos medallones típicos: el superior tiene la inscripción “República del Paraguay” en media luna sobre una vulgar estrella solitaria. Este escudo de armas paraguayo aparece en todas partes, donde corresponde y donde no corresponde, desde los botones de los uniformes de los soldados hasta la fachada de la Catedral”. Critica también el dudoso gusto de la Señora Presidenta (la esposa de don Carlos Antonio) cuya casa es “una construcción fantástica y paraguaya, con la planta superior apoyada en quince columnas rosadas, con extravagantes capiteles de estilo egipcio”, dice más adelante que “todas las casas tienen aljibes para criar mosquitos” y después de elogiar el nuevo teatro construido según el modelo de “La Scala de Milán” concluye diciendo que “había una mula muerta adentro”.
Antes de cerrar la carta, el cónsul resume la situación: “Todas las grandes casas pertenecen a la familia reinante, los López. Los demás, los vasallos, si no se encuentran acuartelados, deben conformarse con ranchos abominables, cobertizos con techos de tejas sostenidos no por paredes sino por postes. El arsenal de costosa construcción, los diques junto al río, un tranvía y una línea de ferrocarril han cubierto todo el asunto con un tenue barniz de civilización pero esta pátina es demasiado reciente; el pretendido progreso es totalmente superficial y basta hurgar un poco para descubrir debajo a la República Paraguaya de los Guaraní “jesuitizados”.


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CONFESIONES DE UN NÓMADE INGLÉS

(3ra. PARTE DE LAS “ANOTACIONES” DEL CAPITAN RICARD F. BURTON SOBRE SUDAMÉRICA)


El protoespía sir Richard Francis Burton nos retrató tal como apareció en la nota anterior, pero también pasó por Brasil, Uruguay y Argentina. En esta última nota revisaremos la opinión que tenía el cónsul de Monte Vidéo (así escribía), Buenos Aires y Río de Janeiro, por entonces la metrópoli del Imperio de Pedro II.

La ácida tinta de sir Richard empieza anunciando que Uruguay podría ser considerado “un aborto minúsculo entre los gigantes” refiriéndose a los demás países de la región, lo que nos da una idea de la importancia que tenía el Paraguay antes de la Guerra Grande.
Después de alertarnos que “aunque tiene una historia breve, su nombre suena espantoso: Ciudad de San Felipe y Santiago de Monte Vidéo” sir Richard justifica el abandono de este puerto del Plata, porque los españoles y portugueses se disputaban a punta de cañonazos la Colonia del Sacramento abandonando Monte Vidéo a pobres pescadores que fueron ocupando los solares y ranchos y abandonaron paulatinamente la pesca para dedicarse al contrabando. Como todas las ciudades coloniales, su corazón era una plaza “un cuadrado central, generalmente vacío de no ser por una o dos palmeras” rodeada de miserables construcciones: un cabildo, un ayuntamiento que tenía una cárcel en el sótano, la iglesia, algunas barracas, el departamento de policía y algún teatro. Con el tiempo, erigieron en el centro de la plaza un monumento a la Libertad, representada –según sir Richard- como una amazona con un gorro de bufón, vestida con una bata de baño y blandiendo una espada que apunta al pecho del observador. Una Libertad amenazante. Conspirativa.
Con ojo impío, sir Richard observa que casi todas las calles de la ciudad desembocan en la plaza y allí cambian de nombre, de modo que cada calle se llama de dos modos distintos “un inútil lujo de nomenclaturas que sólo sirve para confundir”.
Al pasar frente al Teatro Solís, nuestro británico sir Richard lo describe como “un enorme granero de ladrillo” al tiempo que se refiere a la Iglesia Matriz de San Felipe y Santiago como: “una suma de errores, de pies a cabeza; la cúpula, que se eleva desde el techo plano parece un sombrero de castor moteado apoyado sobre un libro; es demasiado chica y está demasiado alejada de las torres, absurdamente separadas como si estuviesen en pleito. Los campanarios en forma de minarete están evidentemente torcidos, salidos como orejas de burro. Las tres protuberancias están cubiertas de azulejos azules y blancos, de diseño tan caprichoso que podrían llegar a imitarse en casa”.
Cuando llega a la dársena del puerto lo sorprende el cardumen de changadores blancos, negros y morenos que vociferan como bestias en lo que él llama este “Purgatorio del Capitalismo”. Se queja de su alojamiento en el Gran Hotel Americano donde, a pesar de los altos precios, no hay hielo para tomar la champaña y donde lo único realmente frío en medio del verano, es la comida que nunca sirven a punto.
Al cruzar a Buenos Aires lo recibe “un aire que, salvo raras excepciones, siempre es húmedo y deprimente”. Sir Richard desembarca en una ciudad que censa como de 200.000 habitantes, cuyas calles son largas, angostas, mal ventiladas y con un pavimento “detestable” peor aún que el de Monte Vidéo. El único lavado, lo producen las lluvias. No existen cloacas. La basura se abandona en cajas para que se la lleve el viento o la pateen los caballos; con estos desperdicios se rellenan los agujeros callejeros y después pretenden tener “buenos aires”. Sir Richard conoció personalmente al presidente Sarmiento quien le entregó un ejemplar de “Civilización y Barbarie” dedicado “Al Capitán Burton, viajero en camino, D.F. Sarmiento, viajero en reposo”. Nunca se pudo encontrar, entre los libros de sir Richard, ese ejemplar firmado por Sarmiento. También conoció a Bartolomé Mitre a quien describe como estadista, geógrafo, lingüista y orador; su excelente memoria me recuerda a la del Emperador del Brasil, Pedro II. Párrafo seguido el cónsul asesta su crítica mordaz sobre Mitre acusándolo de miopía política al colaborar con las tropas de Flores en el Uruguay, lo que rompió el frágil equilibrio del Plata y condujo directamente a esta Triple Alianza que juzga de “vergonzosa”.
Por la noche, comenta el cónsul fue a escuchar ópera italiana en el Teatro Colón, “un enorme edificio cuya fachada ha sido alabada sin razón: tiene forma de cajón para poner zapatos y un estilo de estación de ferrocarril”. Al fijarse en las damas de la platea las describe como “de cara pequeña y amontonada, tez oscura, ojos negros muy abiertos que saben usar a la perfección; estas diminutas bellezas siempre van empolvadas como torta de manzana, iluminadas con coloretes y casi ocultas tras exuberantes cabelleras con melenas de cabellos espantosos como las colas de los caballos berberiscos, o los trofeos de los Jíbaros”.
Si la semiótica es la ciencia de los signos, sir Richard Burton fue uno de sus pioneros. La ironía que pasea por nuestras ciudades cubre y descubre al mismo tiempo un cruce de intenciones entre la Europa colonizadora y las sucursales americanas, meras copias de un modelo ideal nórdico, tan alejado del modelo cuasi platónico como están las cosas materiales de los arquetipos.
La burla, la invectiva, la ironía feroz rechaza la pretensión de urbanidad que empezaban a exhibir nuestras metrópolis. Al cruzar frente a la Recova Vieja el cónsul ve “una angosta hilera de comercios de baratijas con dos largas paredes de ladrillos amarillentos que quieren representar un arco triunfal pero, sorprendentemente, se parece a un edificio que espera ser techado”. En la Plaza describe el escudo de la República que adorna el plinto como “dos brazos desnudos que se dan la mano como si fuera antes de una pelea de box, a la sombra de un gorro colorado en la punta de un palo, con el sol que asoma complacido por encima, como un asistente de los pugilistas”. Después continúa describiendo la Catedral “una docena de disparates que terminan pareciendo un edificio de la Bolsa de Valores”.

En este brevísimo recorrido no me resta sino alentar la lectura de estas “Cartas” del capitán Burton, libro algo difícil de encontrar pero fácil de leer . Este soldado, explorador, etnólogo, científico, traductor, espía, escritor y diplomático no deja de fascinar. Hablaba veintinueve lenguas, escribió en cinco de ellas, descifró manuscritos orientales, descubrió las cataratas del Nilo, autor de más de cincuenta libros que van desde las descripciones de viajes al arte de la esgrima. Inspiró muchísimas obras. Varios de sus textos fueron llevados al cine “Anatomía de la melancolía”, entre ellos. Fue el oculto y póstumo mentor de “Los conjurados del Quilombo del Gran Chaco” cuya primera edición en portugués (edit. Record) se agotó recientemente. Puede discutirse a Burton, pueden rechazarse sus hipótesis a veces caprichosas, puede prescindirse de sus ínfulas británicas que exhibe en la proa como un buque insignia pregona con lábaros su origen. Todo puede hacerse con la obra de Burton menos dejar de disfrutarla como si fuese la fruta del árbol del bien y del mal.
Aunque después resultemos damnificados por el conocimiento.




Alejandro Maciel

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PREFACIO DEL LIBRO (NOVELA) "LOS CONJURADOS DEL QUILOMBO DEL GRAN CHACO" (EDIT. ALFAGUARA, 2001) EN BRASIL: "O LIVRO DA GUERRA GRANDE" (EDIT. RECORD,2002)

AUTORES: AUGUSTO ROA BASTOS (PARAGUAY), ALEJANDRO MACIEL (ARGENTINA), ERIC NEPOMUCENO (BRASIL), OMAR PREGO GADEA(URUGUAY).



Desde el 11 de agosto de 1868 y hasta el 21 de abril de 1869 el cónsul itinerante de Su Majestad, el capitán sir Richard Francis Burton escribe veintisiete cartas desde los campos de batalla del Paraguay como observador, que es decir espía, mediador, cronista, explorador, frenólogo, estratega, historiador, geógrafo, sociólogo, urbanista. Toda la visión de la vieja Europa de los siglos XVIII y XIX se trasplanta en la convulsionada Sud América, donde las dictaduras suceden a las montoneras, las anarquías a las asonadas. Ya no hay revoluciones. La misma superstición malgastada de repúblicas sembradas en un desierto de ideas regado con sangre, se convierte en rehén de grupos, corporaciones, estancieros y sátrapas de baja monta, que se disputan un poder siempre tambaleante, donde todos desconfían de todos, sin llegar a conformar un gobierno; que es decir instituciones que sostengan el equilibrio del poder.

El 1º de mayo de 1865, a causa de que las tropas del presidente Solano López habían cruzado por unos potreros supuestamente argentinos, se firma el “Tratado de la Triple Alianza ofensiva y defensiva entre el Imperio del Brasil, la República Argentina y la Banda Oriental contra el gobierno del Paraguay”, iniciando oficialmente la Guerra del Paraguay, Guerra Grande o Guerra de la Triple Alianza, que se extendió hasta el 1º de marzo de 1870. En medio de la devastación y la locura, cuenta el capitán Burton en la carta XXIII que “del lado opuesto del Río Paraguay, el del Gran Chaco, se ha fundado un amplio quilombo o establecimiento de fugitivos, donde brasileños y argentinos, orientales y paraguayos viven juntos en mutua amistad y en enemistad con el resto del mundo y la guerra”.

Entrando en el siglo XXI, cuatro autores de las cuatro naciones que se vieron envueltas en ese conflicto volvemos a escribir –como lo hizo sir Richard Francis Burton– las crónicas de una guerra que se azuza con el asesinato de dos presidentes (Venancio Flores de la Banda Oriental en 1868, y Francisco Solano López del Paraguay en 1870) y en la que oscuros intereses sobrevuelan como buitres los cadáveres de nacionalismos convertidos en fanatismos suicidas. Sir Richard se perdió en el espacio, las pampas y los pantanos extraños a su Inglaterra reina de los mares. Nosotros estamos perdidos en el tiempo y esa errabundia de las escrituras es al mismo tiempo virtud y defecto. Más fácil que hacer la historia de los hechos ( no somos historiadores) es historiar lo deshecho. La guerra exterminó casi una generación de paraguayos, arrasó pueblos, fortificaciones e hipotecó el futuro de la arruinada nación. Hasta hoy no hay un argumento racional para explicar cuál fue el casus belli. El Paraguay se convirtió en el pandemónium de Milton, tal vez por eso el brigadier general y comandante del Ejército Aliado, Bartolomé Mitre, empezó a traducir el “Infierno” de la Divina Commedia en su tienda de campaña.

Nunca nadie ha ganado nada en ninguna guerra. Los oficiales de las cuatro naciones que desertaron de la contienda para formar el Quilombo del Gran Chaco también estaban perdidos en el tiempo, pensando por adelantado lo que todavía no ha sucedido hasta este ocaso del segundo milenio; perdidos como seguimos nosotros, pensando en un porvenir donde el militarismo, los ejércitos, las fronteras y las armas hayan pasado a ser patrimonios del archivo de la Historia.


A.M.

Asunción, Paraguay, diciembre de 2000






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FIEBRE UTERINA (TEATRO)





FIEBRE UTERINA

Melodrama informal de Alejandro Maciel. Versión 2003.

La acción transcurre en Asunción, Paraguay.
La señorita Elizabeth es una dama porteña muy venida a menos. Tiene un aire decididamente decadente; lo que se traduce en la ropa que alguna vez fue fastuosa pero se está deshilachando, los colores se han desvaído, da la impresión de descuido. Conserva el porte soberbio, camina pisoteando el orgullo de los demás, se mueve ceremoniosamente al principio, casi teatralmente. La grandeza perdida guía el permanente control que ejerce sobre sí misma, con mucha tensión, y que “se escapa” por las fallas desesperadas del alcohol, el humo, el sarcasmo hacia la sirvienta. Cada vez que siente una amenaza, acude al pasado glorioso de su familia. Siempre erguida, se mueve felinamente, como una gata furiosa que quiere aparentar serenidad. Tiene el busto erguido que daban los corpiños con armazones de la década del ’60: dos puntas casi filosas que el corsé de lycra o una tela similar contornea en todos sus detalles. Cinturón grueso, pasado de moda, un collar de perlas (falsas) dos vueltas, tacos altos, medias oscuras, aros y prendedores de gusto cutre.... la gloria del pasado mezclada al patetismo del presente debe reflejarse en el atuendo y la postura. Soberbia, altiva, voz tronante e imperativa, siempre. El actor o la actriz debe tener buen registro de tonos graves. Hablará con suave acento porteño sin exagerar. Párpados pintados con sombra color plateada, como lomo de sardina. Uñas bermellón, boca rosa-té.

Cuando comienza la obra, luz apagada, se inicia con la “Meditación” de Thais, de Massenet. La luz va creciendo lentamente un minuto y entra ella como quien viene de la calle, caminado lenta, majestuosamente, fumando lascivamente. Se quita la mantilla, va y la deja sobre una mesita donde hay santos, toca un retrato de Santa Rita y se persigna, después busca una petaca de caña 3 Leones que está detrás del retrato, le da un sorbo y vuelve a guardar la petaca detrás de la santa. Camina como quien reconoce su lugar. Dos veces se detiene un instante y se rasca bajo el corpiño con el dedo medio izquierdo. En escena hay un mueble destartalado y sobre él, un viejo Wincofón. Elizabeth va hacia el tocadiscos, busca un long-play de Lalo y los Descalzos y lo pone a todo volumen, cortando bruscamente el clima que venía trayendo Massenet. Por favor, que no se ponga a bailar: eso es lo que espera la gente; ella se limita a sentarse en un sillón lentamente, y fuma pensativamente extasiada como si estuviese escuchando la 9na. de Beethoven. Empieza hablando con tono fuerte, estridente. A medida que habla, la música empieza a bajar.

Eliz: ¡Roberta! ¡Alcánceme el frasco de ‘Acqua’ de Carolina Herrera!
(se toca la frente)
¡Pero si no sabe leer!
¡No se puede ser tan bruta, che!
(Se para, se pone tras el sillón muy nerviosa)
¡Cómo se le ocurre nacer en Mbocayaty!
No, si ya decía mamita:
“son pobres porque no tienen imaginación”
¡La puta que lo parió!
(Se levanta el bretel del corpiño, ajusta el elástico de la bombacha pellizcando el vestido, a cada rato se acomoda cosas en la ropa)

¿Sabe dónde nací yo?
¡Pero qué le voy a decir si ni siquiera conoce Ñeemby!
¿Qué hizo hoy para comer?
¡Estoy harta de sus borí borí!
Me llena de gases.

Y pensar que en Olivos teníamos sirvientes que hablaban francés.
(Grita hacia el fondo)

¿Adónde mierda se metió que no viene de una vez?

(Entra la criada, esmirriada y étnica, su aspecto debe contrastar absolutamente con la altivez de Elizabeth. Se mueve como autómata, sin pizca de gracia; se rasca la cabeza buscando piojos cuando la señora se descuida, aplasta entre las uñas los bichos que se extrae. Cuando corre un mechón frente a los ojos bizquea tratando de ver el piojo antes de aplastarlo entre las uñas. Después se rasca el sobaco, se huele los dedos, y se mete constantemente los dedos en la nariz sin exagerar la caricatura, la chica lo hace tímidamente casi sin darse cuenta, cuanto más disimulado, más efecto tendrá)

¿Adónde estaba?

(La criada, como si no escuchase, no responde nada, se limita a sentarse en un taburete con gesto mecánico y lerdo)
¿Por qué no me contesta?
¡No, si de tanto mirar las novelas venezolanas se me puso arisca!
Sírvame tres dedos de Ye Monks,
La botella que tiene los curas.
¡Siempre me olvido que es analfabeta!

(Camina de izquierda a derecha y viceversa con paso firma, haciendo sonar los tacos mientras la criada va a buscar el wisky. Se toca el pecho, se mesa los cabellos (peluca de nylon muy maltratada) y después se quita los guantes blancos.

Como doscientas personas en la misa, Roberta.
¡Todavía queda mucha gente decente, che!
Estaban todas las maestras de la polimodal.
A mi lado se sentó Mechita, la mujer del director técnico de Olimpia.
¡Viera el vestido de Gucci que tenía!
¡Gorda yegua, con esas mejillas rosaditas y el pelo blanco!
Idéntica al tipo del envase de Polenta Quáquer.

(Mirando fijamente a la criada que le trajo el vaso y se quedó esperando)

¿Por qué tiene olor a alcanfor cuando transpira?
No entiendo por qué me odia, Roberta.
La traje conmigo porque me preocupa su futuro.
Ya ve:
A los tres meses ya le hice tomar la primera comunión.
(Hace clin, clin con los hielos del vaso cuando ya tomó todo el wisky)

Ahora sírvame una medida de cogñac.
Papá decía que el cogñac evapora el wisky.
¡Él sí que era un hombre distinguido!.
Jugaba golf.
No quería saber nada de fútbol.
Pero ¡qué se iba a poner a correr con once negros catingudos en una cancha!
¡Un hombre de mundo!
Déjese de joder.
¡La puta que lo parió!
Hasta que lo trasladaron a la Aduana de Clorinda.
Ya ve, Roberta, el destino juega con naipes marcadas.
Usted está contracturada. ¡No hace relax!

Tiene que aprender a respirar.
Yo hice yoga como quince años,
Hasta que me empaché de comer lechugas.

(Se pone nuevamente de pie, ronda a la criada que sigue sentada en su taburete, indiferente a todo cuanto la rodea, como pensativa pero en realidad mirando el vacío)

No es feo su color.
Por lo menos no es negra.

(Empieza a fingir uno de sus ataques un poco cardíacos, respiratorios, estertorosos, se aferra a un mueble para no caer. La criada no hace la menor señal de ayudarla como si estuviese acostumbrada a eso)

¡Ay, ay, ay! Aaaaaayyy
Alcánceme las pastillas para el corazón,
Están sobre el bidet.
Me sofoco. ¡Aire! Necesito todo el aire del mundo.

(Se deja caer en el sillón, se sopla con una papel)

¿Encontró?
¡Qué va a encontrar si es tan bruta!
Tráigame una copita de Tres Leones.
Anoche soñé con mamá. Voy a jugar a la quiniela.
El 48 a la cabeza y a los 10
Si gano, le compro el disco de Juan Gabriel que tanto le gusta.
¿No se alegra? ¿No agradece?
¡Juventud perdida! ¿Adónde vamos a parar así?
Todos son una manga de narcisistas:
Se quieren llevar al mundo por delante.
¡Ya van a atropellar con Doblevé Bush, carajo!
Ay, cómo me duele la rabadilla.

(Suena el teléfono)

Alcánceme un Marlboro y atienda el teléfono.

(Criada se levanta y camina parsimoniosamente hacia el fondo alza y vuelve a bajar el tubo, ni siquiera contesta, trae el cigarrillo con gesto maquinal)

Si es papá, dígale que no estoy. No hablo con muertos.
Es de bien nacidos ser agradecidos, Roberta.
Quiero enseñarle algo que no sabe.
La patria está de pie porque hay próceres que sostienen esa grandeza.
Se lo digo yo, que soy pariente de no sé cuántos héroes.
¿Usted sabe cuántos murieron por su libertad?
Pero.... ¡catrollada de prójimos se dejaron matar
Para que usted ahora esté ahí, altiva, regia como una reina, libre!
¡Desagradecida!
Total, que los pobres militares ya murieron en su nombre.
Pero la juventud se caga en el pasado.
Ay, cómo me duele este juanete de mierda.
¿Usted sabe lo que fue la guerra de la Independencia?
¡Qué va a saber si nació en Mbocayaty!
No sea resentida.
Yo no tengo la culpa de que usted sea india. Sea cristiana. Perdone.
Setenta veces siete.

(Suena el teléfono)

Vaya, atienda rápido. Tráigame el espejito ovalado. Y el misal.
Hoy es el día de san Gil, abad.
¡Mire el almanaque!
¿Dónde metí las efemérides?

(Se pone a buscar en sitios insólitos, en el escote, vacía la cartera, busca bajo el tapizado)

¿Adónde, adónde está mi breviario?

(Queda pensativa un ratito, la criada vuelve y queda parada)

Anoche: me lo olvidé en el Bingo Guaraní.
¿Quién llamó? Ya sé, María Florencia,
ayer nos cruzamos en el salón de belleza.

(Ronda a la criada y la mira)
(Música: suaves acordes de una fuga de Bach)

¡Usted podría dedicarse a eso!
Tiene aire de peluquera. Es enigmática y ruda.
Y tiene cara de gay pasivo.
¡Barra un poco el piso, a ver si viene María Florencia!.
Ella me vive criticando. Tráigame el cepillo “Jabalí”.
Hoy leí en la revista “Caras” que se jubiló Lupita Ferrer.

(Espejo en mano retoca el maquillaje recargado, tipo putarrón)

María Florencia me envidia, Roberta.
Me busca la roña debajo de las uñas.
Critica todo. Barra bien, pase el trapo con “Fluído Manchester”
¿Dónde está mi “Angel Face?
No es como mi madre.
Ella era una mujer que no se metía en la vida de nadie.
¡Era gaucha mamita, eh!
La puta que lo parió.

De mí puede decir lo que quiera.
¡Pero soy virgen!.
Ningún hombre me tocó un pelo.
Mamita decía: “mujer tocada, mujer mancillada”.

(Se pone de pie, rodea a la criada)

Y usted, tenga cuidado: es joven
Aunque tenga olor a pólvora bajo el brazo
Los hombres siempre están pensando lo peor.
Cuando más viejos, buscan a la más joven.

(Se recorre el busto con las manos, se afina las caderas)

Lástima que no me conoció en mi juventud.
Antes de la dictadura.
Yo era la mujer más hermosa a 200 kilómetros a la redonda.
Venían de Chascomús, de Trenque Lauquen, de Choel-Choel
únicamente para verme.
Me ofrecían matrimonio embajadores, hacendados,
¡Ministros de la Corte me hacían la corte!.

Un día vino a cantar al club Leo Dan
Y me dedicó “dime, dime, cuál es la forma de encontrar tu amor?”
Tía Sarita, que era diabética, se meó encima.

¿Por quién votó en estas elecciones?
Ya sé: no me lo diga. El voto es secreto.
¿No se da cuenta?
Usted es libre.
¡Cante, celebre la alegría de haber nacido libre!
¡Puede decir lo que quiera, tiene libertad de opinión!
No hay censura previa.
¿Sabe lo que significa?
¡Que usted, que es bruta, puede elegir al Presidente de la República!
El Presidente es su empleado, Roberta.
Le voy a contar un secreto: yo soy de escorpio.
El cosmos, Roberta, puso todos los puntos y las comas
En el libro de nuestras vidas.

Ponga un mantel en esa mesa del líving-room.
Mamá decía: “hay que vestir hasta las mesas de luz”
¡Era gaucha mamita, eh!
La puta que lo parió.
Sírvame un vasito de Fortín etiqueta negra.
Ay, me viene de nuevo la crisis

(La criada se limita a mirarla indiferente, ni siquiera amaga socorrerla, sigue sentada quitándose liendres del pelo)

Ay, algo me escalda, me cuece viva

(Exageradamente, se retuerce)

Son llamas infernales. ¡Fuego, fuego demoníaco!
¡Me ataca el diablo, Roberta!
Ay, ay, la puta madre que lo parió!

(Se revuelca en el piso, se sacude)

Ahhy, ay, auxilio, la puta madre que me retuerce...
No puedo más.
Es un espíritu satánico,
Tráigame el escapulario de San Pantaleón.
La Virgen desatanudos...

(La criada permanece absolutamente indiferente...ella se levanta como si nada)

Es... ¡escéptica!
No cree en nada.
Me podría violar Satanás en persona que usted ni fu ni fa.
Tengo pensamientos obscenos, Roberta.
Se me aparecen hombres desnudos. Cremas vaginales.
Penes inmensos como árboles. Sueño continuamente.
A veces estoy como Hansen y Gretel
Perdida en una selva de penes.
Siento olor a vaselina.
No se de dónde me vienen esas porquerías a la cabeza.

(Se acomoda el bretel, se abanica con las manos, se rasca la entrepierna)

Yo soy de buena familia.
Nunca fuimos peronistas.
Si yo no hubiera nacido hubiese jurado que mamita era virgen.
Tenía ese porte de virgen.
Caminaba cerrado.
Dormía con las piernas juntitas.
Pero papá era vasco; testarudo, dále que te dále
Hasta que consiguió penetrarla
¿Dónde dejé los cigarillos?
La veo tensa. Muy “yin”.
¡Mis sedantes! Es hora de tomar mi Solpán 6.

(La criada se va parsimoniosa a buscar el medicamento)

Cuando tenía 17 años conocí un alemán.
Inmenso como Schwazzenegger.
Todos los jueves me mandaba un ramo de rosas.
Mamita me dijo: “las flores son el sexo de las plantas. Ese hombre te manda sexo”
Papá no lo recibió porque estaba durmiendo la siesta.
La puta que estoy sola, che.

(Ronda de nuevo a la criada, ésta entrega el comprimido y se sienta)

¿Tiene fantasías sexuales?
Yo era como usted, narcisista.
Mi psicoanalista me dijo “así no se puede amar”
Mi Ello amaba a mi Yo. Y la energía mental pasó al cuerpo.
Me estropeó la cadera izquierda.
Estuve con la pierna semiparalizada 3 meses.
En la iglesia ya empezaban a decirme “la renga”
Hasta que soñé con el Padre Llamas
Que me curó en una misa de sanación.
¿No quedó un poquito de 8 hermanos por ahí?
Yo soy platónica.
Mi carne siente las pasiones de la tierra,
Pero mi alma desea el cielo, Roberta.
¿Usted cree en la reencarnación?
La Couchonal me tiró el tarot marsellés
Y me dijo que en otra vida fui María Antonieta.

(Llaman a la puerta)
(Fragmento de un tema de Carpenters)

Vaya, atienda por la mirilla.
Si es la vendedora de Avón dígale que quiero un talco Wild Country
¡La mierda que estoy sola, che!
Siento un vacío acá adentro.... me hace mierda...

(Vuelve la criada con una carta)

El coronel Grinzt, que fue intendende de Morón
Quiso abusar de mí cuando tenía 19 años.
Un 25 de mayo, en la plaza, en plena Fiesta Cívica
Yo lo perdoné en nombre del Cabildo Abierto.

Yo era hermosa.
Tenía la piel suave y nacarada, como una diosa.
Me pintaba un lunar acá (señala sobre la boca)
Tenía 105 de busto.
¿Cómo se iba a resistir el pobre hombre?
Estuvo a punto de chuparme acá, la yugular
Cuando vio la medalla de santa Teresita y quedó paralizado.
¿Era papá el que habló esta mañana?

(Criada la mira, desafiante por primera vez)

No, perdóneme, no sé lo que digo.
Estos mareos....
¿Quién me escribió la carta? A ver...

(Criada le pasa el sobre)

Tía Piedad.
La hermana soltera de mamita.
(Lee en voz alta)
“Querida sobrina, se terminó nuestra familia.
Somos las únicas sobrevivientes. Y a pesar de nuestros desencuentros
La sangre llama.
Sé que traje disgustos en el pasado.
Pero no me arrepiento.
No quise avergonzar a nadie: solamente quise ser libre.
Espero que hayas comprendido: tu madre nunca me entendió. Nunca.
Es terrible vivir atadas a lo que los demás quieren de una.

(La carta se transfiere íntegramente a la Criada, quien sufre un cambio, del porte esmirriado pasa a lucir soberbia. Es una transformación que ocurre en el interior de Elizabeth pero ésta lo proyecta sobre la criada. Elizabeth nos impone su visión, nos asedia con su ilusión fantástica. Desde aquí los espectadores somos parte del mundo interno de Elizabeth que nos cambia la realidad. La Criada ahora es la tía Piedad, una mujer arrebatadora, segura de sí misma, libre hasta el desenfreno. Esto cambia la postura, otorga una voz persuasiva y enérgica, cambia el modo de ser de la Criada rústica en una mujer de mundo, refinada y altiva.
Roberta/Piedad:

Tu madre nunca admitió otra ley que su ley.
Y su ley estaba hecha para secar a una mujer.
Mi libertad siempre estuvo al borde, allí, casi a punto de caer
En el escándalo.
¡Siempre odié la estabilidad del sagrado matrimonio!
“El orden impecable de una casa sin pecado”, como decía mi hermana.
No, no, no y no. Yo nací para otra cosa.
Quería morder el amor allí donde se ofrecía.
Sin escribanos, ni jueces ni firmas ni público.
Pero mi hermanita quería otra cosa.
Quería un cura y el vestido blanco, y sobre todo la libreta
Del registro civil.
Ella siempre creyó en las palabras escritas.
“Lo demás, se lleva el viento”, me decía.
Mi hermana era como mi conciencia.
Noche y día vigilando mis pasos, mis miradas, mis deseos.

Elizabeth: No siga, por favor, tía Piedad. No... no me hace bien.

Piedad: Yo decía lo mismo. Me negaba a ver
La pared que tu madre había levantado
Para hacerme sentir vergüenza de mis pensamientos.
Para encerrarme en mis miedos.
No, mi querida: hay que aprender
A mirar de frente nuestras miserias.
Elizabeth: (Casi indefensa, como era la criada)
Todo eso ya pasó.
No hay que revolver el pasado.
Piedad: (Siguiendo sus pensamientos) Era el ojo de Dios.
En todas partes, a toda hora.
Implacable en su perfección. Y a mí algo me agitaba acá,
Algo tibio que me sacudía.
Por esa época yo conocí a Enrique. Fue vernos y desear.
Él era casado, pero a mí no me importaba.
Yo no quería un matrimonio, tener hijos, quedarme a esperar
Encerrada en mi casa, cocinando y cuidando jardines..no, no.
Definitivamente no.
Cuando veía a una mujer dando de mamar a un crío, me espantaba ¡Me daba asco!
Elizabeth: No siga, tía... no siga.
Piedad: A mí también me asustaba
Pero después acepté ser como era.... un poco desalmada tal vez...
Me miré en el espejo y me dije:
Te vas a quitar las últimas mentiras.
¿Qué quería ser?
Una buena amante en la cama de cualquiera.
Una recorre miles de kilómetros
Y al final, todas las camas son idénticas.
Pasiones pasajeras.
El instante es lo único que nos pertenece.
En un año pasan ¡tantas cosas!
Fue la última vez que lloré.
Pero tu mamita se dio cuenta, mi terrible hermanita
Se adelantó a mis intenciones,
Vigilaba como un dragón
A punto de vomitar fuego.
¿Qué podía hacer? Yo estaba desesperada.
Me enamoré de Enrique; de su vos, de su olor, de todo. Todo.
Era capaz de lo peor con tal de acostarme con él.
¡Se me ocurrió una idea! La calentura aviva los sesos...
le dije a mi hermana que me sentía muy confundida
“quiero que me ayudes”, le dije.
Le rogué la protección que ella me impuso
Desde que quedamos huérfanas.
Y mi hermana, la fuerte, la invencible, la omnipotente
Se dejó vencer por mi debilidad... (risa sardónica)

Elizabeth: ¿Cómo pudo hacerle daño
A alguien que la quería tanto?

Piedad: Hay amores equivocados, querida. Pero eso
No enseñan en las escuelas: se aprende rodando por los caminos...
Un marinero –con quien me acosté- que viajaba mucho me contó
Que en alta mar los arenques más indefensos, chiquitos
Como mi mano, viajan pegados a los vientres de los tiburones.
Sobreviven usando a sus asesinos como escudos.
Van pegaditos a la piel del enemigo, escondiditos, sin hacer ruido.
Por supuesto que el tiburón no sabe que lo usan... qué gracia..
Usé a tu mamita para que me protegiera de la tentación.
Ella creía estar defendiéndome con sus consejos
Y yo, libre de vigilancia me encontraba con Enrique
A escondidas para gozar cada momento.
¿Eso será el amor? Pasa ese momento
y quedamos más solos.. que nunca. Y después viene otro, y otro...
Todo fue muy tierno, muy romántico y arriesgado.
Pero el tiempo ya te habrá enseñado
Que la felicidad siempre anda apurada.
Una noche la mujer de Enrique nos encontró y como dice Pierina:
“todo se puede explicar, menos un condón usado”
Total: me convirtieron en un animal salvaje
Que las mujeres evitaban y los hombres perseguían...
Sobre todo los casados.
Y ahí vino lo peor porque tu mamita, mi única hermana
Me echó a la calle como si fuera una perra
Elizabeth: Mamá no pudo haber hecho algo así!

Piedad: Tu mamita era una mujer feroz. Cruel.
Llena de odios. Era...¿cómo decirte? Una arpía
Hecha de envidias y celos.
“Si yo no hago esto, los demás tampoco”.
Ella estaba hecha para asfixiar deseos.
Elizabeth: ¿Cómo no supe nada de todo eso?
Piedad: Tu mamita pensó en todo, querida...
Te aisló del mundo como a una muñequita en una vitrina
Para que el mal del mundo no te rozara.
Bueno, ahora que sufriste en carne propia..
Porque, ¡algo habrás sufrido!, ¿no?.
Elizabeth: ¿Está sufriendo ahora?
Piedad: No. Nunca me sentí demasiado culpable...
Tu madre me expulsó del Paraíso y tuve que rodar.
No sé dónde está el pecado todavía.
A fin de cuentas... amar a todos es mejor que guardarse un hombre
Bajo la cama con dos vueltas de llave (sonríe)
Tan mal no me fue. Un hombre me dejó una casa,
Otro un auto, otro una cuenta bancaria
Y por último, alguien me dio un apellido distinguido.
Ahora soy lo que tu mamita llamaría “una mujer distinguida”
¿Ves, querida? Una camina y camina creyendo
alejarse de lo que odia
y al final, el pequeño pescadito termina siendo el tiburón.
Elizabeth: No puede ser todo lo que me está diciendo...
¡No es verdad que haya hecho todo ese escándalo!
Usted es de buena familia...
No, no... mi tía Piedad murió hace tres años.... es un ensueño.
(La criada recobró su porte esmirriado, vuelve a ser Roberta sentada en su taburete, rascándose, con música de fondo del Grupo ‘ Mocedades’)

Habrá sido el Rohipnol que tomé anoche.
¿Qué me pasó?
Ay, hija, tengo los nervios a la miseria,
Sírvame un Gancia con Terma.
Esos yuyos me hacen bien a la sangre.
¿Son medicinas indígenas, no?
No lo tome a mal, no lo dije por usted.
¿De qué tribu es usted?
¿Diaguita? ¿Tehuelche? ¿Mataca?
¡Mataca!
Por eso tiene olor a ruda macho cuando transpira.
¿nunca se le ocurrió ser lesbiana?
Yo sería capaz de todo con tal de no estar tan sola.
No me tome en serio.
¿Sabe que una vez tuve un orgasmo
mirando un capítulo de “El Clon”?
(Tema de Vinicius de Moraes, suavemente)

¿Sabe bailar el samba?
Yo aprendí cuando viajamos al carnaval de Río.
Me tocó bailar con un mulato en el sambódromo.
Usted sabe que yo soy humana y noble, pura de corazón,
Me cambio la bombacha dos veces al día.
Soy una mujer sensible
¡Pero no me pida que soporte a un negro!.
¿Sabe que me mostró el pene cuando me elegían
“Reina de la Simpatía”?
Nunca más viajé al Brasil.
Usted tiene mal olor en las manos,
¿No se habrá estado manoseando mientras yo estaba en misa?
Le voy a contar la verdad:
No duermo porque tengo una picazón en las partes...
El médico me dice que es la menopausia,
Pero ése no sabe nada
Se recibió porque el padre es diputado.
¿Tuvo algún novio?
¡Qué me va a contar si es tan reservada!
A pesar de todo me cae bien.
(Se escucha un tumulto que viene desde afuera)

¿Qué pasa ahí? ¿Quién anda?
Vaya, mire por la ventana
Ay, qué desesperante son dos mujeres solas!
(Se acerca ella también a la ventana, se para sobre una silla)

¿Ve la ventana de la fotógrafa?
¡Está llena de bombachas!.
Mire, ahí, enfrente; se ve que estuvo de joda
El profesor de matemáticas.
Soltero, y tiene como 50 años.
Entran y salen las alumnas para repasar logaritmos.
Es un puerco, que se arrastra con cualquiera.
No lo salude en el pasillo.

¡Mire! Mire en el dormitorio de doña Mirtha,
¡está fornicando con su chofér! ¿No ve?
En la misma cama del marido.
Le está haciendo una flor de fellatio.
¡Pero qué puerca!
¡Nunca vuelvo a tomar un tereré con esa chancha!
¿Se da cuenta, Roberta?
Estamos sitiadas por la corrupción.
Somos dos vírgenes asaltadas por los vicios ajenos.
Le juro que vivo con unas palpitaciones, un sudor...
¡Tengo un soplo cardíaco!
Hay polución de hormonas en el aire.

Yo le siento olor rancio en el pelo, como de naftalina...
¿No usa el shampoo Plusbelle que le compré?
¿Vio el mundo de afuera, hija?

Le voy a decir algo
El mundo es un hermoso jardín abandonado.
Y todo por culpa de ésos...
(señala al público)
...profanadores de la carne.
Y nadie se hace responsable.
Allá en la esquina, fíjese bien, esa vanda
Está ofreciendo sexo explícito a los soldaditos...
¿No ve cómo levanta la pollera?
Está sin ropa interior.
Se le ve la pochola.
¡Grandísima yegua!
¡Esto se terminó! No puede ser que Enriquito Riera
se ría de nosotras.
¡Vaya a la calle, tráigame a la vanda!
(criada busca en el público a una mujer y la trae a rastras)

Hay que volver a la decencia.
Puros nacimos y puros tenemos que morir,
Como decía mamita.
¡Era gaucha mamita, che!
La puta que lo parió.

(ronda a la mujer que trajo la criada, da 3 vueltas a su alrededor y se hace un silencio de suspenso)

¡Pero si había sido un travesti!
Un hombre vestido de puta.
¡Sáquelo rajando, Roberta!
Pero ¡qué indignación!
Somos dos ángeles en Sodoma, Roberta. ¿Qué le pasó al mundo?
Cayó el Muro de Berlín. Es el fin de la historia.
¡Qué siglo de porquería!
Nada quedó en pie.
Ni siquiera el amor... ni eso...
(Se empieza a quitar todos los adornos superfluos, como quien se desenmascara, mientras empieza a sonar nuevamente la ‘Meditación’ de Thais, de Massenet)
Nada.
No dejaron nada. Nada de nada. Adiós esperanzas,
Adiós sociedad. ¡Sálvese quien pueda y a gozar!
¿Y el amor? Ni siquiera esa limosna,
Y necesitamos amar, somos seres desvalidos,
Incompletos... tenemos el deseo allí
(Señala la fuente de luz)
Ahí, tan cerca y tan lejos....
Como un sol que al mirarlo
Nos deja ciegas. Igual, tanteando las tinieblas...
Perseguimos la luz de ese sol.... encandiladas..
Toda la vida detrás de esa luz,
Y nunca llega... pero no importa,
Es la única promesa detrás de nuestra miseria...
De esta vida que se parece a la nada...
Comienza de la nada
Y termina en la nada.

El amor es la única ilusión que nos hace inmortales..
El amor.... tan poco, tan...
(Desde las sombras, Roberta asume una actitud tenebrosa, se para en un cajón o algo que la haga más alta, se yergue casi siniestra envuelta en una túnica oscura, señalando con el índice a Elizabeth que habrá quedado arrodillada al terminar su monólogo; Roberta es la madre ahora... la imagen siniestra de la madre fantasmal, música percusiva, timbales)

Madre: ¡Hija! ¿Qué estás haciendo ahí, arrastrándote
Como una cualquiera?
Elizabeth: ¡Mamá! Madre...yo le voy a explicar....
No soy lo que usted quería, mamá.
Soy una pobre mujer. Débil. Desesperada.
Madre: Yo te enseñé a ser fuerte con la palabra y el ejemplo.
Te enseñé a vivir con la cabeza en alto.
Te enseñé el orgullo.
Ahora exijo una conducta.
Elizabeth: Yo... no hice nada para ofenderla, mamá.. nada indigno.
Pero con todo eso... no soy feliz, mamá.
Peor todavía: seguí sus ejemplos y estoy sola.
Nadie me quiere.
¿Habré aprendido a querer alguna vez?
¿Me enseñó a querer, mamá?
Madre: Yo te enseñé todo, te enseñé el respeto
Y lo que significa dignidad.
Te enseñé a vivir como una mujer decente.
Elizabeth: ¿Y a querer?
¿Me enseñó alguna vez a querer de verdad?
¿Me enseñó a ser sincera?
Madre: ¡No seas insolente!
Soy tu madre y me debés respeto.
¡De rodillas!
Que me pidas perdón de rodillas.
Elizabeth: Yo no la ofendí, mamá...
Únicamente pregunté la verdad. ¿Me quiso alguna vez?
¿Me enseñó a querer de verdad?
Madre: ¿Qué otra cosa te enseñé toda la vida?
¿Qué otra cosa sino el amor y la caridad?
Elizabeth: Ah, entiendo... echó a tía Piedad a la calle
Por caridad....
Madre: Era una adúltera. Una cualquiera. Una puta
Que arrastró nuestro apellido por el barro.
Era una deshonra para todos.
Elizabeth: ¿Por qué? ¿Porque tuvo el coraje de amar y dejarse amar,
Sin condiciones?
Porque no le importó la condena de los demás?
De gente como usted, mamá. Jueces sin piedad.
Jueces. Yo no sé si hizo bien o mal...
Porque la educación que usted me dio
No me deja ver claro en el corazón de la gente.
Usted y su maldita educación para niñas bien.
Yo no sé querer. Acá tiene el resultado.
Una mujer seca, envenenada en su propia sangre.
Estoy llena de envidias y odios.
Soy una pobre infeliz encerrada en su trampa.
Y ahora estoy empezando a entender porqué no sé querer.
Porque nunca me quisieron, mamá.
Usted nunca quiso a nadie.
Madre: No te voy a permitir que ofendas
El amor que le tuve a tu padre.
¡He sido mujer de un solo hombre!
Elizabeth: De dos, madre. De dos.
Madre: ¿Qué estás diciendo?
Elizabeth: Que usted tenía relaciones con don Félix, mamá.
Madre: ¡Silencio!
Elizabeth: No era ningún secreto para mí. Primero las risitas cómplices,
Las miradas que se cruzaban.
Madre: ¡Falso! Basta de mentir...
Empecé a sospechar, mamá. Y no hay nada más peligroso
Que la sospecha de los niños.
Hasta que un día los vi, mamá.
Madre: ¡Mentira! ¡Falso! No es verdad.
Elizabeth: Y no eran besos nada más.
Madre: ¡Silencio!
Elizabeth: Eran manos entre sus piernas, eran lenguas
Que dejaban la baba en su cuello. Era sexo, mamá.
¿Eso era lo que tanto le molestaba de tía Piedad?
Que ella hiciera al aire libre lo que ustedes hacían
Escondiéndose en la mugre como ratas?
Yo sabía que era falso todo lo que me enseñaba.
Presentía un mundo de sombras
(Toma un cuchillo, como enajenada, tema de Igor Stravisnky)

Un mundo hecho de mentiras. Todas mentiras.
Una sobre otra
Como un palacio de naipes....
Por eso me lastima la perfección, mamita.
El amor debe ser perfección,
Pero yo solamente puedo ver apariencias.
Aprendí a descubrir lo que está escondido
Soy una experta en trampas y mentiras,
Y así no se puede amar.
Ésa es la lección que usted me enseñó con su decencia
Voy a cortar el mal de raíz, mamá.
Voy a matar la última esperanza
De ser feliz
Diciéndole todo lo que la odio
¡Hija de mil putas!
(Clava el puñal en las sombras, se apaga la luz, a toda orquesta el final del aria “Non piangere Liu” de la ópera Turandot, de Puccini)


FIN
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Pxmo. Capítulo underground : “Fiesta de sirvientas”