lunes, 18 de diciembre de 2023

LA ENSEÑANZA ESQUIZOIDE ARGENTINA

 

LA ENSEÑANZA ESQUIZOIDE

 

Insistir sobre el sistema de enseñanza fracasado en Latinoamérica ya es parte de un repertorio. Las competencias mínimas que se requieren para egresar decentemente de los ciclos primarios y secundarios están a la vista de todos y todas. Gente que ha egresado de una carrera universitaria escribe mensajes llenos de errores que hasta inducen a equívocos por parte de quienes los leen. Pedirle a ese egresado que redacte un simple informe se convierte para él en un camino al calvario lingüístico. No sabe ortografía, no sabe sintaxis, no sabe muy bien el significado de términos y frases. Si se le presenta una simple fórmula algebraica ya es un tropezón que le impide conocer la física más elemental.

Ignoro por qué razón en la Argentina divorciamos constantemente los ámbitos. Hice los últimos años de la primaria en la Escuela Nº 2 Domingo F. Sarmiento de Corrientes: pleno centro, frente a la Plaza 25 de Mayo. Frente a Casa de Gobierno, Jefatura de Policía y Rectorado de la UNNE. Todo el ciclo secundario lo cursé en el Colegio Nacional, el único que tenía examen de ingreso por entonces y considerado el mejor de la ciudad.

En ambos ámbitos, tanto la escuela Sarmiento como el colegio Nacional nos propusieron (implícitamente) el aislamiento. Una cosa era el colegio y otra cosa era la vida fuera del colegio. Nada de cuanto sucedía afuera entraba en el colegio: ni las informaciones políticas, ni sociales, ni económicas, ni siquiera nadie jamás nos habló de la alimentación. El colegio secundario funcionaba como una prisión domiciliaria sin posibilidades de comunicación con el resto de la vida correntina. Jamás se nos llevó a ver una película, una obra de teatro, una exposición, una visita a presenciar una sesión legislativa. Jamás se invitó a escritores/as de Corrientes a visitar el colegio para exponer sus escritos, proponer interpretaciones, comentar cómo era la vida de un escritor/a, ni una muestra plástica, ni las organizaciones sociales para mantener un diálogo fluido y vivo acerca de temas como discriminación, justicia, sociedad, clases sociales, ni siquiera un economista o un sociólogo que nos explicara el esquema de funcionamiento económico de la Provincia. Nada de nada. 

Esta verdadera deconstrucción social que opera separando ámbitos jamás promoverá la inteligencia y el pensamiento crítico. En las aulas todo era dogma “es así y no se discute” y como tampoco se posibilitaba la alteridad, eran solamente los docentes dictando clases de tipo magistrales conductistas como en la escolástica medieval, cuando ya por entonces, las tendencias constructivistas dominaban el panorama educativo.

Pero en Corrientes todo llega tarde, cuando llega.

Viví diez años en Paraguay y mi editora, Vidalia Sánchez de Servilibro, que no me permitirá mentir, bien puede atestiguar que al menos 4 o 5 veces al mes me arrastraba a escuelas y colegios donde estaban leyendo algún libro mío (pobres dicentes, obligados a leerme y entenderme, cuando ni yo mismo me entiendo) para mantener encuentros con cursos enteros y muchas veces, con todo el alumnado haciéndome preguntas y discutiendo; sí señores y señoras, discutiendo algunos párrafos de las obras. Estos encuentros, debo reconocer, me enriquecían enormemente como autor. Supongo que estas chicas y chicos también salían beneficiados tal vez pensando “si éste tipo pudo escribir libros, ¿por qué yo no podría hacerlo”?

Además, siempre aprovechaba la ocasión para sacar al psiquiatra del bolsillo y hacer algunas advertencias acerca de las adicciones.

Y después decimos que los paraguayos están atrasados.

 

ALEJANDRO BOVINO MACIEL

BUENOS AIRES, NOVIEMBRE 2023

miércoles, 8 de noviembre de 2023

FILOSOFÍA DE LA SIESTA CORRENTINA *ESCRITOS EN PLENA SIESTA*

 SIESTA

Es la hora de las víboras. Este sol trae cáncer. Dormí, carajo.

Va chancletazo si haces ruido.

Los gitanos secuestran niños. Anda suelto el viejo de la bolsa.

Mi madre tiraba estas frases como cintarazos.

Su humor era inversamente proporcional al calor. Cada vez que el verano hacía crecer el sol afuera, adentro aumentaba su malhumor.
Cualquier desafío era como firmar una sentencia.
Sin embargo, cada afirmación clavaba una intriga y cada prohibición encendía una quimera.
Un día llegó Choquito, mi primo.

Él tenía todos los permisos.

Era libre.

Era varón.
Ese sábado, después de comer, apenas sentimos el primer ronquido, nos arrastramos por el piso como lagartos, orientados por la luz que pasaba por la hendija de la puerta y escapamos.
Teníamos una meta: corroborar si existían o no los monstruos de la siesta.
Así que caminamos por el pastizal, con un palo, por si aparecía alguna víbora.

Ambos aseguramos escuchar el siseo de una y el cascabel de otra que afirmamos ver.
Espiamos, trepados al guayabo, el campamento de los gitanos.

Vimos a las gitanas levantando sus polleras hasta arriba y descubrimos sus negros vellos púbicos ventilándose
frente a un ventilador. También había niños dormidos. Serían los robados? La pregunta era irrelevante frente al descubrimiento de que no usaban bombacha.
Afuera de la carpa, un viejo dormía dentro de la cabina de un camión. Su cabeza colgaba hacia afuera y cada tanto se espantaba una mosca que se le posaba en su boca. Con certeza decidimos que ése era el viejo de la bolsa y estaba borracho.
Después nos subimos al techo de garaje, éste cedió y caímos dentro de la caja de la camioneta.

Habrá sido el estruendo lo que despertó a mamá.

De pronto la vi de frente.

De su mano colgaba un cinto como los tentáculos de un pulpo. Las correas de cuero me habían marcado las piernas de rojo más de una vez.

Corrí tan rápido que nunca pudo alcanzarme.
Fue la primera vez que desafié a mi madre. Fue la primera vez que fui consciente de mi coraje.

Era mujer y supe que también era libre.





YA NO MÁS LOS CUERVOS


(Fragmento)


Cuando el jefe del Correo, un viejo alto y pálido de pequeños ojos secos, le preguntó por qué había elegido justamente ese pueblo olvidado de la mano de Dios, triste y
perdido, ella le contestó: Monte del Espino tiene olor a desolación.
Y el hombre sintió en su corazón adormecido por los días y por el tedio que era una
mujer extraña. Como si no fuera de este mundo, pensó. Parece loca, se dijo después
por lo bajo, cuando ella traspuso la puerta y desapareció bajo el sol ardiente del mediodía.
¡Corazón de arroz, el año que viene me caso con vos…!, le gritó el muchacho desde una
enorme bicicleta roja, cuando fue a cruzar la calle.
Ella alcanzó a ver enfrente el cartel y las letras negras que anunciaban: PANIFICASIÓN
“LA ESTRELLA”. Haciendo un gesto de desagrado, subió al veredón, cubierto de pasto
seco. Empezó a caminar.
Ardía el sol allá arriba, implacable sobre el pueblo casi vacío a esa hora. Buscando la sombra, caminaba como pegada a la pared, sobre su angosta franja proyectada en la vereda, aquella vereda anchísima y caliente, de baldosas rotas, invadida por los yuyos,
sucia, sin un solo árbol hasta la próxima calle, esa calle de tierra, llena de piedras, que
le escocía bajo los pies con un sopor infinito.
El viento enardecido golpeaba una puerta de chapa en alguna parte.
Siguió caminando, cada vez más rápido. Las casas eran bajas, bajísimas. El sol ardía.
El viento quemante, del norte, azotaba unas ventanas rotas.


MARÍA DEL CARMEN VIANNA


(Este fragmento pertenece a su novela inédita LOS PRISIONEROS)










LA   SIESTA   GUARANI

 

Alejandro Bovino Maciel 

 

 

 

 

 

1

 

 

 

 

¿Quiere conocer un anticipo de su defunción ?

Basta con abrir una ventana que de a una siesta de enero en Corrientes o Asunción, da igual la madre que la hija. Porque esta es una historia de madres y de hijas, ya lo verá.

Asoladas.

Humeantes.

Polvorientas.

Áridas en la llanura húmeda, las calles se agitan en la quietud. Reverberan fulgores ondulados. Jadean como tísicas el demonio de la siesta.

Después está la gente.

Cuerpos humanos sin sombras cruzan callados por las calles. Abrasados por las calderas canallas. Las Diablas (obesas, aceitosas) y sus hieródulos con espadas flamígeras están expulsando pecadores del Paraíso que está negado a los renegados.

¿Adónde los conducen?

A la siesta correntina.

El cielo se sancocha. El tibio celeste está celado. Ya no llegan hasta él las jaculatorias que los fieles, al santiguarse, imprecan. Los penitentes que apenan las calles brillan del barniz del sudor. Mujeres afantasmadas atraviesan el resplandor sin decir una palabra.

Sin decir una palabra. ¿Adónde, hombres y mujeres cargados de ardores caminan los calores?

¿Adónde van?

A la siesta.

A los recovecos tramposos del asentamiento de la Villa de San Juan de Vera de las Siete Corrientes: sus ejidos fueron catastrados (amparados y rubricados por sus Católicas Majestades) con los teodolitos del Adelantado Don Juan Torres de Vera y Aragón. Titulado. Encomendado. No cenado como su colega Juan Solís, éste otro Don Juan bebió y fornicó hasta que su árbol genealógico se cansó de frondar y florar y frutar la parentela mestiza que hoy funda feudos ensoñados en nombre de la corona sajona.

Pero el misterio (flota de grumetes y doñas que parte desde Asunción para españolizar las siete guaraníticas puntas) sigue su liturgia en la catedral del aire escaldado de enero.

Hay palmeras y chivatos que florean el altar de la siesta con sus verdes ondulantes.  Cuando el aire se entibia, los lapachares bajan del cielo y las jacaranderías con luto eclesiástico gotean las veredas de la Costanera. Fieles pero infieles, los caminantes hacen profesión de procesiones tal como está indicado en el culto de la siesta, con sus maitines, sus horas tertias y nonas para responsos y festines.

Desinteresados.

Remotos.

Austeros.

Insensatos: los peregrinos que caminan por las calles no saben que son el séquito de la celebrante, que es la Muerte.

Santa la Muerte. Huesuda. Blanca. Osamenta pulida con santa paciencia por el Tiempo, su hermano inhumano, inhumado y después resucitado como el Cristo. Y no conforme, el Mal lo descuartizó y arrojó parte por parte (vicio de anatomista como el del finado Dr. Nicolaes Tulp) al agua sagrada de un río, diciéndose “éste para mí, éste para vos”.

 No hay que decir todo lo que anduvo después su hermana para rearmar las piezas del puzzle que sólo encastraban con agua de lágrimas.

Todo lo que lloró la Muerte....

Los dos, ambos, la pareja baila presidiendo el culto de la siesta. Que está hecha de muerte y de tiempo. O de tiempo muerto, da igual.

Danza macabra cuyas traviesas travesías atraviesan vereditas tropicales  (pongamos las de San Luis, entre San Martín y Belgrano) planas por bajo, neogóticas por arriba donde los árboles se abrazan en ojivas, aunque el tránsito haga barullos y ronquidos que perturban la paz que necesita toda muerte que se precie.

Ellos siguen su bacanal pisando aceras de vainillas ocres, o losetas de terracota herrumbrada, aladrillada para fingirse colonial.  Danzan por el perímetro fundacional urbano original: Tres de Abril, Pedro Ferré, Juan Pujol, Poncho Verde y la Costanera San Martín que está abrazando y encerrando un río nunca frío y siempre inquieto para recibir a los descuartizados.

Pero no es la muerte vulgar por todos conocida de mentas. Ésa negocia cheques al portador en los cateretes vejestorios de las funebrerías, que tienen paredes acolchadas, forradas de cuerina, prestigio con vestigios de formol al 20 % y ataúdes colgados de las paredes esperando los fetos rígidos.

No es la muerte común y corriente la de Corrientes. Ésta es menos comercial; y dicen que vendría a ser una hija putativa de la famosa Muerte-Madre  popular. Ésta (a la que llamaremos entre nos “Muerte hija”) no necesita dejar un tendal de cadáveres como hacen las pestes para saber que está presente. Ésta retoña de otoño de su Madre siempre procuró disimular que tiene el hábito del crimen, y como es vegetariana no le interesa la carne humana.

Ella se dedica a matar el Tiempo. Lo trucida, lo mutila, lo troza, lo desmembra para creerse piadosa cuando reanuda el trabajo de ensamblar pieza por pieza para la resurrección.

amiga, su escolta

 

Ella se dedica a matar el Tiempo porque lo sabe inmortal, invulnerable a toda forma de tósigo, inmune a gérmenes y virus, indolente a los agujereamientos de balas o cuchillos. Inmatable. Inmorible, inmorible.

 

2

En el principio estaba sola con su sombra que era su amiga, su escolta y ambas las dos se pusieron a conspirar la fórmula ideal para acabar con el Tiempo del modo más pacífico. De mañana ella iba adelante y la sombra la seguía. De tarde, ella seguía a su sombra como un perro cansado. Un día nublado se encontró sola.

Se acordó de unas viejas amigas de su madre, oficiosas para las tareas macabras. Decidió hacerles una visita, en una de esas les podían servir de reclutas para la nueva fechoría criminal que pensaba tenderle al Tiempo, su hermano inhumano. ¿Cómo andarán las Parcas? —se dijo— y entibió la idea de un escuadrón secundante onda ‘damas de compañía’ detrás de sus felonías. Tuvo que acudir a las recetas de un mapa para dar con las tres Parcas. De puro paranoica primero las observó escondida entre unas matas de enebro. Las tres Damas del Duelo son mujeres laboriosas. Rústicas. Hilanderas, honradas, drásticas, disolutas en las artes homicidas, eternas, suspicaces, cautivantes, temibles y diligentes. Son el modelo de la famosa división del trabajo que el finado Adam Smith aprendió para una fábrica de alfileres en Kirkaldy. Ellas leyeron las “Investigaciones sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones” y ni qué decir de los textos de David Ricardo y Carlos Marx.

Versadas, visten como vesánicas: pilchas de arpillera.

Letradas, la indumentaria es adusta. Su industria consiste en gastar pocos insumos y cosechar mucha riqueza aprovechándose del trabajo ajeno, tal como les enseñó el maestro Smith.

Rentable, el trío desgraciador hila los destinos humanos con la indiferencia pasmosa y malsana de un asesino a sueldo.

Nuestra vida es su tejido.

Nuestro cuerpo, su telar.

La mayor es la Cloto. Labura mareando la rueca del pasado con pesada paciencia. Inmensa, flacuda, ruidosa de coyunturas artrósicas, tiene la piel curtida de una perra vejada por la edad. ¿Y cómo se toma venganza?

Apura el pasado y la gente se va llenando de años, lustros, bodas de oros hasta que las deja tan lejos de la adolescencia (“Juventud, divino tesoro/ a veces lloro sin querer”) que los ojos se les entierran en la cara como las momias de la IV dinastía; mientras rodea la rueda-rueca-rodela y se ensueña pensando que festeja sus 15 años bailando el vals (“Eres novia de la flor/ eres alma del amor”) con muchachones —tipo chongos— picados de acné.

Pero un caérsele de carnes la desmiente. Se hace la loca y meta rodar la rueda porque sus labores no tienen principio ni fin. No sabe odiar sino a los espejos como el finado Plotino. Hay que convencerse: casi nadie mata para dañar.

La mediana se llama Láquesis, que vendría a ser la Segunda Persona de la Trinidad parcal. Viste una sábana sobre la pilcha de sarga. Ella vive del presente. Blanca su túnica de monja estival, rebrilla entre las sombras midiendo el hilo de la duración de las vidas.

La estafa consiste en haber convertido en longitud lineal (manía cartesiana, si las hay) lo que es inconmensurable: los días de nuestras vidas. La totalidad de cada destino.

Por último está Átropos, gobernanta del futuro (ella, candorosamente lo llama “Porvenir” aunque se esté por ir) que nos espera y que desovilla desde un lanar casi invisible que abastece la Esperanza. De algo tan sutil como la fe, ella exprime las jornadas por las que transcurren nuestras historias personales.

Entre los pliegues de su túnica parda guarda unas tijeras siniestras; porque esta modista inmodesta espía constantemente el almanaque y el reloj, como un baquiano que olfatea huellas en la pampa húmeda del infinito. Cuando su instinto le avisa que llega el final de la hebra esperanzal, de un golpe crudo ¡chás! corta el hilo sagrado y en la tierra alguien fallece.

Como son adictas al Drama (se sabe que subieron al carro de Tespis como quien es raptado violentamente por romanos cachondos en tierras sabinas) montaron un auto sacramental impío, sacrílego por donde se lo mire y nos obligan (fascistas facinerosas) a presenciarlo so pena de usar las tijeras ominosas....

¡Dios nos libre y guarde!

 

           

 

“LA MUERTE HIJA Y LAS TRES  PARCAS”

 

(MELODRAMA  NEOREALISTA  EN UN ACTO,  EN FORMA DE ENTREMÉS SIN ENSEÑANZA)

 

          P E R S O N A J E S   ( en orden  de  aparición)

 

1.  LA MUERTE HIJA ( hija de la famosa que nos espera a todos : no se olvide de ir, por favor)

2.  LA CLOTO   (Parca  1).

3.  LA  LÁQUESIS   (Parca  2)

4. LA  ÁTROPOS  (Parca  3)

 

(Al  abrir el telón suenan gongs graves. Un pálido haz de luz se posa sobre un árbol reseco que surge entre un prado de hierba húmeda, como la paloma de Noé el día que trajo el gajo de laurel. La Muerte hija entra por el lateral derecho. Pálida, elegantísima, está en la edad en que los hombres empiezan a llamar “señora” a cualquier mujer.  Tiene los cabellos lacios en corte parejo hasta el hombro y de un tono rubio tostado. Viste ropa de punto muy fina en color marfil con detalles ocres. Se la nota algo distraída, displicente, como abandonada al azar de sus pensamientos, cuando llega ante las Parcas que telan mecánicamente bajo el escuálido espinillo con sus ramajes retorcidos y negruzcos).

 

MUERTE HIJA:  ¡Hola! ¿Cómo andan? ¿Qué están haciendo?

CLOTO:  Trabajamos querida. No andamos por ahí paseando, haciéndonos las románticas y engordando las gambas de tanto rascarnos (la voz sonará extraña, como la de un ángel que habla bajo la bóveda de un mausoleo).

MUERTE HIJA:  Ah, ¿sí? ¿Y en qué trabajan?

CLOTO:  Industria textil-manufacturera. Ojalá que el sindicato nos mantenga la obra social, porque ando con unos dolores de espalda que me torturan; también, con esto de tener que ovillar todo el tiempo que necesitan todos los hombres para vivir, no descanso nunca. Esta bobina, por caso, es de un correntino (la expone como quien eleva una hostia durante el memento de la consagración) por eso es un desastre. Ya se sabe que son desordenados y embrollados.

MUERTE HIJA:  ¿Y para qué sirve ? (haciéndose la ingenua, naïf como ella sola).

CLOTO:  Es la memoria del prójimo ése. En este ovillo voy juntando todos los recuerdos, desde que era chico....acá por ejemplo está el asunto de su bautismo, medio borroso pero más allá (recorre la hebra con sus dedos largos apasionándose en la travesía memorial) está la cara de la maestra de cuarto grado que le retó porque no sabía la tabla del siete, éste es el partido que ganó en la liguilla, ¡jaque!, ahí están las chanchadas que hizo en el quilombo cuando debutó con una gorda con el pelo color escoba... mirá,  ¡la primera novia con el vestidito estampado!, acá el casamiento y los nervios porque la novia no llegaba y el cura puteaba a diestra y siniestra, ¿has visto?¿Qué quedaría si yo me distrajera por ahí pensando en la luna?

LÁQUESIS:  ¡Todos los recuerdos se desparramarían! Sería como una demencia.

CLOTO:  Porque ya sabemos que sin memoria no hay pasado.

LÁQUESIS: El Tiempo nos iniciaría una demanda penal.

CLOTO:  Él también depende del pasado.

LÁQUESIS: ¡Es su forma de riqueza!

CLOTO:  ¡Su capital!

LÁQUESIS: Por eso tenemos que ser cuidadosas con nuestro trabajo. ¿Ves esta varillita?  (Muestra un vulgar metro milimetrado de color amarillo, de esos que usan los carpinteros y albañiles). Ni un centímetro de más ni uno de menos. Tiene que ser la medida exacta.

MUERTE HIJA: ¿La medida? ¿De quién?

LÁQUESIS:  Más bien de qué, mi querida. Sólo los cuerpos tienen extensión según lo que enseñó el finado Descartes. El Alma no tiene peso, precio ni medida (Risita un poco sardónica, cambio de mirada cómplice entre las dos). No es mensurable.

CLOTO:  Ella (casi hinca con su filoso dedo índice a Láquesis) mide la duración de la vida. Tantos metros y ¡ñácate! se termina todo en un pozo que  llamamos  ‘Siempre’, cariñosamente....

MUERTE HIJA: ¡Que nombre más curioso!

LÁQUESIS:  ¡Justamente! Allí nunca son las 8 P.M., ni Navidad ni el día del cumpleaños.

CLOTO:  Allí siempre es Siempre.

LÁQUESIS: Es el único sitio donde el Tiempo está prohibido.

CLOTO: ¡Lo expulsó un ángel armado con una espada de fuego! ¡Flamígera, ella!

LÁQUESIS: Quiso ser como Dios, ¡vaya pretensión!, ¡vaya con la modestia!

CLOTO: Todo lo gobernaba él y sólo él. Estaba en todo lugar.

LÁQUESIS:  No había sitio del Espacio libre de Tiempo.

CLOTO: ¡Hasta Dios tenía que consultar su reloj antes de hacer nada!

LÁQUESIS:  Ni los finados podían disfrutar de su paz. Los despertaba a las 6 A.M.

CLOTO: ¡A tomar mate, ndayé! ¿A vos te parece?

LÁQUESIS:  Pero un buen día llegó al colmo.

CLOTO:  Se reunió con la Historia para conspirar contra Dios.

MUERTE HIJA:  ¿Qué querían hacer?

LÁQUESIS: ¡Querían apoderarse del Poder!, pero no pudieron....

MUERTE HIJA: ¿No pudieron apoderarse del Poder?

CLOTO:  Te cuento, la Historia siempre fue su alcahueta. Se juntaron y pensaron que eran invencibles.

LÁQUESIS:  Eso de Don Satanás fue un poroto al lado de esta conjura, la Historia hace todo lo que él le pide, son carne y uña. Más que eso, son ¡culo y calzón!

CLOTO:  El Tiempo le dijo “yo soy el Futuro porque decido cuándo pasará esto o aquello. Vos te encargás del Pasado porque memorizás todo lo sucedido, el Presente no existe como ya demostró el tío ése de Hipona, de manera que entre vos y yo tenemos encerrada la realidad. Nada está fuera de nuestras manos. ¿Para qué necesitamos a Dios? Además, honestamente, es un desastre como gobernante: mirá que tardar ¡siete días!  para armar semejante desastre. Nosotros hubiésemos gastado menos de la mitad y ya no estaría siendo. Hace rato hubiese dejado de ser”.

LÁQUESIS: Pero no se dieron cuenta que la Serpiente —que sólo vive el Presente aunque el Agustín haya dicho que es ilusión— escuchó todo lo que estos dos estaban tramando y se fue volando hasta el trono de Dios.

CLOTO:  ¡Le contó todo, con lujo de detalles!

LÁQUESIS: Entonces Dios los castigó confinándolos a la Tierra: “Que sufran el desastre hecho en siete días” —dijo, enfurecido-—. “O si no, que arreglen ellos la catástrofe, ya que son tan habilidosos” —sentenció.

CLOTO:  ¡Estaba enojadísimo! Mucho más que cuando Moisés rompió las Tablas.

LÁQUESIS: Y ahí mismo puso al Ángel ese que los echó a patadas....

CLOTO: ¿Y qué iban a hacer ellos?

LÁQUESISI: El Mundo no tenía arreglo así que se propusieron hacer cosmética.

MUERTE HIJA:  ¿Cómo es eso?

LÁQUESIS: Claro, como no pudieron hacer que fuera, digamos ‘perfecto’ encomendó a la Historia un truco.

CLOTO:  ¡Hacerle creer a los hombres que pueden ser eternos! (aplaude poniendo picardía en la mirada) ¿No es genial, pero réquetegenial?

LÁQUESIS: La Historia inventó un maquillaje que se le ocurrió cuando el finado Keops hizo su Pirámide.

MUERTE HIJA:  A ver, chicas.... me parece que no entiendo lo que me quieren decir...(Toma asiento en un taburete que está en la penumbra) ¿No hay mate por ahí? Les juro que es mi hora de matear.

CLOTO: ¿No será tu hora de matar más bien? (Se ríen las tres).

MUERTE HIJA: ¿Y para qué un muerto necesita semejante monumento?

LÁQUESIS: ¡Oh!, ahí está el ardid, ¡porque se cree que la Belleza sobrevive a la vida, que es transitoria , breve,  y dura uno de nuestros suspiros.

CLOTO: Pero la Historia no es ninguna tarada. Empezó a ver que algunos desconfiaban de los mausoleos y entonces se le ocurrió otra idea genial.

LÁQUESIS:  Y entonces inventó el “Espíritu” que puede ser tan perfecto que es bello, cuando se lo cultiva.

CLOTO:  Y ya sabemos que Don Platón convenció a todos que lo que es bello, es eterno.

LÁQUESIS:  Y así los hombres creyeron encontrar una manera de salvarse, inscribiéndose para siempre en la memoria de la Historia.

CLOTO:   Pero ¡ja! embustes, embustes, querida. Ya sabemos que allí siempre es Siempre.

LÁQUESIS: Y que la Historia es una desmemoriada (Risas sarcásticas).

CLOTO: En fin, puras patrañas. Todos mueren lo necesario. Ni un poco más ni un poco menos.

LÁQUESIS: El “Espíritu” no es más que el maquillaje de la muerte.

CLOTO: (Poniéndose a bobinar su hebra con apuro, para recuperar los instantes perdidos). Pero, ¿qué cuernos estamos haciendo? (Codea a Láquesis). ¿Justamente a Ella se lo venimos a contar?

LÁQUESIS: ¿A Ella? (la señala con su largo índice rematado en una uña flechuda)  que es la camarera de la desgracia?

CLOTO: ¡Comadre del infortunio infinito!

LÁQUESIS: ¡Concubina lesbiana de la Maldad! (Risas)

ÁTROPOS:         (Aparece desde el lateral derecho con sus tijeras tiznadas) ¿Quién anda por ahí?

LÁQUESIS: ¡Guarda que viene la ciega!

ÁTROPOS: ¡Te escuché bien, zorra! ¡Ya te voy a dar tongos cuando te pongas a tiro! Te voy a cortar las crenchas (Sisea las tijeras en el aire, amenazadora) que ni Giordano te las va a poder arreglar después, ¡desgraciada! (Se sienta al lado de la Muerte Hija) ¿Cómo andás, queridita? ¿Conseguiste el mate, che?

MUERTE HIJA:  No, pero se supone que yo soy la visita y ustedes las dueñas de casa.

ÁTROPOS: Ya va, ya va... ¡Qué! (Mirando a las sus hermanas que han puesto trompa de reproche) ¿Soy la sirvienta acaso? (Habla a gritos con la voz ronca y grave de una contralto engripada). Una no puede echarse a dormir una siestita que ya la acusan de crímenes horrendos.

CLOTO: (Con la entonación de quien reanuda una conversación) ...Y desde entonces la Historia atrae a los hombres...

LÁQUESIS: ...disfrazada de Eternidad.

CLOTO: Políticos, artistas, dictadores, filósofos.

LÁQUESIS:  Todos quieren alcanzar el Ideal que se les muestra, para perpetuarse.

CLOTO: Pero lo único que consiguen es durar un tiempito en el recuerdo de los que sobreviven. No hay que ilusionarse demasiado con la flotación cuando uno está en un océano. La fuerza de gravitación prevalece a la larga. Es universal, ya lo dijo Don Newton, al final los recuerdos se hunden, todo cae en la omisión.

LÁQUESIS: La memoria humana es el alimento preferido del olvido.

CLOTO: ¡Que cada día tiene más hambre!

MUERTE HIJA:  ¿Y cómo hace la Historia para sobrevivir, entonces?

LÁQUESIS: ¡Oh!, ella inventa, sacude el polvo de sus momias.

CLOTO:  Fabrica héroes que son soldaditos de plomo.

LÁQUESIS: ¡los verdaderos héroes son el plato predilecto del olvido!

CLOTO: Casi no come otra cosa.

LÁQUESIS: (Midiendo una hebra larguísima) ¡Aquí, Átropos, aquí! (señala)  traé tus tijeras y cortá...rápido, rápido ...

CLOTO: ...que ya se le terminó la Esperanza a este hombre.

MUERTE HIJA: ¡Esperen chicas! ¿Y si el tipo ese no estuviera enfermo?

LÁQUESIS: ¡Que se suicide, mi hija! ¿Para qué quiere seguir viviendo sin esperanzas? (se lo dice a Átropos) dále, cortá de un golpe.

MUERTE HIJA:  Bueno mujeres, las dejo... sigan trabajando. Yo me voy a por el mate, si no tomo a esta hora, después me duele la cabeza. (Se retira, las demás quedan con sus labores, los suaves sones del Adagietto de la 5ta. de Mahler la acompañan hasta que desaparece).

 

                                           F I N

 

 

 



 Foto: Corrientes, de Javier Ríos.