martes, 30 de enero de 2024

EL ATROZ ENCANTO DE LA CLASE MEDIA ARGENTINA

 

LA CLASE MEDIA ARGENTINA

 

         El pensador Arturo Jauretche observó algo que se repetía en la política argentina: “La gente, cuando está bien vota mal, y cuando está mal vota bien”. El macrismo en cuatro años de decadencia, en los que nos endeudó por cien años con el préstamo del FMI, enseñó a la gente a votar. Las elecciones parecían encaminadas y el triunfo de Alberto Fernández así lo confirmó. Pero no bien el caso Vicentín le torció el brazo al gobierno en sus inicios, ya advertimos que habíamos metido la pata escogiendo a un Presidente mediocre, sin pasta de liderazgo y que en cada entrevista periodística daba clases de derecho como si estuviese en la universidad. El gobierno de Alberto Fernández fue un fiasco. El malestar fue creciendo gradualmente, la economía a los tumbos, la inflación terminó siendo arrolladora y con ese malestar apareció el mesianismo del actual Presidente que prometía combatir a la política profesional (la “casta”) y con arrogancia egocéntrica y megalomanía a cuestas se llevó puesta a la clase política.

El problema es que Milei entró en la Casa Rosada prácticamente solo. No tenía partido político, apenas pocos legisladores, muchos menos amigos ni conocidos de confianza en la administración. Eso es un mérito que decae en desgracia. Ningún ser humano puede gobernar la Argentina en soledad, y mucho menos cuando el equilibrio mental escasea. Allí acudieron los auxiliares de la “casta” a rodearlo y copar el gobierno, y con reflejos de puma, los grandes intereses concentrados les ofrecieron “asesoramientos” para alcanzar la “revolución” que prometió por medio de dos mamarrachos legales armados entre gallos y medianoche para “cambiar la matriz argentina desde sus bases”. Hacer otro país, como un barajar las cartas e iniciar un nuevo juego desde cero. El fundamentalismo mercadotécnico de Milei ya se conocía. Muchísima de la gente que apoyaba sus medidas pertenece a la clase media argentina, básicamente hipócrita. Aspiran a ser nuevos ricos, pero no tienen tierras. Adoran ser aristocráticos, pero carecen de mansiones y autos de alta gama. Se identifican con deportistas, artistas y empresarios del jet set pero no tienen ni talento físico ni capacidad ociosa para deslumbrar en imágenes.

¿Qué puede hacer esta clase media frustrada?

Si ama lo que no alcanza, se desquita odiando a lo que deja atrás: reniegan de la clase baja a quienes empiezan por detestar. Son todos negros, planeros, choripaneros, villeras, ordinarias, haraganes, vividoras, borrachines, drogadictos, etc. A quienes defienden los derechos de esa inmensa mayoría de la clase baja a la que las políticas y la desidia empujó a la miseria, los tratan de comunistas, peronistas, rosqueros, demagogos, gremialistas, sindicalistas. En especial se ensañan con el mundo gremial que es la defensa que la sociedad pone como barrera entre empleado y empleador para evitar los abusos por parte del más fuerte, cosa que es harto común en este sistema desalmado de negocios elevados a la categoría de religión en el siglo XXI.

Cuando alguien me viene con ese discurso de “todos los sindicatos son nidos de ladrones” yo les digo simplemente: cuando usted vaya y renuncie a las vacaciones pagas, el derecho a indemnización, el aguinaldo y las paritarias, entonces lo escucharé y seguiremos conversando.

Y no estoy diciendo que no haya mugre en el sindicalismo, y que necesita de una limpieza democrática, todo eso es real. Pero de allí a poner todo en la misma bolsa, no está bien.

Porque es muy fácil tirar piedras desde la comodidad de un sofá sin hacerse cargo del uso que está haciendo de esos derechos conseguidos tras arduas luchas, y es de un cinismo supremo recibir el beneficio y morder las manos del que lo otorgó. En esas actitudes mezquinas y miserables está retratada la clase media que es siempre quien decide en las elecciones. Recordemos que en televisión cuantas notas hacían a los transeúntes todos se quejaban de los planes sociales, de los subsidios, de mantener vagos. El Gobierno entonces puso en marcha un mecanismo de “sinceramiento” que consistía en ingresar en una página web y anular el subsidio del transporte público de pasajeros. De los 3 millones de personas que toman transporte en el AMBA se anotaron 322. Es decir, frente al micrófono somos todos solventes, pero en la soledad del bolsillo 2.999.700 siguió utilizando el descuento que aborrecía para los demás.

Esa es la clase media argentina: poco más que apariencia.

 

Alejandro Bovino Maciel

Buenos Aires, enero 2024

www.alejandrobovinomaciel.webador.es

lunes, 15 de enero de 2024

AUTOPSIA DEL EGO ASESINADO: SOBRE "YO EL SUPREMO" DE AUGUSTO ROA BASTOS.

 

AUTOPSIA DEL EGO ASESINADO

 

En busca del ego disgregado en “Yo el Supremo”, de Augusto Roa Bastos.

Pistas para una contribución.

Por: Alejandro Bovino Maciel.

 

 

 

De los “Escritos de juventud” de G.W.F. Hegel un fragmento del poema

“Eleusis”

 

“El sueño y la dulce fantasía se desvanecen.

Mis ojos se levantan hacia la eterna cúpula del cielo,

Hacia ti. Oh astro brillante y nocturno,

Y de todos los deseos, de todas las esperanzas,

El olvido, desde tu eternidad, sobre nosotros desciende.

 

Se pierde el espíritu en esta contemplación.

Lo que tenía por “mío” se desvanece.

A lo inconmensurable me abandono.

En él soy, soy todo, soy yo mismo y el mismo.

 

El pensamiento, vuelto en sí, cae en el desconcierto,

Tiembla ante el infinito, se llena de estupor.

No comprende la profundidad de esta contemplación.

 

La imaginación pone la eternidad al alcance del espíritu”

 

En la última frase, Hegel cifra la clave del enigma: sólo la imaginación comercia con la eternidad. Y el Yo de “El Supremo” de Roa está proyectado como una inmensa constelación de visiones imaginarias que abarca desde el arranque de la novela en un panfleto ajeno al personaje, pero enajenado por el autor, hasta el apetito de comerse el universo entero como repudio post-mortem: en la jaculatoria final de la novela, un tercero, anónimo, antípoda del yo-identidad, cierra el mundo imaginario con un elemento imperioso tan contundente como la realidad: el hambre. Negación del hombre. Afirmación de la animalidad anónima, puro instinto. En todo ese ciclo que va desde la apertura al cierre abierto, se pueden seguir ciertas pistas de las múltiples visiones-divisiones que establece el autor, aunque haya decidido borrarse del escenario y de la tramoya desde un ante-principio. Antes del prefacio.

 

Este complicado andamiaje tendido como un contorno alrededor del eje temático, lo aborda y al mismo tiempo es abordado por la mirada multiplicada en mil visiones de un mismo problema semántico: la relación entre el significante, el significado y el signo~palabra.

¿De qué significante hablamos? Me refiero especialmente al concepto de “Yo” tan vital en la obra que inicia hasta su título. Se puede aventurar el trayecto de la novela como un recorrido sustancial a través de la propiedad de un Yo que se proyecta en el poder por medio de la letra escrita.

No accidentalmente la búsqueda de ese Ego-identidad se inicia con la obra cuando el mismo Gaspar Francia instiga el análisis del yo desde la sospecha de su adulteración escrita[1], en el panfleto que han fijado a la puerta de la Catedral los enemigos del poder. Ese yo/escrito y cuestionado por el yo/reescrito que sospecha, ejerce una especie de imantación en el carácter de la obra. Una dualidad polarizada en los extremos de lo real y lo imaginario-ficticio como una persecución sin fin que instiga desde su inicio una desconfianza ejemplar hacia todo lo que está fijado en la “forma muerta” de una escritura, como un gran cuestionamiento meta-temático a la pobreza de recursos de toda literatura frente a la insondable realidad, idea propia de Roa y desarrollada en casi todas sus obras.

 

Dice G.W.F Hegel en su “Lógica”:

 

XX. Si tomamos al pensamiento en su representación más inmediata, le veremos aparecer primero en su significación subjetiva común, a saber: como una de las actividades o facultades al lado de otras facultades como la sensopercepción, la intuición, la imaginación, el deseo, la voluntad, etc. Su producto, la determinabilidad o forma de ese pensamiento será lo universal, lo abstracto en lo general. El pensamiento en tanto actividad es, por consiguiente, lo universal activo, y que se hace a sí mismo por su actividad, puesto que su producto es también lo universal. El pensamiento representado como sujeto, es el ser pensante y la expresión simple que designa al sujeto existente como ser pensante es “yo”.

 

‘Yo el Supremo’ nos involucra lentamente en ese proceso de construcción en el que “se hace a sí mismo” por su misma actividad gráfica, aparece gradualmente partiendo desde la particularidad de un momento histórico de quiebre y reconstrucción institucional en el Paraguay post-independiente para ampliarse gradualmente escalando nuevos niveles de significado, transformando el Ego-signo en un símbolo de nuevo nivel, cada vez más abstracto y general, cada vez —al decir de Hegel— más universal. Este proceso iniciado en la sospecha de la escritura adulterada del panfleto[2] que cuestiona el yo-real frente al yo-fraudulento manifiestamente parasitario, egodistónico[3] del panfleto, se extiende ininterrumpidamente a lo largo de la obra. Así, esta persecución del Yo-Supremo (como único símbolo absoluto del poder, como garantía del mismo) hacia el desenmascaramiento del Yo-Plagiado se vuelve un cuestionamiento al poder desde el poder mismo.

Esta cualidad de refracción es una de las bases de la originalidad de ‘Yo el Supremo’ dentro del subgénero “novelas de las dictaduras”. Los antecedentes y sucesores, desde el Carpentier del “Recurso del Método”, el Asturias del “El Señor Presidente” y recientemente el Vargas Llosas de “La fiesta del chivo” ejercen de una u otra forma la crítica desde “afuera” denunciando los actos de gobierno como actos de prepotencia, como fuerza ilegítima que se legitima por medio de la fuerza. [4]Ninguno antes ha puesto en el centro la pregunta ¿qué es el poder?, desde un personaje que, siendo el símbolo absoluto del poder, se discute a sí mismo la legitimidad. En este desdoblamiento el lector asume alternativamente la función de espectador y personaje.

 

El mismo fenómeno de desdoblamiento a través del espejo de la escritura se da cuando Gaspar Francia lee, (en realidad el lector es quien lee) un oficio[5]  en el que el comandante de Villa Franca detalla los oficios fúnebres realizados en la Villa luego de la noticia de la supuesta muerte del dictador. En el texto declamatorio (...gemidos, sollozos, lamentos desgarradores. Muchos se arrancaban los cabellos con gritos de profundo dolor. Almas paraguayas en su máxima intensidad...) el personaje central intuye la profunda hipocresía del contexto. Nuevamente el ego se desdobla en un segundo nivel de crítica que, al mismo tiempo que cuestiona su propia legitimidad, ofrece su propia visión irónica de la caricatura del duelo público: “Exprésale mi agradecimiento por las lucidas exequias. Dile que las próximas no resulten tan llovidas; que las arrancadas de pelos no sean tan copiosas. No tienes necesidad, mi estimado Escobar, de levantar “cúmulos” iluminados, pues mi edad no se mide por candelas. Tampoco revestirlo con espejos que dan una visión falsa de las cosas”. Estas inocentes recomendaciones tienen un plano de significados concretos (Diles que las próximas.... No tienes necesidad...) y que pueden reducirse a su lectura lineal; pero hay otro plano como significantes de mayor espesor, más ampliamente incluyentes que pueden ser interpretadas como una discusión de la legitimidad del personaje, reducido en el informe de Villa Franca a objeto de una sucesión ritual, de formas vacías de contenido. Combatir estas formas y relativizarlas a través de la ironía, es una constante en el diálogo entre Gaspar Francia y Policarpo Patiño:

“No uses tanto Usía, Vuecencia, Vuesa Merced, Su Excelencia y todas esas paparruchas que ya no se estilan en un Estado moderno.... Por ahora usa el Señor si necesitas vocarme a toda costa. No te acercará eso más a mí aunque revientes...”[6]  

 

El mismo autor, en otro párrafo, expone su particular visión del problema hegeliano entre la identidad, ser y mundo circundante. Dirá G.W.F Hegel en “Fragmentos de un sistema” (1800) “El concepto de individualidad implica, por tanto, una oposición a la diversidad infinita y, a la vez, una vinculación con ella. ¿Cómo es posible esta aparente contradicción? Un hombre es una vida individual en la medida en que conserva su alteridad en relación a todos los elementos y a toda la infinidad de las vidas individuales que se dan fuera de él. Pero al mismo tiempo el hombre es una vida individual sólo cuando constituye una cosa con todos los elementos y con toda la infinidad de la vida exterior a él. Existe en la medida en que el todo de la vida se divide en partes, siendo él mismo una parte, y el resto de la totalidad, otra parte; pero al mismo tiempo sólo existe en la medida en que no es únicamente una parte y en cuanto que nada se da separado de él.”

 

Para el Supremo, esta fórmula de juego entre el yo y no-yo, entre la unicidad individual y la pluralidad subjetiva se reformula en el diálogo/explicación a Policarpo Patiño.

 

“Si el hombre común nunca habla consigo mismo, el Supremo Dictador habla siempre a los demás. Dirige su voz delante de sí para ser oído, escuchado, obedecido. Aunque parezca callado, silencioso, mudo, su silencio es de mando. Lo que significa que en El Supremo por lo menos hay dos. El Yo puede desdoblarse en un tercero activo que juzgue adecuadamente nuestra responsabilidad en relación al acto sobre el cual debemos decidir”.

 

El acto de objetivación se fragmenta como en los miles de cristales de un espejo roto en el que la realidad (la pluralidad subjetiva) se refleja según la especial situación de cada esquirla-reflejante: un tercero activo que juzgue adecuadamente.... que invierten el orden aparente de las cosas: su silencio es de mando...; los ejemplos podrían multiplicarse tanto en el texto como en el contexto de la novela, pero como decía el finado monje franciscano Guillermo de Ockam: “no conviene multiplicar innecesariamente los entes”, siendo los ejemplos, entes ausentes, basten los referidos anteriormente.

Como decía al principio G.W.F. Hegel al principio, en su “Eleusis”:

“Se pierde el espíritu en esta contemplación.

Lo que tenía por “mío” se desvanece.

A lo inconmensurable me abandono.

En él soy, soy todo, soy yo mismo y el mismo”.

 

Avanzando en la línea de la trama de Yo el Supremo, cada vez se hace más intrincado separar ese Yo casi omnisciente en el sentido teológico (no literario), de las miradas que se cruzan desde la exterioridad que está enajenada, confiscada por la fuerza de ese pequeño universo centrípeto que todo lo subsume en sí mismo, como si “En él soy yo, soy todo, soy yo mismo y el mismo”. Todo Paraguay queda reducido a la visión fantasmagórica del personaje convertido en eje y cimiento del Estado, primer motor inmóvil de esta historia detenida en el tiempo, lo que da un nuevo significado al conjunto social, el de la plenitud del poder sin representatividad: el poder de todos que es de nadie. Hay dos salidas de la trampa solipsista en la que, inevitablemente se encierra. Una: la recuperación de la individualidad a través de la memoria; de la individualidad colectiva (valga la aparente contradicción) por medio de la memoria social. Decir memoria es decir historia. Pero aquí nuevamente el Yo omnisciente nos cierra el paso: “Del Poder Absoluto no pueden hacerse historias. Si se pudiera, El Supremo estaría demás, en la literatura o en la realidad” Y vuelve a desmentirlo un párrafo más adelante, esta vez con un argumento casi ontológico: “Si a toda costa se quiere hablar de alguien, no sólo tiene uno que ponerse en su lugar: Tiene que ser ese alguien”.

El otro camino, el de la individuación absoluta también está cerrado: “Difícil ser constantemente el mismo hombre. Lo mismo no es siempre lo mismo. YO no soy siempre YO. El único que no cambia es ÉL. Se sostiene en lo invariable.” Ecos del pensamiento de Hume resuenan en esta negación. El Yo omnisciente, y el autor, en complicidad, desmienten la armonía y el crédito de un yo continuo[7], siendo auténticamente él mismo a lo largo del tiempo, reconociéndose en sus hechos y en sus escritos;[8] tal vez como reflejo íntimo de la tarea literaria que inexorablemente cumple pasos y etapas que nos mienten y desmienten en una cadena de escrituras cuyo reconocimiento filial únicamente se podría operar a través de la autopsia. Pero ningún ser vivo puede someterse a una necropsia. Antes, es necesario morir. Otros, nunca el mismo yo, harán el análisis. Esta analogía forense puede explicar (y lo hablamos con Roa en alguna oportunidad) la tarea de una crítica responsable en el campo compartido del texto, intertexto y pretextos.

Como no hay escapatoria posible y la historia está esperando ser escrita, leída e interpretada, se vuelve a la escritura. El mismo autor-personaje que reniega de la escritura, sin embargo, escribe.

“Al principio no escribía; únicamente dictaba. Después olvidaba lo que había dictado. Ahora debo dictar/escribir; anotarlo en alguna parte. Es el único modo que tengo de comprobar que existo aún. Aunque estar encerrado en las letras ¿no es acaso la más completa manera de morir? ¿No? ¿Sí? Se escribe cuando ya no se puede obrar. Escribir es renunciar al beneficio del olvido. Cavar el pozo que uno mismo es. Arrancar del fondo lo que a fuerza de tiempo allí está sepultado”[9]

De este modo la escritura, volcada desde el turbulento interior hacia el fumoso exterior, objetivada en un sistema de símbolos, oficia como puente entre la realidad y el Yo. Puente y espejo. Uno se mira en la otra. La otra se desconoce en el uno. Se discuten. Se analizan. Se derrumban y vuelven a reconstruir como los muros del Templo de Salomón.

Volvemos a G.W.F Hegel: “El yo es el ser para sí puro, en que toda particularidad es negada o suprimida, es el punto culminante de la conciencia, ese punto en que la conciencia existe en toda su pureza. Se puede decir que el yo y el pensamiento son una sola y misma cosa, o de un modo más determinado, que el yo es el pensamiento en tanto que piensa”[10].

Esa conciencia-yo o yo-puro-conciencia es la fuente de las indagaciones del solitario Francia ejerciendo un poder que requiere justificativos ante sí mismo. Ante la supremacía del yo. ¿Qué yo? Para Freud el yo es el vínculo entre la voluntad que decide y los sentidos que perciben; una especie de poder ejecutivo de la personalidad con un claro registro conciente de la realidad del mundo en el que vive y turbios presentimientos de sus propios deseos. Este yo freudiano en permanente batalla entre tres fuerzas antagónicas: el oscuro infierno de los instintos por un lado, las exigencias celestiales de la conciencia moral por el otro, y la solidez del mundo real con sus reglas y posibilidades complica más la identidad entre yo y pensamiento que había diseñado Hegel. ¿Qué pensamientos? ¿Los derivados de los deseos y emociones, que desconocemos en nosotros mismos?, ¿las construcciones racionales, bastardas de toda forma de sensibilidad cuando más elevadas?, ¿los fundamentos axiológicos de cada cual, fundados en la ética o la religión? En la novela de Roa Bastos esta multiplicación de fuentes que confluyen en el yo inmediatamente se refractan en el acto de la escritura. El autor duda, y deja constancia escrita. El personaje sigue una cadena de razonamientos e instintivamente los empapa en tinta, llega a rasgar el papel para tener más intimidad con su escritura. Todo cuanto sucede a su alrededor va transformándose en registro escrito. Hasta los escritos, como las providencias y órdenes[11] son copiados en forma constante por un amanuense que sigue escrupulosamente las palabras del amo ‘para no dejar nada entre líneas’.

 

‘Yo el Supremo’ es un mundo de escrituras dentro de un universo alítero. Las únicas confesiones que se permite son de índole política: en la trama de la historia sudamericana únicamente cabría escuchar las confesiones del poder. El Paraguay también se encuentra en la triple encrucijada de tensiones. Por un lado, las potencias europeas que se disputan su mercado, por otro, Buenos Aires que la reclama como provincia, y por último, el Imperio expansionista del Brasil. En este difícil encuadre el Supremo Dictador mantiene un poder que no se permite la mínima duda, férreo, absoluto, omnipotente como representación cabal del Dios Padre tribal. Las únicas dudas están en la escritura. ¿Es suficiente acto de fe la palabra impresa, destinada a la irreversibilidad, como la sentencia de Pilatos?.[12]

La escritura funciona como cadena para re-hilvanar y zurcir las múltiples fracciones de un Yo que por omnipotente, ha tenido que transformarse en todo lo que lo circunda, ha tenido que ser por momentos Correia Da Cámara, Manuel Belgrano, la Deyanira-Andaluza, José Gervasio Artigas (con trato exclusivamente epistolar entre ambos), el protomédico Estigarribia a quien confiesa “Ya ve, Estigarribia, cuando nada se puede hacer, se escribe”, los naturalistas Juan Rengger y Marcelino Lonchamp, los hermanos Robertson, Pedro Juan Caballero, el tamborero Efigenio Cristaldo: múltiples difracciones de un sujeto que se objetiva en tanto es instantáneamente la otredad que intenta analizar. El abordaje por identificaciones sucesivas va creando esa multiplicación de voces casi coral que hacen a los ‘climas’ de cada parte de la novela un ámbito único, privado, como un pequeño universo cerrado en sí mismo que se va cargando de tensiones y que al estallar, se abre a nuevos tramos para la indagatoria del yo que, en el tránsito, se metamorfosea, cambia, necesita la transmutación alquímica para convertirse en la próxima escritura. El Yo de ‘El Supremo’ es, simultáneamente la suma de las tensiones que sugirió Freud. Es el deseo colectivo de mantener la unidad en la dispersión histórica, es la realidad del momento crítico con todas las acechanzas y las decisiones que asumirá en cada circunstancia, es el dolor moral de saber que el poder está destinado al autismo, a la ignominia de un destino cuyo precio será el repudio, un destino en el que la muerte misma estará sometida a venganza como si la persiguieran las Erinnias de la antigüedad.

Es al mismo tiempo el Yo-pensamiento que quería Hegel.

La alternancia sutil y constante entre estas dos posiciones juega un movimiento fascinante que obliga al lector a recuperar su propia dosis de imaginación creativa. “Yo el Supremo” no tiene ni tendrá jamás la lectura lineal de una obra naturalista. Porque el Yo no es enteramente el yo, y el supremo no es más que la desnudez de un poder miserable que no se apiada de auto-confesarse la profecía de su destino infausto en medio del solipsismo en el que está entrampado para siempre.

 

Ya adelanté que este pequeño trabajo no pretende más que ser una contribución abierta a futuras indagaciones de este maravilloso texto. Sé que han quedado más puertas abiertas que direcciones trazadas. Prometo continuar en otro trabajo, en tono más coloquial, la visión de la Historia en esta novela, visión necesariamente más ligada a la imaginación que a los documentos firmados de los archivos y museos.

 

Alejandro Bovino Maciel.

Asunción, 9 diciembre 2002.       

 

 

 



[1] “Remedan mi lenguaje, mi letra, buscando infiltrarse a través de él; llegar a mí desde sus madrigueras. Recubrirme en palabras, en figura.” Yo el Supremo, edición de Alfaguara, página 14.

[2] Lo llama sucesivamente: panfleto, pasquín, libelo, caricatura, anónimo, mofa, burla.

[3] Perdón por introducir la jerga psiquiátrica en un escrito de carácter literario: yo mismo no puedo huir indemne de la egofragmentación. En semiología psiquiátrica llamamos “egodistónico” a un pensamiento (como el de los obsesivos) que el yo no reconoce como propio, sino como idea parásita, externa, que acosa a la conciencia sin que el individuo sepa por qué, cómo, ni de dónde viene.

[4] Aunque el personaje de Carpentier se exprese en primera persona, no deja de ser una descripción de actos, de justificaciones de la represión y visiones violentas de camarógrafo tomando las tramas de un documental.

[5] páginas 24-25 de la edición de Alfaguara

[6] Edición de Alfaguara, página 26.

[7] Inútil hacer la referencia a Heráclito y su río: ya caeríamos en el puro truísmo o, lo que es peor, en la tautología.

[8] Necesita secundarse y escudarse en una proyección de sí mismo, un extra-yo vertido hacia el mundo inmóvil, observado desde lejos como un intruso o como un dios, ajeno a los cambios mundanos.

[9] Yo el Supremo, edición Alfaguara, página 63

[10] Hegel, “Lógica” XXIV, Zusatz 1.

[11] Oficio al delegado de Itapúa, pág. 218.

Lista de pedido de juguetes, pag. 222 ‘Yo el Supremo’ en la edición de Alfaguara, 1990.

[12] “Lo que está escrito, está escrito” (cuando quisieron corregir el I.N.R.I. inscripto en el cabezal de la cruz)

 

CORAZÓN



Tres veces se detuvo,

dos veces se ausentó.

Una vez murió.



ABM, 2023

viernes, 12 de enero de 2024

 

GAUCHOS IMPOSTORES

 

El arquetipo o modelo del gaucho es una impostura desde el comienzo. No estoy difamando para decir que el gaucho sea un impostor, estoy diciendo que esa imagen del hombre rural que ejercía el pastoreo y ha sido replicada hasta el infinito no es más que un fantasma en el presente, un reflejo que no tiene correlación material en el cielo platónico.

El tipo social del “gaucho” pudo haberse desarrollado a partir de criollos en tiempos de la colonia, cuando abundaban las tareas pecuarias para el hombre rural que era casi la mayoría de la población, cuando había pocas ciudades, y las que teníamos estaban escasamente pobladas. Después de la Revolución de Mayo muchos de ellos, absolutamente díscolos con la disciplina castrense, desertaron de las milicias y se hicieron nómades de las pampas. Gente iletrada y marginal que solo conocía el trabajo del pastoreo de vacas.

Poco sabemos objetivamente del guacho real, aquellos registros que los censaron en forma oblicua y retaceada no dicen mucho más que números y categorías sociales. La imagen más nítida que nos legó la literatura es visiblemente impostada, porque los verdaderos protagonistas, los gauchos de profesión, fueron alíteros y analfabetos; nada fiable dejaron a la posteridad. Los autores y poetas que escribieron sobre el gaucho —todos hombres, por lo que sé— no eran gauchos sino caballeros de levita y hasta socios del Jockey Club que, en sus momentos de ocio, que no eran pocos, fueron configurando el prototipo y el sociolecto del gaucho alzado contra la autoridad, libre como el viento pampero, idea que el romanticismo que impregnaba esa época imponía como necesidad.

Es sabido que las premisas de la sociología y las de la literatura no corren por el mismo camino. El sociólogo requiere datos, estadísticas, características generales. El escritor, en cambio, necesita del aura fantástica de la imaginación para poner a vivir a su personaje en situaciones críticas donde se revele su interior. El gaucho alzado contra la autoridad arbitraria resulta ornamentado con rasgos que se traen de aquí y de allá, de las novelas de caballería, del ideario estancado del tradicionalismo local o las efusiones policromadas del costumbrismo que reduce la nobleza espiritual a una ronda de mates con chismes del más allá. Los señoritos de bufetes del siglo XIX, estancieros muchos de ellos, forjaron un tipo social postizo con el valor de un cruzado, la nobleza de un apóstol, la irresponsabilidad de una napolitano y el atuendo de un magiar. De esa proyección infausta, alojada entre papel y tintas, nació el gaucho payador y matrero que en vano buscan los porteños (nacidos y criados en departamentos céntricos de 60 metros cuadrados) en los pagos de San Antonio de Areco.

He discutido estas cuestiones con una escritora adicta al gauchaje. Me consta que adora la literatura, pero su amor no es correspondido. Otro amigo en común le ha llegado a recomendar que, de cada cuento, escribiera solo el título y dejara al lector o lectora imaginar el resto. Mi maldad no alcanza esas cotas. Sigo pensando que, de viajar al Iberá, se vería francamente decepcionada de esa pasión por los gauchos que allanan su corazón sin que ella misma pudiera explicarse la causa. Mi sobrina Camila viajó hace un año al Iberá, y se embarcó en una excursión lacustre no exenta de saurios y carpinchos, pero su desilusión estalló ante una realidad contundente. El capitán de la canoa, guía y supuesto gaucho correntino repentinamente, interrumpió el discurso sobre las aguadas ante una llamada. Detuvo la marcha para responder en su iPhone.

Gauchos eran los de antes. Internet nos dejó sin gauchos. Los de ahora ya son gauchos.com y Dios nos libre de esos algorritmos.



ALEJANDRO BOVINO MACIEL

BUENOS AIRES, ENERO 2024

www.alejandrobovinomaciel.webador.es