EN ESTE LINK SE ENCUENTRA EL LIBRO QUE AÍDA ME CONFIÓ PUBLICAR.
https://aidaaisenson.blogspot.com/
Médico psiquiatra y escritor nacido en Corrientes, Argentina, en 1956.
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CORRIENTES Y EL SERVICIO PENITENCIARIO
Noticias oficiosas me comentan que nuestra querida provincia de
Corrientes cuenta con unidades penitenciarias flamantes (cárceles) que están en
el paraje San Cayetano. Las instalaciones del antiguo reclusorio de “encausados”
(es decir, aquellos detenidos que aún no tienen sentencia judicial) ese viejo
fuerte con aspecto de castillo medieval que está frente a la bajada del Puente,
ha sido clausurado y todos sus ocupantes trasladados a las nuevas unidades
penitenciarias. Dicen que se destinará a una especie de shopping con centro cultural anexo, patio de comidas y otras
iniciativas que seguramente harán de ese sitio, que tiene una ubicación
privilegiada, un nuevo centro de encuentros para la correntinada y los
turistas.
El sistema judicial en occidente deviene del Derecho Romano, que a su vez
fue adoptado por la Iglesia católica y eso fue impregnando todo el vocabulario
jurídico de términos religiosos: penal viene de “penas” o castigos morales tras
la sentencia que sigue a todo delito o pecado. En el medioevo todo pecado era
al mismo tiempo un delito ya que las jurisdicciones canónicas y políticas
estaban bastante confundidas por esos tiempos. Lo cierto es que ahora, en pleno
siglo XXI, es mejor hablar de responsabilidad que de culpas. La responsabilidad
nos conmina a ser ciudadanos respetuosos de las leyes. La religión de cada cual
es asunto absolutamente íntimo y personal. Ya nadie anda persiguiendo con
cruces y rosarios a la gente por la calle, y si lo hace, es tenido en cuenta
para ejemplo de enfermedad mental. Y observemos que es tal la confusión que el
penal de mujeres funciona en el Instituto Pelletier, de innegable carácter
religioso confesional.
Las nuevas unidades penitenciarias (penitencia: otra sentencia religiosa
que consistía en la multa moral que se imponía al pecador al delatar se
fechoría frente a un cura) en realidad no están en la localidad de San Cayetano
sino a mitad de camino entre San Cayetano y Laguna Brava en un paraje que Google
map le atribuye el curioso toponímico de “José Viudez”. Allí se instaló la
Unidad Penitenciaria N 1 para reos con condena firme (ya han sido juzgados) y
cuenta con escuela primaria, secundaria y hasta biblioteca con actividades para
aquellos reclusos (todos varones) que deseen incorporarse al sistema de
enseñanza formal. En otro sector, de una zona más cercana a San Cayetano, tenemos
el Centro de Contención de Menores para varones que no hayan cumplido aún los
18 años. Tiene un alto índice de reincidencia (es decir, cumple la condena,
sale en libertad y vuelve a ingresar por otro delito). En esa zona también está
la Unidad N 4 “Granja Yatai” para reos en situación de reinserción social, para
aquellos reos (varones) que hayan cumplido con el 80 % de su condena en la
Unidad 1, la granja es de régimen semiabierto, y también aloja a profesionales
(médicos, abogados, policías) cumpliendo condena. Más adelante, en el mismo
camino, está la Unidad N 6 para Encausados, es decir, aquellos delincuentes sin
condena firme ni juicio aún, plazos que suelen alargarse al mismo ritmo que la
pereza de jueces y fiscales lo permitan. Por último, en San Luis del Palmar
está la vieja Unidad N 7 que es antesala del Infierno. Allí purgan sus males
aquellos reos con condena firme y largos plazos, hacinados en pequeñas celdas,
durmiendo en el piso ya que solo hay dos literas y si hay 4 presos dos duermen
necesariamente en el piso. Por alguna razón que desconocemos, esa unidad es la
más vieja y la más expuesta a toda forma de maldades. Ni siquiera cuenta con
escuelas o lugares de esparcimientos, es meramente uno de los círculos del penatorio
del Dante donde gira incesablemente toda aquella gente que ya no tiene lo
último que nos queda a los seres humanos que perdimos todo: alguna esperanza.
Cuando vivía en Asunción del Paraguay me tocó hacer unas entrevistas en
el penal de Tacumbú a cuatro femicidas para el estudio sobre “Femicidio en
Paraguay” que después publicamos con Gloria Rubin en Servilibro. Tacumbú es,
gráficamente, el Séptimo Círculo del Dante. Un sitio donde la degradación
humana no admite mayor grado de humillación. Un sitio sin redención posible. Un
sitio donde no llega la mirada de ningún dios.
Me dio esperanzas saber que el Sistema Penitenciario de Corrientes ha
puesto una mirada humanista que tiene fe en la recuperación de la mayor parte
de los detenidos en sus unidades. Y que día a día se hace el esfuerzo de
sostener esa causa. Si viviese en Corrientes, yo sería un colaborador gustoso
de esa gente.
ALEJANDRO BOVINO MACIEL
Agosto 2024
Historia
del Bayesian: Ni Dios lo podría hundir.
Cuando partió en su primer y único viaje el Titanic, el ingeniero que
botó la majestuosa nave proclamó que “ni Dios la podría hundir” y no hizo falta
tanto derroche de potestad divina, ya que un simple iceberg, en el camino, le
abrió un tajo al casco que terminó en el trágico naufragio tan hollywudense, por todos conocido.
Ayer, el lujosísimo velero Bayesian, rentado para magnates como crucero
selectivo (sólo tiene capacidad para 12 invitados, a pesar de sus 56 metros de
eslora y toda la última tecnología en astilleros que ha conseguido una nave de
aluminio equipada con arneses y maquinaria computarizada capaz de prever y
sortear el menor obstáculo marino) se hundió frente a las costas de Porticello,
muy cerca de Palermo, Sicilia, que era el destino final. Tenía el mástil de
aluminio más alto del mundo (57 metros), 3 mil metros cuadrados de velamen y
dos motores diésel MTU de máxima potencia, 436 metros cuadrados de cubierta con
seis lujosos camarotes en suite, de 143 metros cuadrados cada uno. La renta
semanal de esta isla de lujo con sus 10 miembros de tripulación altamente
entrenados, costaba 195 mil euros. Naufragó en medio de un tornado y de los 12 lujosos
inquilinos, únicamente pudieron rescatar hasta el momento a una madre británica
con su pequeña hija, ambas internadas en el hospital de Porticello. El yate ha
sido detectado en el fondo marino, a unos 50 metros de profundidad y con varios
cuerpos en su interior que aún no pudieron rescatar en medio del temporal que
azota la zona.
Muy cerca, entre la Italia continental y la isla de Sicilia, se encuentra
el estrecho de Messina, sitio frecuente de naufragios célebres desde la
antigüedad donde la mitología situaba a dos monstruos de piedra, Escila y
Caribdis, que acechaban a los barcos y cuando estos ingresaban por el estrecho
pasadizo de mar, las monstruas de piedra los aplastaban entre sus paredes.
Ulises, en la “Odisea” consigue zafar mediante un ardid pero pierde casi la
mitad de su flota.
La moderna mitología que ha creado el mercantilismo capitalista hace del
lujo una forma de ostentación para sentirnos superiores a los demás. No todo el
mundo puede invertir 195 mil euros en un ‘viajecito’ de una semana que muy bien
podría hacerse por otros medios normales: avión, trenes, barcos y sin correr
grandes riesgos. No todos tenemos la chequera del magnate británico Mike Lynch,
que se cuenta entre los desaparecidos y quizás esté jugando a los naipes con el
furibundo dios del mar, Neptuno. Lo cierto es que el astillero Perini Navi (constructores
del yate) enfrenta ahora una millonaria demanda por parte de familiares
secundados por un coro de abogados que van a exigir el precio que acuerden
sobre cada vida humana.
¿Tiene precio nuestra vida? ¿Cómo resarcir el dolor de un padre, una esposa,
un hijo ante la pérdida de una vida? Obviamente, la vida no tiene precio porque
nadie puede justipreciar el valor económico que le restaba a ese señor ahogado,
cuánto podría seguir ganando de estar vivo, cuánto tiempo más de sobrevida le
quedaba, en fin el balance económico-financiero de algo que es intangible: la
vida.
Pero el seguro, que vive de cotizaciones, siempre tiene la última palabra
en estos casos. Tampoco para el Bayesian hizo falta que Dios se tomara la
molestia: un viento más riguroso que lo habitual, hizo el desastre.
ALEJANDRO BOVINO MACIEL
BUENOS AIRES, agosto 2024.
LA SIESTA CORRENTINA
¿Quiere conocer un anticipo de su defunción?
Basta con abrir una ventana que dé a una siesta de
enero en Corrientes o Asunción, da igual la madre que la hija. Porque esta es
una historia de madres y de hijas, ya lo verá.
Asoladas.
Humeantes.
Polvorientas.
Áridas en la llanura húmeda, las calles se agitan en
la quietud. Reverberan fulgores ondulados. Jadean como tísicas el demonio de la
siesta.
Después está la gente.
Cuerpos humanos sin sombras cruzan callados por las
calles. Abrasados por las calderas canallas. Las Diablas (obesas, aceitosas) y
sus hieródulos con espadas flamígeras están expulsando desde el cielo pío a los
pecadores del Paraíso, cuyo regreso se ha negado a los renegados.
¿Adónde los conducen, entonces?
A la siesta correntina.
El cielo se sancocha. El tibio celeste está celado.
Ya no llegan hasta él las jaculatorias que los fieles, al santiguarse,
imprecan. Los penitentes que apenan las calles brillan del barniz del sudor. Mujeres
afantasmadas atraviesan el resplandor sin decir una palabra.
Sin decir una palabra. ¿Adónde, hombres y mujeres
cargados de ardores caminan los calores?
¿Adónde van?
A la siesta.
(Consideraciones
liminares acerca del poemario de Amanda Pedrozo)
La
voz asombrosa de Amanda tiene la propiedad de encantar. He sido testigo de esos
milagros o sortilegios que despliega inocentemente frente a un auditorio para
cautivarlo. Creo que entre lo que dice y lo que es, no existe fisura. Amanda es
lo que escribe y escribe lo que es. No imposta voces. No pide prestadas
máscaras solemnes, dice su misa como quien conversa quietamente.
Al
inicio, en “Vigilantes” evoca como al pasar figuras de las mitologías
fundadoras de Occidente: Cancerbero, custodio del infierno; Medusa, la enemiga
de la belleza; Paracelso, aquel colega médico que recetaba maravillas en forma
de jarabes; Midas, el que fuera castigado por su codicia de oro. Cada personaje
que cita en este texto breve, trae consigo la carga de su propia desgracia. Por
eso, Amanda, cautamente, advierte. Nos advierte. Hay peligros hasta en lo
inocente, como esos espíritus de los árboles que invitan a tenderse.
En
“Narices” hay una profusión salvaje de percepciones, todo aquello que se puede
mencionar por medio de un aroma, una fragancia o la asquerosa rispidez de la
crápula.
“Mujer”
es un texto con cruce de identificaciones que tiene resplandores en los que las
palabras tiemblan al escuchar su propio tono: “de bruces en la hierba, mojadas
de salivas y de besos” siguen resonando aún después de haberlas leído, siguen
girando en ronda tras nuestra mente, siguen acompañando esa musicalidad que
arrastran tras de sí. Eso es poesía. El fulgor luminoso que expira en el choque
entre la palabra y su significado, pero antes de extinguirse, deja sus huellas
en nosotros.
“Palabras”
es casi una plegaria que abomina de los sustantivos vacíos, por eso la
invocación final está destinada a las palabras “de los presos tristes, de los
ángeles desahuciados, que persiguen capturarla hasta en un beso”.
Este
libro ha resuelto dar libertad a todas las ataduras. Las convenciones sociales
de gente muy educada no tienen eco en estas páginas. No hay sitio para las
beaterías inútiles, ni la diplomacia social.
“Psicopatía”
nos renueva las promesas del amor sacralizado, de ese que termina siendo la
excusa para el calvario. De esos amores presidiarios, que asfixian, como esa
niña inmolada en el altar de la sensiblería mezquina y cruel. De esos amores
que matan jurando que aman.
“Consciencia”
traza un itinerario similar del amor del hombre que solo siente su protagonismo
cuando puede creer que es el único responsable de la arquitectura de sus
sentimientos. La mujer, en ese trance, está ausente en sí misma. Es el clásico
recipiente pasivo en el que se consuma la pasión. Amanda necesita descubrir un
espejo más para que nos veamos a nosotros mismos, cada cual en su lugar, siendo
arte y parte de los ritos sociales que consideramos fundamentales para el
sostén de la vida en común. Ese espejo de Amanda no deforma. No se adapta
fácilmente a la paz comunitaria: muestra. Y lo que vemos puede ser crudo, puede
que nuestras desnudeces nos desilusionen igual que cuando nos vemos reflejados
en un espejo y recordamos lo que fuimos en la juventud. La naturaleza ha
purgado sus culpas en nosotros. Somos los desterrados hijos de Eva que no
sabemos cómo volver al Paraíso. Nuestros defectos, nuestras mezquindades,
nuestro egoísmo, nuestra soberbia, nuestra vergüenza, fue creando esa trama de pecados
que llamamos “Sociedad” y es necesario que la poeta nos despierte del ensueño.
Así como nos advirtió que no ingresáramos en “Vigilantes” nos instiga a salir
del acomodo social en estos versos de “Indiferencia” cuando observa que “vos le
sucedés al mundo como las algas, dóciles a las aguas, iguales a las lentas
cabelleras de los dulces ahogados, así le sucedés vos al mundo. Y al mundo no
le importa nada”
Esa
es la quebradiza superficie del espejo que Amanda va engastando entre el mundo
y uno. Y verdugos y niños y tormentas y músicas van sucediendo sin que al mundo
le importe nada. Con afán de sacralizar podríamos llamar al mundo “Dios” o,
como quería Spinoza “Naturaleza”. De todas formas, al mundo no le importa nada.
Nuestra pequeñez e insignificancia se viste de decoro para ubicarnos
bíblicamente en el centro de la Creación. Pero al mundo no le importa eso, ni
nada. Sigue el recorrido con “Hachazo”. La oposición entre el mundo natural y
los artificios de la tecnología (Internet, redes sociales) conspiran para crear
un mundo ficticio ajeno a los círculos de la vida que la autora ha recibido en
la infancia, contados por los árboles. El ciclo de los nidos, las arañas, los
frutos, las algas, los lirios y la oscuridad se mecen en el recuerdo que no reconoce
esta vida de artificio que nos hemos creado los seres humanos con el correr de
los siglos. Lento acomodo tecnológico que sabotea la felicidad natural de cada
uno por medio de imposturas.
La
poesía, toda buena poesía no puede eludir el misterio del tiempo, la relación
tensa entre la fugacidad de la vida humana y la eternidad del mundo en el que
se desarrolla esa vida en constante devenir y cambio. Hay poesía épica cuando
miramos el pasado y fijamos la eternidad en una mitología que no se resigna al
espacio en el que la encerramos. Hay poesía profética cuando apuntamos hacia el
futuro del perfeccionamiento de la vida perdurable. Y hay, sobre todo, poesía
del instante cuando Amanda Pedrozo retiene la fugacidad del presente,
atrapándolo en un destello instantáneo que contiene en sí toda la carga del
pasado y la promesa del porvenir. Amanda, visiblemente, escogió esta última
forma en su poética. Desde ese instante que se instala entre las palabras de un
panteísmo intimista, la autora nos oficia con susurros una ceremonia que
advierte nuestro destino por medio del conjuro de las palabras. Por eso, nos
puede decir:
/Pero después he visto el fondo del
silencio,
/a la oscuridad le ha sido dado el
poder sobre el fuego y los astros,
/en
el fondo de todas las aguas se gestan las
palabras de esperanza
/se
abultan las semillas y se lanzan pétalos hacia la luz y el oxígeno
/las
canciones de las hojas limpian las almas en pena y consuelan a los niños
/se
espantan los hombres del pasado, han visto insomnes
/desde
sus calaveras danzando en los mares o sus dóciles restos
/metidos
en cementerios.
En
“Inundación” renueva esos votos, hasta que se suicidan los ángeles.
Mis
saludos de pie para tan alta poesía.
Alejandro
Bovino Maciel
Buenos
Aires, marzo 2022.
INIQUIDAD
Iniquidad = injusticia o gran maldad en el modo de obrar (RAE)
Nacido en la Baviera prusiana un 27 de mayo de 1923, Henry Kissinger murió el 29 de noviembre último, completando 100 años de vida signada por las intrigas, dobleces, hipocresía diplomática y cicaterías que tuvieron su máxima expresión en las décadas de los ’70 y ’80 del siglo pasado cuando ejerció como Secretario de Estado durante los gobiernos de Richard Nixon y Gerald Ford, lo que supone todo el manejo de las relaciones exteriores de los omniscientes EEUU, en una función que combina las cancillerías de otros países con las funciones de defensa exterior.
Visto desde el sur del Río Bravo (frontera de los EEUU con México) el centenario funcionario puede ser juzgado como un perfecto canalla de la política internacional. Cómodamente podría usurpar un capítulo de la Historia Universal de la Infamia de nuestro J.L. Borges. El poeta Alberto Boco lo define como “uno de los personajes más siniestros de la segunda mitad del siglo XX”. Kissinger perteneció a esa clase de gente para quien la palabra “escrúpulos” es un chiste; operan sin conciencia moral y excesiva indulgencia hacia sus trampas. De consejero de Seguridad Nacional del gobierno de Nixon pasó a desempeñar, en 1969, la emblemática Secretaría de Estado de EEUU autopercibido como “Comisario del Planeta” entre los países del Primer Mundo. Intentó mediar en la Guerra de Vietnam consiguiendo un breve alto al fuego, lo que le valió el Premio Nobel de la Paz en 1973, tan devaluado cuando galardonan a funcionarios que, tras conocerse los desempeños de Kissinger revisando su prontuario años después, hizo que el Comité Nobel exigiera la devolución del Premio. Pero el vulpino señor Kissinger se negó: ni la medalla ni las coronas suecas volvieron a Estocolmo. La cicatería pudo más y este incidente pasó a la historia como una muestra más de la mezquindad y soberbia del Secretario de Estado. En funciones fue el artífice de la siniestra Operación Cóndor que sostuvo las dictaduras militares de Stroessner y promovió el golpe de Estado militar de Pinochet en Chile, en 1973 y el de la Junta Militar en Argentina de 1976. Al declinar los ’80 Mr Kissinger se alejó de la función pública para fundar la empresa Kissinger & McLarty Associates que, por supuesto, no es ninguna sociedad de beneficencia sino usina de “consultorías” para asesorar a empresas multinacionales en sus aventuras extranjeras fuera de los EEUU. Con todos los datos recogidos por ambos (McLarty fue “Enviado para las Américas” del gobierno de Bill Clinton) “consultores empresariales” se dedicaron desde el ámbito privado a ofrecer “asesorías estratégicas” a las multinacionales, lo que en otros términos llamamos “lobby” tal como especifica el diario La Nación del 8 de octubre de 1999 para las multinacionales que operan en América Latina. Consultada la firma Kissinger & McLarty por La Nación acerca de cuáles son las empresas que “asesoran”, respondieron que esos datos se mantienen “en estricta reserva”, como en todo negocio sucio: esa es la libertad del neoliberalismo.
En septiembre de 2001 el inefable George Bush (h) incluyó a Kissinger como cabeza del Comité de Crisis tras el ataque a las Torres Gemelas. Un periodista británico (Christopher Hitchens) publicó el libro “Juicio a Kissinger” donde detalla un sinfín de maniobras, acuerdos, pactos ocultos, engaños y estafas internacionales que el venerable señor Kissinger acumuló pacientemente a los largo y ancho de su vida pública. El escritor norteamericano Gore Vidal declaró que Kissinger era el “mayor criminal de guerra que anda suelto por el mundo”.
Si uno se ubica (como tanto cipayaje en Argentina que se autopercibe yankee aspiracional) mirando hacia el norte del Río Bravo, probablemente rinda homenaje al finado Kissinger como un perfecto aval a la política exterior de su patria. Pero visto desde el Río Bravo para el sur el señor Kissinger es la figura más repudiable que se pudiera recordar en el siglo XX en el ámbito de la política internacional.
Y nosotros vivimos al sur. Conviene no equivocarse de mapa y de historia. Los errores de espacio y de tiempo distorsiona toda la percepción de la realidad, como ya nos avisara el finado Kant.
ALEJANDRO BOVINO MACIEL
BUENOS AIRES, DICIEMBRE 2023.
LA VIDA DEL JARDÍN
Epicuro de Samos nació en la costa jónica de Grecia 341 años antes de Cristo cuando el poder de Atenas ya había sido eclipsado por Alejandro Magno que convirtió a las ciudades-estado en provincias de su vasto imperio. Epicuro enseñó que el mundo estaba hecho de átomos, que eran unidades de materia invisibles e indestructibles y que se combinaban en el vacío para formar árboles, piedras, animales y todas las cosas naturales que vemos a nuestro alcance. Esta idea provenía de dos griegos anteriores: Leucipo y Demócrito de Abdera, pero Epicuro no solo la adoptó, sino que le dio una forma final que resultaba más lógica y convincente. Es increíble que 350 años del inicio de la Era Cristiana (es decir 2350 años antes del día de hoy) tres griegos, usando solamente la intuición, pensaran en los átomos que mucho tiempo después y por medio de instrumentos específicos, la física confirmaría como verdad. Esos átomos existen y sus combinaciones forman nuestros huesos, sangre y músculos y todo cuanto nos rodea. Hasta el aire está hecho de átomos de oxígeno, carbono, hidrógeno y nitrógeno.
Las enseñanzas de Epicuro fueron muy simples. Rechazó la metafísica del alma y la teología enseñando que, si los dioses existen, están muy lejos de nuestro mundo y no intervienen en él para nada. Esto eliminaba una causa de la angustia humana: si los dioses no tienen ninguna injerencia en nuestras vidas, es vano tenerles miedo o rezarles para conseguir su favor ya que, por lo que se ve a diario, no se interesan en nuestra miserable vida humana teniendo en su Olimpo una vida eterna y perfecta. Los Padres de la Iglesia en los primeros siglos de vida del cristianismo combatieron esta idea. Epicuro predicaba que aquí, en este mundo debemos hacer todo lo posible por ser felices ya que nadie tiene asegurada la sobrevivencia después de la muerte. Esta idea era contraria al cristianismo que prometía una vida perfecta y feliz después de la muerte, y enseñaba a padecer con resignación los dolores de esta vida humana condenada por el pecado, pensando en la recompensa futura.
El centro de esa felicidad que debemos buscar en este mundo, decía Epicuro, es tratar de disfrutar los placeres en su justo medio, sin excesos que el día de mañana traerán consecuencias perjudiciales y entonces pasaríamos de la dicha al llanto.
El sano placer, decía, debe cumplir tres requisitos: ser moderado, controlado y racional; es decir que siempre la razón debe mantener el dominio de uno mismo. Para ser felices, se necesitan tres condiciones: la aponía (que es la falta de dolores corporales), la satisfacción de las necesidades básicas (hambre, sed, abrigo) y la ataraxia, que es la serenidad del alma: no hay que permitir que algo de afuera nos perturbe.
El mejor medio para alcanzar la felicidad, recomendó, era la amistad. En el Jardín donde enseñaba todos eran amigos, hasta las mujeres, que en el mundo griego estaban relegadas al hogar. Reunirse para conversar y de ese modo enriquecerse mutuamente era la práctica docente del Jardín.
Epicuro de Samos fue el primer filósofo profesional que se ocupó de analizar la amistad, que necesitaba de dos condiciones: uno, que no fuera amistad interesada para conseguir algo más, porque la amistad es un fin en sí misma, no un medio para alcanzar algo que me interesa. Y segundo, que se practicara la parresía, que es la obligación moral entre amigos de decirse siempre la verdad, aunque ésta sea incómoda. Precisamente, por ser amigos, yo confiaría más en un defecto que me lo mostrara una persona que aprecio y no un enemigo.
Epicuro dejó honda huella en la filosofía romana posterior: Cicerón y Séneca a menudo se apoyaban en las enseñanzas de este hombre que cayó en la miseria cuando los generales de Alejandro lo despojaron de su tierra, y en calidad de forastero retomó su vida por medio de la enseñanza de su doctrina, que rechazaba todo el armatoste retórico de Platón y Aristóteles para centrarse en la conducta humana que analizó con algo que hoy por hoy escasea entre los políticos y líderes estadistas: el sentido común.
ALEJANDRO BOVINO MACIEL
BUENOS AIRES, DICIEMBRE 2023