lunes, 27 de abril de 2009

El valor del agua, la Bruja y el Gato


Hoy el Mundo se ha perdido

En un sueño polvoriento,

El Mundo que está durmiendo

El Mundo que está durmiendo.

Sueña que está en un palacio

Con puertas de porcelana,

Tres balcones y una enana

Tres balcones y una cama.

En la sala hay un tesoro

Con mil joyas y mil perlas

¡Quién no quiere verlas!

¡Quién no quiere verlas!

En las joyas brilla el Sol

Y en el Sol una chicharra

Está haciendo mermelada

Soñando que está de farra

Pero se ha enfermado el agua.

-4-



HISTORIA DE LA BRUJA APOLINARIA


Y DE CÓMO DESCUBRIÓ EL VALOR DEL AGUA




Había una vez en Pelotas, una ciudad del Estado de RGSul a orillas de la gran Laguna de los Patos, una Bruja muy desafortunada a la que todo le salía al revés.

Cuando quería hacer llover, buscaba la receta en un viejo libro de

Alquimia que había heredado de su recóntratatarabuela, mezclaba los

ingredientes y subía hasta la torreta del reloj del Mercado Público a esperar la lluvia, pero el asunto fallaba y salía un sol radiante que derretía los sesos. Si quería enamorar a un galán de las novelas de la Red O Globo volvía a mezclar sus revoltijos, hacía el embrujo y la señal se cortaba dejando la

tevé llena de puntitos de colores y su amor imposible perdido entre las ondas.

La pobre Apolinaria era flaca, con el pelo hecho unas matas de cardo, el gaznate largo

y curvado como el de un ganso, los brazos largos y secos con las manos llenas de nervios verdosos y dedos del color del barro. Su aspecto era así porque descendía, según se chimentaba en el gremio de Brujas de la comarca, del primer cardo que enraizó en estas tierras cuando nada existía aún y los cardones caminaban entonces tan campantes por el mundo.

Cuando trotaba bajo el sol, la sombra que iba dejando se quedaba un rato a descansar bajo algún árbol, pero Apolinaria seguía. Tenía un espíritu tan noble e incansable que si alguien que estaba triste encontraba alguna hilacha de esa sombra que se quedaba en el camino, inmediatamente recuperaba la alegría. Aunque las cosas le fallaban ella iba siempre cantando:



No se puede

Hacer brujerías

Si todo está hecho un bochinche

Patas arriba.

La potasa

Y el carmín

Ya no sirven para cerrar amores

Ni para abrir.

¿Qué le pasa

Al mejunje?

En la olla, unas crías de gorgojos

Comen hule.

No respetan

Este oficio

De hacer magia tan antigua

Estos bichos.

No se puede

Hacer un milagro

Si es que todo se ha puesto al revés,

Corto y largo.





La bruja Apolinaria tenía como vecino a un viejo gato montés llamado Penteo, que se pasaba el día durmiendo en una de las tantas ventanas de la casa del Parque de la Baronesa con la cola colgando.

Sus únicas pasiones eran el pescado y la música sertanera. Así que Penteo, aunque tenía una inteligencia privilegiada, era un campeón de la haraganería.

-Estás errando las raciones, le decía a una atribulada Apolinaria mientras ella anda que te anda mezclaba pociones.

La pobre Bruja volvía una y otra vez a mirar el viejo libro de Alquimia y no, todo estaba hecho según las recetas brujísticas y, sin embargo, algo fallaba.

-¿No habrán caducado las sustancias?, preguntaba Penteo desde su esquina, mientras escuchaba música sertanera fijando sus grandes ojazos celestes en la inmensidad.

Vuelta la Bruja al anaquel a verificar el estado de los químicos: salitre, potasa, natrón, níquel, lejía, cadmio, ácido nítrico, peróxido, nitratos, yoduro de potasio.

-Está todo correcto, -decía Apolinaria-, no lo entiendo, antes salía todo bien y ahora hasta el derecho me sale torcido. Algo raro está pasando.

-Hagamos alguna metamorfosis -propuso Penteo-, ya que en el libro de Alquimia hay recetas para transformar moscas en palomas, por ejemplo.

Recuerdo haber visto desde aquí cómo sapos rechonchos llegaron a convertirse en escuálidos lobos, y alguna vez conseguiste que tres cerditos se convirtieran en tres patos picudos para adornar la Laguna de los Patos que se estaba quedando vacía a causa de tantos cazadores.

-¿Con qué empezamos?, preguntó Apolinaria rascándose la cabeza.

-Aquí hay una pulga, -dijo Penteo-. Transformémosla en un alacrán.

Y dio un salto de torre a techo, tejados y ventanas con su agilidad felina para estar al lado de la pobre Apolinaria y así poder colaborar con ella.

-Bien, -dijo la Bruja poniendo manos a la obra. Y llenó un caldero con agua del la Laguna de los Patos a la que fue agregándole ingredientes a medida que Penteo le dictaba lo que leía en el libro. Penteo leía muy bien.

-¡Ya está!, aseguró Aplinaria. Pongamos la pulga en la mezcla.

Penteo se buscó una entre la pelambre, y encontró una pulga muy cascarrabias que pasaba por la oreja rezongando. La echó en un plato donde humeaba la pócima e inmediatamente se alzó un vapor cenizo y en vez de un alacrán apareció un Yurumí cuando se disipó la bruma. El Yurumí es un tipo de oso hormiguero del tamaño de un gato, pero con la cola más larga y velluda.

-¡Faltaba más!, dijo el Yurumí mirándolos fijamente tras reponerse de su sorpresa inicial.

-¿Qué pasó?, se preguntaba Apolinaria llevándose las manos a la cabeza.

-Pasó que yo estaba durmiendo en el bosque tranquilamente y, de repente, me encuentro con usted que es, sin ánimo de ofender, bastante fea. Yo diría que provoca espanto, señora.

-¡Soy una Bruja!, dijo orgullosa Apolinaria.

-¿Y qué culpa tengo yo?, replicó el Yurumí muy enojado.

-Bueno, yo quería….

-¡No importa lo que quería sino lo que consiguió!, siguió diciendo muy ofendido el Yurumí moviendo la cola de un lado a otro nerviosamente.

-Errar es humano -intervino Penteo.

-Yo no lo sé -le contestó el bicho trompudo-. Nunca he sido humano.

-Discúlpeme, no fue mi intención, -dijo la Bruja-.

-¿Y cuál fue su intención? -inquirió el Yurumí.

-Quería convertir una pulga en un alacrán, respondió muy segura.

-No tengo nada que ver ni con pulgas ni con alacranes, -se quejó el Yurumí, que parecía tener muy mal carácter-. Me alimento de hormigas exclusivamente. Estaba durmiendo en el bosque, como ya le dije, y de repente me despiertan para ver a una mujer espantosa.

No es justo.

El gato empezaba a perder la paciencia moviendo rítmicamente las orejas mientras se acicalaba los bigotes.

(continúa....)



By Alejandro Maciel y José Antonio Quesada, 2009.