sábado, 17 de febrero de 2024

                                          LA POESÍA Y EL ENIGMA

 

L

 

(Consideraciones acerca del libro “Señales” de Nilda Sena)

 

Para Platón y los griegos la poesía era un modo particular de comunicación directa con los dioses. El poeta, así, era un profeta. O, para decirlo de otro modo, los profetas fueron todos poetas. Hay un misterio, un enigma sin solución detrás de esa conversión del lenguaje que nos sirve en cada acto cotidiano para vivir, hacer las compras, saludar a los vecinos; y ese mismo instrumento, dispuesto bajo otra forma, se convierte en poesía repentinamente ante nuestros ojos.

Nilda Sena, desde San Luis del Palmar, casi enajenada por la soledad de ese pueblo anclado en un pasado del que no renuncia, escribe poesía.

En “Señales” despliega un discurso no exento de los recursos retóricos y figurativos propios de la literatura. “Te canto / más allá del silencio / que guarece la soledad”, dice Nilda Sena. He conocido San Luis del Palmar como otros tantos pueblos del interior de la provincia de Corrientes. Recuerdo, por ejemplo, Saladas, Caá Catí, Bella Vista.

Sé que la soledad, aun estando en el ámbito familiar, acecha en el silencio de una tarde moribunda, o en siestas en los que el arenal de las calles parece un espejismo de sí mismo.

La soledad de Nilda no es simplemente el no estar acompañada: es el silencio ontológico, la orfandad en la que el ser se descubre intrínsecamente desnudo y carente. “Te canto / con el eco de mis lágrimas / que gotea hasta la eternidad”, dice Nilda Sena. La eternidad, aquí, puede estar puesta en lugar de: sitio sin tiempo / lugar donde nada deviene / espacio sin movimiento. Ese mismo vacío ontológico que se percibe en un pueblo al margen de las ciudades, amenazado por la arena que lo sitia, obcecado en su estar vuelto hacia sí mismo buscando continuamente nada. “En la perplejidad del día / se esconde la intemperie” confirma Nilda Sena.

“Monotonía de siesta morena, / de otoño amarillento, / de suspiro fugaz” dice Nilda Sena. Unir la monotonía con lo efímero parece un oxímoron ya que ambas ideas se contradicen. Si no fuera correntino el autor, recusaría la frase, pero este ser correntino me remite constantemente a la contrariedad como lógica social. Corrientes es toda una contradicción física y social donde hasta la monotonía podría ser fugaz. Conviven ambas condiciones sin repugnarse. Como muchas otras contradicciones que perviven saludables en los cuatro siglos y medio de la Provincia.

El discurso poético del libro parece estar dirigido a un sujeto de amor a quien la autora interpela continuamente: “El espacio vacío / habla de tu presencia, / y de tu ausencia / que ya no está”. O también: “Mientras todo pasa / como si nunca pasó / tu mirada se vuelve sombría” y las comparaciones sucesivas con el ocaso, el verdor, la naturaleza en fin hace que se confundan con cierta felicidad ambigua los mensajes: ¿A quién dirige la autora estas frases? ¿A un amor que está y no está encarnado? ¿A Dios, ya que en algún momento susurra que las oraciones ayudan? ¿A la pródiga naturaleza cuando invoca montes, laderas, arroyos, selvas, ocasos? “En la noche de verano / mientras el campo renace / agonizan mis deseos”, dice Nilda Sena.

Quizás ese panteísmo clandestino se exprese con toda su fuerza en el poema 15 cuando enumera los prodigios que acaecen cuando el agua se desvía. Hay que detenerse a pensar un momento. Por lo general, el verbo “desviar” tiene una carga ignominiosa, insinúa que algo ha salido de su sitio natural, que algo transgredió leyes eternas. Por eso esa frase que se va repitiendo “El agua que se desvía” carga cierta insolencia que termina siendo milagrosa: todo cuanto hace ese desvío es redimir a la naturaleza de sus carencias. Ya sospechamos desde Tales de Mileto y desde nuestra propia experiencia que agua y vida son sinónimos. Entonces, el agua que llega va sembrando prodigios en su camino.

Es por esta razón señalé al principio que toda poesía carga un enigma. Confronta a la razón con las paradojas: un vacío de eternidad, una monotonía fugitiva, un curso de agua que al desviarse produce milagros y muchos más que están susurrados por la voz poética y profética de la autora. Situarla simplemente en un pueblo de provincia, es una mezquindad. Acompañarla en la excavación de todos los significados que hurga con sabia unción, nos enriquece y nos enaltece como animales pensantes, que es como nos definió el finado Aristóteles, que de esto sabía, y mucho.

 

ALEJANDRO BOVINO MACIEL

BUENOS AIRES, FEBRERO 2024.

 

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Alejandro Bovino

martes, 30 de enero de 2024

EL ATROZ ENCANTO DE LA CLASE MEDIA ARGENTINA

 

LA CLASE MEDIA ARGENTINA

 

         El pensador Arturo Jauretche observó algo que se repetía en la política argentina: “La gente, cuando está bien vota mal, y cuando está mal vota bien”. El macrismo en cuatro años de decadencia, en los que nos endeudó por cien años con el préstamo del FMI, enseñó a la gente a votar. Las elecciones parecían encaminadas y el triunfo de Alberto Fernández así lo confirmó. Pero no bien el caso Vicentín le torció el brazo al gobierno en sus inicios, ya advertimos que habíamos metido la pata escogiendo a un Presidente mediocre, sin pasta de liderazgo y que en cada entrevista periodística daba clases de derecho como si estuviese en la universidad. El gobierno de Alberto Fernández fue un fiasco. El malestar fue creciendo gradualmente, la economía a los tumbos, la inflación terminó siendo arrolladora y con ese malestar apareció el mesianismo del actual Presidente que prometía combatir a la política profesional (la “casta”) y con arrogancia egocéntrica y megalomanía a cuestas se llevó puesta a la clase política.

El problema es que Milei entró en la Casa Rosada prácticamente solo. No tenía partido político, apenas pocos legisladores, muchos menos amigos ni conocidos de confianza en la administración. Eso es un mérito que decae en desgracia. Ningún ser humano puede gobernar la Argentina en soledad, y mucho menos cuando el equilibrio mental escasea. Allí acudieron los auxiliares de la “casta” a rodearlo y copar el gobierno, y con reflejos de puma, los grandes intereses concentrados les ofrecieron “asesoramientos” para alcanzar la “revolución” que prometió por medio de dos mamarrachos legales armados entre gallos y medianoche para “cambiar la matriz argentina desde sus bases”. Hacer otro país, como un barajar las cartas e iniciar un nuevo juego desde cero. El fundamentalismo mercadotécnico de Milei ya se conocía. Muchísima de la gente que apoyaba sus medidas pertenece a la clase media argentina, básicamente hipócrita. Aspiran a ser nuevos ricos, pero no tienen tierras. Adoran ser aristocráticos, pero carecen de mansiones y autos de alta gama. Se identifican con deportistas, artistas y empresarios del jet set pero no tienen ni talento físico ni capacidad ociosa para deslumbrar en imágenes.

¿Qué puede hacer esta clase media frustrada?

Si ama lo que no alcanza, se desquita odiando a lo que deja atrás: reniegan de la clase baja a quienes empiezan por detestar. Son todos negros, planeros, choripaneros, villeras, ordinarias, haraganes, vividoras, borrachines, drogadictos, etc. A quienes defienden los derechos de esa inmensa mayoría de la clase baja a la que las políticas y la desidia empujó a la miseria, los tratan de comunistas, peronistas, rosqueros, demagogos, gremialistas, sindicalistas. En especial se ensañan con el mundo gremial que es la defensa que la sociedad pone como barrera entre empleado y empleador para evitar los abusos por parte del más fuerte, cosa que es harto común en este sistema desalmado de negocios elevados a la categoría de religión en el siglo XXI.

Cuando alguien me viene con ese discurso de “todos los sindicatos son nidos de ladrones” yo les digo simplemente: cuando usted vaya y renuncie a las vacaciones pagas, el derecho a indemnización, el aguinaldo y las paritarias, entonces lo escucharé y seguiremos conversando.

Y no estoy diciendo que no haya mugre en el sindicalismo, y que necesita de una limpieza democrática, todo eso es real. Pero de allí a poner todo en la misma bolsa, no está bien.

Porque es muy fácil tirar piedras desde la comodidad de un sofá sin hacerse cargo del uso que está haciendo de esos derechos conseguidos tras arduas luchas, y es de un cinismo supremo recibir el beneficio y morder las manos del que lo otorgó. En esas actitudes mezquinas y miserables está retratada la clase media que es siempre quien decide en las elecciones. Recordemos que en televisión cuantas notas hacían a los transeúntes todos se quejaban de los planes sociales, de los subsidios, de mantener vagos. El Gobierno entonces puso en marcha un mecanismo de “sinceramiento” que consistía en ingresar en una página web y anular el subsidio del transporte público de pasajeros. De los 3 millones de personas que toman transporte en el AMBA se anotaron 322. Es decir, frente al micrófono somos todos solventes, pero en la soledad del bolsillo 2.999.700 siguió utilizando el descuento que aborrecía para los demás.

Esa es la clase media argentina: poco más que apariencia.

 

Alejandro Bovino Maciel

Buenos Aires, enero 2024

www.alejandrobovinomaciel.webador.es

lunes, 15 de enero de 2024

AUTOPSIA DEL EGO ASESINADO: SOBRE "YO EL SUPREMO" DE AUGUSTO ROA BASTOS.

 

AUTOPSIA DEL EGO ASESINADO

 

En busca del ego disgregado en “Yo el Supremo”, de Augusto Roa Bastos.

Pistas para una contribución.

Por: Alejandro Bovino Maciel.

 

 

 

De los “Escritos de juventud” de G.W.F. Hegel un fragmento del poema

“Eleusis”

 

“El sueño y la dulce fantasía se desvanecen.

Mis ojos se levantan hacia la eterna cúpula del cielo,

Hacia ti. Oh astro brillante y nocturno,

Y de todos los deseos, de todas las esperanzas,

El olvido, desde tu eternidad, sobre nosotros desciende.

 

Se pierde el espíritu en esta contemplación.

Lo que tenía por “mío” se desvanece.

A lo inconmensurable me abandono.

En él soy, soy todo, soy yo mismo y el mismo.

 

El pensamiento, vuelto en sí, cae en el desconcierto,

Tiembla ante el infinito, se llena de estupor.

No comprende la profundidad de esta contemplación.

 

La imaginación pone la eternidad al alcance del espíritu”

 

En la última frase, Hegel cifra la clave del enigma: sólo la imaginación comercia con la eternidad. Y el Yo de “El Supremo” de Roa está proyectado como una inmensa constelación de visiones imaginarias que abarca desde el arranque de la novela en un panfleto ajeno al personaje, pero enajenado por el autor, hasta el apetito de comerse el universo entero como repudio post-mortem: en la jaculatoria final de la novela, un tercero, anónimo, antípoda del yo-identidad, cierra el mundo imaginario con un elemento imperioso tan contundente como la realidad: el hambre. Negación del hombre. Afirmación de la animalidad anónima, puro instinto. En todo ese ciclo que va desde la apertura al cierre abierto, se pueden seguir ciertas pistas de las múltiples visiones-divisiones que establece el autor, aunque haya decidido borrarse del escenario y de la tramoya desde un ante-principio. Antes del prefacio.

 

Este complicado andamiaje tendido como un contorno alrededor del eje temático, lo aborda y al mismo tiempo es abordado por la mirada multiplicada en mil visiones de un mismo problema semántico: la relación entre el significante, el significado y el signo~palabra.

¿De qué significante hablamos? Me refiero especialmente al concepto de “Yo” tan vital en la obra que inicia hasta su título. Se puede aventurar el trayecto de la novela como un recorrido sustancial a través de la propiedad de un Yo que se proyecta en el poder por medio de la letra escrita.

No accidentalmente la búsqueda de ese Ego-identidad se inicia con la obra cuando el mismo Gaspar Francia instiga el análisis del yo desde la sospecha de su adulteración escrita[1], en el panfleto que han fijado a la puerta de la Catedral los enemigos del poder. Ese yo/escrito y cuestionado por el yo/reescrito que sospecha, ejerce una especie de imantación en el carácter de la obra. Una dualidad polarizada en los extremos de lo real y lo imaginario-ficticio como una persecución sin fin que instiga desde su inicio una desconfianza ejemplar hacia todo lo que está fijado en la “forma muerta” de una escritura, como un gran cuestionamiento meta-temático a la pobreza de recursos de toda literatura frente a la insondable realidad, idea propia de Roa y desarrollada en casi todas sus obras.

 

Dice G.W.F Hegel en su “Lógica”:

 

XX. Si tomamos al pensamiento en su representación más inmediata, le veremos aparecer primero en su significación subjetiva común, a saber: como una de las actividades o facultades al lado de otras facultades como la sensopercepción, la intuición, la imaginación, el deseo, la voluntad, etc. Su producto, la determinabilidad o forma de ese pensamiento será lo universal, lo abstracto en lo general. El pensamiento en tanto actividad es, por consiguiente, lo universal activo, y que se hace a sí mismo por su actividad, puesto que su producto es también lo universal. El pensamiento representado como sujeto, es el ser pensante y la expresión simple que designa al sujeto existente como ser pensante es “yo”.

 

‘Yo el Supremo’ nos involucra lentamente en ese proceso de construcción en el que “se hace a sí mismo” por su misma actividad gráfica, aparece gradualmente partiendo desde la particularidad de un momento histórico de quiebre y reconstrucción institucional en el Paraguay post-independiente para ampliarse gradualmente escalando nuevos niveles de significado, transformando el Ego-signo en un símbolo de nuevo nivel, cada vez más abstracto y general, cada vez —al decir de Hegel— más universal. Este proceso iniciado en la sospecha de la escritura adulterada del panfleto[2] que cuestiona el yo-real frente al yo-fraudulento manifiestamente parasitario, egodistónico[3] del panfleto, se extiende ininterrumpidamente a lo largo de la obra. Así, esta persecución del Yo-Supremo (como único símbolo absoluto del poder, como garantía del mismo) hacia el desenmascaramiento del Yo-Plagiado se vuelve un cuestionamiento al poder desde el poder mismo.

Esta cualidad de refracción es una de las bases de la originalidad de ‘Yo el Supremo’ dentro del subgénero “novelas de las dictaduras”. Los antecedentes y sucesores, desde el Carpentier del “Recurso del Método”, el Asturias del “El Señor Presidente” y recientemente el Vargas Llosas de “La fiesta del chivo” ejercen de una u otra forma la crítica desde “afuera” denunciando los actos de gobierno como actos de prepotencia, como fuerza ilegítima que se legitima por medio de la fuerza. [4]Ninguno antes ha puesto en el centro la pregunta ¿qué es el poder?, desde un personaje que, siendo el símbolo absoluto del poder, se discute a sí mismo la legitimidad. En este desdoblamiento el lector asume alternativamente la función de espectador y personaje.

 

El mismo fenómeno de desdoblamiento a través del espejo de la escritura se da cuando Gaspar Francia lee, (en realidad el lector es quien lee) un oficio[5]  en el que el comandante de Villa Franca detalla los oficios fúnebres realizados en la Villa luego de la noticia de la supuesta muerte del dictador. En el texto declamatorio (...gemidos, sollozos, lamentos desgarradores. Muchos se arrancaban los cabellos con gritos de profundo dolor. Almas paraguayas en su máxima intensidad...) el personaje central intuye la profunda hipocresía del contexto. Nuevamente el ego se desdobla en un segundo nivel de crítica que, al mismo tiempo que cuestiona su propia legitimidad, ofrece su propia visión irónica de la caricatura del duelo público: “Exprésale mi agradecimiento por las lucidas exequias. Dile que las próximas no resulten tan llovidas; que las arrancadas de pelos no sean tan copiosas. No tienes necesidad, mi estimado Escobar, de levantar “cúmulos” iluminados, pues mi edad no se mide por candelas. Tampoco revestirlo con espejos que dan una visión falsa de las cosas”. Estas inocentes recomendaciones tienen un plano de significados concretos (Diles que las próximas.... No tienes necesidad...) y que pueden reducirse a su lectura lineal; pero hay otro plano como significantes de mayor espesor, más ampliamente incluyentes que pueden ser interpretadas como una discusión de la legitimidad del personaje, reducido en el informe de Villa Franca a objeto de una sucesión ritual, de formas vacías de contenido. Combatir estas formas y relativizarlas a través de la ironía, es una constante en el diálogo entre Gaspar Francia y Policarpo Patiño:

“No uses tanto Usía, Vuecencia, Vuesa Merced, Su Excelencia y todas esas paparruchas que ya no se estilan en un Estado moderno.... Por ahora usa el Señor si necesitas vocarme a toda costa. No te acercará eso más a mí aunque revientes...”[6]  

 

El mismo autor, en otro párrafo, expone su particular visión del problema hegeliano entre la identidad, ser y mundo circundante. Dirá G.W.F Hegel en “Fragmentos de un sistema” (1800) “El concepto de individualidad implica, por tanto, una oposición a la diversidad infinita y, a la vez, una vinculación con ella. ¿Cómo es posible esta aparente contradicción? Un hombre es una vida individual en la medida en que conserva su alteridad en relación a todos los elementos y a toda la infinidad de las vidas individuales que se dan fuera de él. Pero al mismo tiempo el hombre es una vida individual sólo cuando constituye una cosa con todos los elementos y con toda la infinidad de la vida exterior a él. Existe en la medida en que el todo de la vida se divide en partes, siendo él mismo una parte, y el resto de la totalidad, otra parte; pero al mismo tiempo sólo existe en la medida en que no es únicamente una parte y en cuanto que nada se da separado de él.”

 

Para el Supremo, esta fórmula de juego entre el yo y no-yo, entre la unicidad individual y la pluralidad subjetiva se reformula en el diálogo/explicación a Policarpo Patiño.

 

“Si el hombre común nunca habla consigo mismo, el Supremo Dictador habla siempre a los demás. Dirige su voz delante de sí para ser oído, escuchado, obedecido. Aunque parezca callado, silencioso, mudo, su silencio es de mando. Lo que significa que en El Supremo por lo menos hay dos. El Yo puede desdoblarse en un tercero activo que juzgue adecuadamente nuestra responsabilidad en relación al acto sobre el cual debemos decidir”.

 

El acto de objetivación se fragmenta como en los miles de cristales de un espejo roto en el que la realidad (la pluralidad subjetiva) se refleja según la especial situación de cada esquirla-reflejante: un tercero activo que juzgue adecuadamente.... que invierten el orden aparente de las cosas: su silencio es de mando...; los ejemplos podrían multiplicarse tanto en el texto como en el contexto de la novela, pero como decía el finado monje franciscano Guillermo de Ockam: “no conviene multiplicar innecesariamente los entes”, siendo los ejemplos, entes ausentes, basten los referidos anteriormente.

Como decía al principio G.W.F. Hegel al principio, en su “Eleusis”:

“Se pierde el espíritu en esta contemplación.

Lo que tenía por “mío” se desvanece.

A lo inconmensurable me abandono.

En él soy, soy todo, soy yo mismo y el mismo”.

 

Avanzando en la línea de la trama de Yo el Supremo, cada vez se hace más intrincado separar ese Yo casi omnisciente en el sentido teológico (no literario), de las miradas que se cruzan desde la exterioridad que está enajenada, confiscada por la fuerza de ese pequeño universo centrípeto que todo lo subsume en sí mismo, como si “En él soy yo, soy todo, soy yo mismo y el mismo”. Todo Paraguay queda reducido a la visión fantasmagórica del personaje convertido en eje y cimiento del Estado, primer motor inmóvil de esta historia detenida en el tiempo, lo que da un nuevo significado al conjunto social, el de la plenitud del poder sin representatividad: el poder de todos que es de nadie. Hay dos salidas de la trampa solipsista en la que, inevitablemente se encierra. Una: la recuperación de la individualidad a través de la memoria; de la individualidad colectiva (valga la aparente contradicción) por medio de la memoria social. Decir memoria es decir historia. Pero aquí nuevamente el Yo omnisciente nos cierra el paso: “Del Poder Absoluto no pueden hacerse historias. Si se pudiera, El Supremo estaría demás, en la literatura o en la realidad” Y vuelve a desmentirlo un párrafo más adelante, esta vez con un argumento casi ontológico: “Si a toda costa se quiere hablar de alguien, no sólo tiene uno que ponerse en su lugar: Tiene que ser ese alguien”.

El otro camino, el de la individuación absoluta también está cerrado: “Difícil ser constantemente el mismo hombre. Lo mismo no es siempre lo mismo. YO no soy siempre YO. El único que no cambia es ÉL. Se sostiene en lo invariable.” Ecos del pensamiento de Hume resuenan en esta negación. El Yo omnisciente, y el autor, en complicidad, desmienten la armonía y el crédito de un yo continuo[7], siendo auténticamente él mismo a lo largo del tiempo, reconociéndose en sus hechos y en sus escritos;[8] tal vez como reflejo íntimo de la tarea literaria que inexorablemente cumple pasos y etapas que nos mienten y desmienten en una cadena de escrituras cuyo reconocimiento filial únicamente se podría operar a través de la autopsia. Pero ningún ser vivo puede someterse a una necropsia. Antes, es necesario morir. Otros, nunca el mismo yo, harán el análisis. Esta analogía forense puede explicar (y lo hablamos con Roa en alguna oportunidad) la tarea de una crítica responsable en el campo compartido del texto, intertexto y pretextos.

Como no hay escapatoria posible y la historia está esperando ser escrita, leída e interpretada, se vuelve a la escritura. El mismo autor-personaje que reniega de la escritura, sin embargo, escribe.

“Al principio no escribía; únicamente dictaba. Después olvidaba lo que había dictado. Ahora debo dictar/escribir; anotarlo en alguna parte. Es el único modo que tengo de comprobar que existo aún. Aunque estar encerrado en las letras ¿no es acaso la más completa manera de morir? ¿No? ¿Sí? Se escribe cuando ya no se puede obrar. Escribir es renunciar al beneficio del olvido. Cavar el pozo que uno mismo es. Arrancar del fondo lo que a fuerza de tiempo allí está sepultado”[9]

De este modo la escritura, volcada desde el turbulento interior hacia el fumoso exterior, objetivada en un sistema de símbolos, oficia como puente entre la realidad y el Yo. Puente y espejo. Uno se mira en la otra. La otra se desconoce en el uno. Se discuten. Se analizan. Se derrumban y vuelven a reconstruir como los muros del Templo de Salomón.

Volvemos a G.W.F Hegel: “El yo es el ser para sí puro, en que toda particularidad es negada o suprimida, es el punto culminante de la conciencia, ese punto en que la conciencia existe en toda su pureza. Se puede decir que el yo y el pensamiento son una sola y misma cosa, o de un modo más determinado, que el yo es el pensamiento en tanto que piensa”[10].

Esa conciencia-yo o yo-puro-conciencia es la fuente de las indagaciones del solitario Francia ejerciendo un poder que requiere justificativos ante sí mismo. Ante la supremacía del yo. ¿Qué yo? Para Freud el yo es el vínculo entre la voluntad que decide y los sentidos que perciben; una especie de poder ejecutivo de la personalidad con un claro registro conciente de la realidad del mundo en el que vive y turbios presentimientos de sus propios deseos. Este yo freudiano en permanente batalla entre tres fuerzas antagónicas: el oscuro infierno de los instintos por un lado, las exigencias celestiales de la conciencia moral por el otro, y la solidez del mundo real con sus reglas y posibilidades complica más la identidad entre yo y pensamiento que había diseñado Hegel. ¿Qué pensamientos? ¿Los derivados de los deseos y emociones, que desconocemos en nosotros mismos?, ¿las construcciones racionales, bastardas de toda forma de sensibilidad cuando más elevadas?, ¿los fundamentos axiológicos de cada cual, fundados en la ética o la religión? En la novela de Roa Bastos esta multiplicación de fuentes que confluyen en el yo inmediatamente se refractan en el acto de la escritura. El autor duda, y deja constancia escrita. El personaje sigue una cadena de razonamientos e instintivamente los empapa en tinta, llega a rasgar el papel para tener más intimidad con su escritura. Todo cuanto sucede a su alrededor va transformándose en registro escrito. Hasta los escritos, como las providencias y órdenes[11] son copiados en forma constante por un amanuense que sigue escrupulosamente las palabras del amo ‘para no dejar nada entre líneas’.

 

‘Yo el Supremo’ es un mundo de escrituras dentro de un universo alítero. Las únicas confesiones que se permite son de índole política: en la trama de la historia sudamericana únicamente cabría escuchar las confesiones del poder. El Paraguay también se encuentra en la triple encrucijada de tensiones. Por un lado, las potencias europeas que se disputan su mercado, por otro, Buenos Aires que la reclama como provincia, y por último, el Imperio expansionista del Brasil. En este difícil encuadre el Supremo Dictador mantiene un poder que no se permite la mínima duda, férreo, absoluto, omnipotente como representación cabal del Dios Padre tribal. Las únicas dudas están en la escritura. ¿Es suficiente acto de fe la palabra impresa, destinada a la irreversibilidad, como la sentencia de Pilatos?.[12]

La escritura funciona como cadena para re-hilvanar y zurcir las múltiples fracciones de un Yo que por omnipotente, ha tenido que transformarse en todo lo que lo circunda, ha tenido que ser por momentos Correia Da Cámara, Manuel Belgrano, la Deyanira-Andaluza, José Gervasio Artigas (con trato exclusivamente epistolar entre ambos), el protomédico Estigarribia a quien confiesa “Ya ve, Estigarribia, cuando nada se puede hacer, se escribe”, los naturalistas Juan Rengger y Marcelino Lonchamp, los hermanos Robertson, Pedro Juan Caballero, el tamborero Efigenio Cristaldo: múltiples difracciones de un sujeto que se objetiva en tanto es instantáneamente la otredad que intenta analizar. El abordaje por identificaciones sucesivas va creando esa multiplicación de voces casi coral que hacen a los ‘climas’ de cada parte de la novela un ámbito único, privado, como un pequeño universo cerrado en sí mismo que se va cargando de tensiones y que al estallar, se abre a nuevos tramos para la indagatoria del yo que, en el tránsito, se metamorfosea, cambia, necesita la transmutación alquímica para convertirse en la próxima escritura. El Yo de ‘El Supremo’ es, simultáneamente la suma de las tensiones que sugirió Freud. Es el deseo colectivo de mantener la unidad en la dispersión histórica, es la realidad del momento crítico con todas las acechanzas y las decisiones que asumirá en cada circunstancia, es el dolor moral de saber que el poder está destinado al autismo, a la ignominia de un destino cuyo precio será el repudio, un destino en el que la muerte misma estará sometida a venganza como si la persiguieran las Erinnias de la antigüedad.

Es al mismo tiempo el Yo-pensamiento que quería Hegel.

La alternancia sutil y constante entre estas dos posiciones juega un movimiento fascinante que obliga al lector a recuperar su propia dosis de imaginación creativa. “Yo el Supremo” no tiene ni tendrá jamás la lectura lineal de una obra naturalista. Porque el Yo no es enteramente el yo, y el supremo no es más que la desnudez de un poder miserable que no se apiada de auto-confesarse la profecía de su destino infausto en medio del solipsismo en el que está entrampado para siempre.

 

Ya adelanté que este pequeño trabajo no pretende más que ser una contribución abierta a futuras indagaciones de este maravilloso texto. Sé que han quedado más puertas abiertas que direcciones trazadas. Prometo continuar en otro trabajo, en tono más coloquial, la visión de la Historia en esta novela, visión necesariamente más ligada a la imaginación que a los documentos firmados de los archivos y museos.

 

Alejandro Bovino Maciel.

Asunción, 9 diciembre 2002.       

 

 

 



[1] “Remedan mi lenguaje, mi letra, buscando infiltrarse a través de él; llegar a mí desde sus madrigueras. Recubrirme en palabras, en figura.” Yo el Supremo, edición de Alfaguara, página 14.

[2] Lo llama sucesivamente: panfleto, pasquín, libelo, caricatura, anónimo, mofa, burla.

[3] Perdón por introducir la jerga psiquiátrica en un escrito de carácter literario: yo mismo no puedo huir indemne de la egofragmentación. En semiología psiquiátrica llamamos “egodistónico” a un pensamiento (como el de los obsesivos) que el yo no reconoce como propio, sino como idea parásita, externa, que acosa a la conciencia sin que el individuo sepa por qué, cómo, ni de dónde viene.

[4] Aunque el personaje de Carpentier se exprese en primera persona, no deja de ser una descripción de actos, de justificaciones de la represión y visiones violentas de camarógrafo tomando las tramas de un documental.

[5] páginas 24-25 de la edición de Alfaguara

[6] Edición de Alfaguara, página 26.

[7] Inútil hacer la referencia a Heráclito y su río: ya caeríamos en el puro truísmo o, lo que es peor, en la tautología.

[8] Necesita secundarse y escudarse en una proyección de sí mismo, un extra-yo vertido hacia el mundo inmóvil, observado desde lejos como un intruso o como un dios, ajeno a los cambios mundanos.

[9] Yo el Supremo, edición Alfaguara, página 63

[10] Hegel, “Lógica” XXIV, Zusatz 1.

[11] Oficio al delegado de Itapúa, pág. 218.

Lista de pedido de juguetes, pag. 222 ‘Yo el Supremo’ en la edición de Alfaguara, 1990.

[12] “Lo que está escrito, está escrito” (cuando quisieron corregir el I.N.R.I. inscripto en el cabezal de la cruz)

 

CORAZÓN



Tres veces se detuvo,

dos veces se ausentó.

Una vez murió.



ABM, 2023

viernes, 12 de enero de 2024

 

GAUCHOS IMPOSTORES

 

El arquetipo o modelo del gaucho es una impostura desde el comienzo. No estoy difamando para decir que el gaucho sea un impostor, estoy diciendo que esa imagen del hombre rural que ejercía el pastoreo y ha sido replicada hasta el infinito no es más que un fantasma en el presente, un reflejo que no tiene correlación material en el cielo platónico.

El tipo social del “gaucho” pudo haberse desarrollado a partir de criollos en tiempos de la colonia, cuando abundaban las tareas pecuarias para el hombre rural que era casi la mayoría de la población, cuando había pocas ciudades, y las que teníamos estaban escasamente pobladas. Después de la Revolución de Mayo muchos de ellos, absolutamente díscolos con la disciplina castrense, desertaron de las milicias y se hicieron nómades de las pampas. Gente iletrada y marginal que solo conocía el trabajo del pastoreo de vacas.

Poco sabemos objetivamente del guacho real, aquellos registros que los censaron en forma oblicua y retaceada no dicen mucho más que números y categorías sociales. La imagen más nítida que nos legó la literatura es visiblemente impostada, porque los verdaderos protagonistas, los gauchos de profesión, fueron alíteros y analfabetos; nada fiable dejaron a la posteridad. Los autores y poetas que escribieron sobre el gaucho —todos hombres, por lo que sé— no eran gauchos sino caballeros de levita y hasta socios del Jockey Club que, en sus momentos de ocio, que no eran pocos, fueron configurando el prototipo y el sociolecto del gaucho alzado contra la autoridad, libre como el viento pampero, idea que el romanticismo que impregnaba esa época imponía como necesidad.

Es sabido que las premisas de la sociología y las de la literatura no corren por el mismo camino. El sociólogo requiere datos, estadísticas, características generales. El escritor, en cambio, necesita del aura fantástica de la imaginación para poner a vivir a su personaje en situaciones críticas donde se revele su interior. El gaucho alzado contra la autoridad arbitraria resulta ornamentado con rasgos que se traen de aquí y de allá, de las novelas de caballería, del ideario estancado del tradicionalismo local o las efusiones policromadas del costumbrismo que reduce la nobleza espiritual a una ronda de mates con chismes del más allá. Los señoritos de bufetes del siglo XIX, estancieros muchos de ellos, forjaron un tipo social postizo con el valor de un cruzado, la nobleza de un apóstol, la irresponsabilidad de una napolitano y el atuendo de un magiar. De esa proyección infausta, alojada entre papel y tintas, nació el gaucho payador y matrero que en vano buscan los porteños (nacidos y criados en departamentos céntricos de 60 metros cuadrados) en los pagos de San Antonio de Areco.

He discutido estas cuestiones con una escritora adicta al gauchaje. Me consta que adora la literatura, pero su amor no es correspondido. Otro amigo en común le ha llegado a recomendar que, de cada cuento, escribiera solo el título y dejara al lector o lectora imaginar el resto. Mi maldad no alcanza esas cotas. Sigo pensando que, de viajar al Iberá, se vería francamente decepcionada de esa pasión por los gauchos que allanan su corazón sin que ella misma pudiera explicarse la causa. Mi sobrina Camila viajó hace un año al Iberá, y se embarcó en una excursión lacustre no exenta de saurios y carpinchos, pero su desilusión estalló ante una realidad contundente. El capitán de la canoa, guía y supuesto gaucho correntino repentinamente, interrumpió el discurso sobre las aguadas ante una llamada. Detuvo la marcha para responder en su iPhone.

Gauchos eran los de antes. Internet nos dejó sin gauchos. Los de ahora ya son gauchos.com y Dios nos libre de esos algorritmos.



ALEJANDRO BOVINO MACIEL

BUENOS AIRES, ENERO 2024

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lunes, 18 de diciembre de 2023

LA ENSEÑANZA ESQUIZOIDE ARGENTINA

 

LA ENSEÑANZA ESQUIZOIDE

 

Insistir sobre el sistema de enseñanza fracasado en Latinoamérica ya es parte de un repertorio. Las competencias mínimas que se requieren para egresar decentemente de los ciclos primarios y secundarios están a la vista de todos y todas. Gente que ha egresado de una carrera universitaria escribe mensajes llenos de errores que hasta inducen a equívocos por parte de quienes los leen. Pedirle a ese egresado que redacte un simple informe se convierte para él en un camino al calvario lingüístico. No sabe ortografía, no sabe sintaxis, no sabe muy bien el significado de términos y frases. Si se le presenta una simple fórmula algebraica ya es un tropezón que le impide conocer la física más elemental.

Ignoro por qué razón en la Argentina divorciamos constantemente los ámbitos. Hice los últimos años de la primaria en la Escuela Nº 2 Domingo F. Sarmiento de Corrientes: pleno centro, frente a la Plaza 25 de Mayo. Frente a Casa de Gobierno, Jefatura de Policía y Rectorado de la UNNE. Todo el ciclo secundario lo cursé en el Colegio Nacional, el único que tenía examen de ingreso por entonces y considerado el mejor de la ciudad.

En ambos ámbitos, tanto la escuela Sarmiento como el colegio Nacional nos propusieron (implícitamente) el aislamiento. Una cosa era el colegio y otra cosa era la vida fuera del colegio. Nada de cuanto sucedía afuera entraba en el colegio: ni las informaciones políticas, ni sociales, ni económicas, ni siquiera nadie jamás nos habló de la alimentación. El colegio secundario funcionaba como una prisión domiciliaria sin posibilidades de comunicación con el resto de la vida correntina. Jamás se nos llevó a ver una película, una obra de teatro, una exposición, una visita a presenciar una sesión legislativa. Jamás se invitó a escritores/as de Corrientes a visitar el colegio para exponer sus escritos, proponer interpretaciones, comentar cómo era la vida de un escritor/a, ni una muestra plástica, ni las organizaciones sociales para mantener un diálogo fluido y vivo acerca de temas como discriminación, justicia, sociedad, clases sociales, ni siquiera un economista o un sociólogo que nos explicara el esquema de funcionamiento económico de la Provincia. Nada de nada. 

Esta verdadera deconstrucción social que opera separando ámbitos jamás promoverá la inteligencia y el pensamiento crítico. En las aulas todo era dogma “es así y no se discute” y como tampoco se posibilitaba la alteridad, eran solamente los docentes dictando clases de tipo magistrales conductistas como en la escolástica medieval, cuando ya por entonces, las tendencias constructivistas dominaban el panorama educativo.

Pero en Corrientes todo llega tarde, cuando llega.

Viví diez años en Paraguay y mi editora, Vidalia Sánchez de Servilibro, que no me permitirá mentir, bien puede atestiguar que al menos 4 o 5 veces al mes me arrastraba a escuelas y colegios donde estaban leyendo algún libro mío (pobres dicentes, obligados a leerme y entenderme, cuando ni yo mismo me entiendo) para mantener encuentros con cursos enteros y muchas veces, con todo el alumnado haciéndome preguntas y discutiendo; sí señores y señoras, discutiendo algunos párrafos de las obras. Estos encuentros, debo reconocer, me enriquecían enormemente como autor. Supongo que estas chicas y chicos también salían beneficiados tal vez pensando “si éste tipo pudo escribir libros, ¿por qué yo no podría hacerlo”?

Además, siempre aprovechaba la ocasión para sacar al psiquiatra del bolsillo y hacer algunas advertencias acerca de las adicciones.

Y después decimos que los paraguayos están atrasados.

 

ALEJANDRO BOVINO MACIEL

BUENOS AIRES, NOVIEMBRE 2023

miércoles, 8 de noviembre de 2023

FILOSOFÍA DE LA SIESTA CORRENTINA *ESCRITOS EN PLENA SIESTA*

 SIESTA

Es la hora de las víboras. Este sol trae cáncer. Dormí, carajo.

Va chancletazo si haces ruido.

Los gitanos secuestran niños. Anda suelto el viejo de la bolsa.

Mi madre tiraba estas frases como cintarazos.

Su humor era inversamente proporcional al calor. Cada vez que el verano hacía crecer el sol afuera, adentro aumentaba su malhumor.
Cualquier desafío era como firmar una sentencia.
Sin embargo, cada afirmación clavaba una intriga y cada prohibición encendía una quimera.
Un día llegó Choquito, mi primo.

Él tenía todos los permisos.

Era libre.

Era varón.
Ese sábado, después de comer, apenas sentimos el primer ronquido, nos arrastramos por el piso como lagartos, orientados por la luz que pasaba por la hendija de la puerta y escapamos.
Teníamos una meta: corroborar si existían o no los monstruos de la siesta.
Así que caminamos por el pastizal, con un palo, por si aparecía alguna víbora.

Ambos aseguramos escuchar el siseo de una y el cascabel de otra que afirmamos ver.
Espiamos, trepados al guayabo, el campamento de los gitanos.

Vimos a las gitanas levantando sus polleras hasta arriba y descubrimos sus negros vellos púbicos ventilándose
frente a un ventilador. También había niños dormidos. Serían los robados? La pregunta era irrelevante frente al descubrimiento de que no usaban bombacha.
Afuera de la carpa, un viejo dormía dentro de la cabina de un camión. Su cabeza colgaba hacia afuera y cada tanto se espantaba una mosca que se le posaba en su boca. Con certeza decidimos que ése era el viejo de la bolsa y estaba borracho.
Después nos subimos al techo de garaje, éste cedió y caímos dentro de la caja de la camioneta.

Habrá sido el estruendo lo que despertó a mamá.

De pronto la vi de frente.

De su mano colgaba un cinto como los tentáculos de un pulpo. Las correas de cuero me habían marcado las piernas de rojo más de una vez.

Corrí tan rápido que nunca pudo alcanzarme.
Fue la primera vez que desafié a mi madre. Fue la primera vez que fui consciente de mi coraje.

Era mujer y supe que también era libre.





YA NO MÁS LOS CUERVOS


(Fragmento)


Cuando el jefe del Correo, un viejo alto y pálido de pequeños ojos secos, le preguntó por qué había elegido justamente ese pueblo olvidado de la mano de Dios, triste y
perdido, ella le contestó: Monte del Espino tiene olor a desolación.
Y el hombre sintió en su corazón adormecido por los días y por el tedio que era una
mujer extraña. Como si no fuera de este mundo, pensó. Parece loca, se dijo después
por lo bajo, cuando ella traspuso la puerta y desapareció bajo el sol ardiente del mediodía.
¡Corazón de arroz, el año que viene me caso con vos…!, le gritó el muchacho desde una
enorme bicicleta roja, cuando fue a cruzar la calle.
Ella alcanzó a ver enfrente el cartel y las letras negras que anunciaban: PANIFICASIÓN
“LA ESTRELLA”. Haciendo un gesto de desagrado, subió al veredón, cubierto de pasto
seco. Empezó a caminar.
Ardía el sol allá arriba, implacable sobre el pueblo casi vacío a esa hora. Buscando la sombra, caminaba como pegada a la pared, sobre su angosta franja proyectada en la vereda, aquella vereda anchísima y caliente, de baldosas rotas, invadida por los yuyos,
sucia, sin un solo árbol hasta la próxima calle, esa calle de tierra, llena de piedras, que
le escocía bajo los pies con un sopor infinito.
El viento enardecido golpeaba una puerta de chapa en alguna parte.
Siguió caminando, cada vez más rápido. Las casas eran bajas, bajísimas. El sol ardía.
El viento quemante, del norte, azotaba unas ventanas rotas.


MARÍA DEL CARMEN VIANNA


(Este fragmento pertenece a su novela inédita LOS PRISIONEROS)










LA   SIESTA   GUARANI

 

Alejandro Bovino Maciel 

 

 

 

 

 

1

 

 

 

 

¿Quiere conocer un anticipo de su defunción ?

Basta con abrir una ventana que de a una siesta de enero en Corrientes o Asunción, da igual la madre que la hija. Porque esta es una historia de madres y de hijas, ya lo verá.

Asoladas.

Humeantes.

Polvorientas.

Áridas en la llanura húmeda, las calles se agitan en la quietud. Reverberan fulgores ondulados. Jadean como tísicas el demonio de la siesta.

Después está la gente.

Cuerpos humanos sin sombras cruzan callados por las calles. Abrasados por las calderas canallas. Las Diablas (obesas, aceitosas) y sus hieródulos con espadas flamígeras están expulsando pecadores del Paraíso que está negado a los renegados.

¿Adónde los conducen?

A la siesta correntina.

El cielo se sancocha. El tibio celeste está celado. Ya no llegan hasta él las jaculatorias que los fieles, al santiguarse, imprecan. Los penitentes que apenan las calles brillan del barniz del sudor. Mujeres afantasmadas atraviesan el resplandor sin decir una palabra.

Sin decir una palabra. ¿Adónde, hombres y mujeres cargados de ardores caminan los calores?

¿Adónde van?

A la siesta.

A los recovecos tramposos del asentamiento de la Villa de San Juan de Vera de las Siete Corrientes: sus ejidos fueron catastrados (amparados y rubricados por sus Católicas Majestades) con los teodolitos del Adelantado Don Juan Torres de Vera y Aragón. Titulado. Encomendado. No cenado como su colega Juan Solís, éste otro Don Juan bebió y fornicó hasta que su árbol genealógico se cansó de frondar y florar y frutar la parentela mestiza que hoy funda feudos ensoñados en nombre de la corona sajona.

Pero el misterio (flota de grumetes y doñas que parte desde Asunción para españolizar las siete guaraníticas puntas) sigue su liturgia en la catedral del aire escaldado de enero.

Hay palmeras y chivatos que florean el altar de la siesta con sus verdes ondulantes.  Cuando el aire se entibia, los lapachares bajan del cielo y las jacaranderías con luto eclesiástico gotean las veredas de la Costanera. Fieles pero infieles, los caminantes hacen profesión de procesiones tal como está indicado en el culto de la siesta, con sus maitines, sus horas tertias y nonas para responsos y festines.

Desinteresados.

Remotos.

Austeros.

Insensatos: los peregrinos que caminan por las calles no saben que son el séquito de la celebrante, que es la Muerte.

Santa la Muerte. Huesuda. Blanca. Osamenta pulida con santa paciencia por el Tiempo, su hermano inhumano, inhumado y después resucitado como el Cristo. Y no conforme, el Mal lo descuartizó y arrojó parte por parte (vicio de anatomista como el del finado Dr. Nicolaes Tulp) al agua sagrada de un río, diciéndose “éste para mí, éste para vos”.

 No hay que decir todo lo que anduvo después su hermana para rearmar las piezas del puzzle que sólo encastraban con agua de lágrimas.

Todo lo que lloró la Muerte....

Los dos, ambos, la pareja baila presidiendo el culto de la siesta. Que está hecha de muerte y de tiempo. O de tiempo muerto, da igual.

Danza macabra cuyas traviesas travesías atraviesan vereditas tropicales  (pongamos las de San Luis, entre San Martín y Belgrano) planas por bajo, neogóticas por arriba donde los árboles se abrazan en ojivas, aunque el tránsito haga barullos y ronquidos que perturban la paz que necesita toda muerte que se precie.

Ellos siguen su bacanal pisando aceras de vainillas ocres, o losetas de terracota herrumbrada, aladrillada para fingirse colonial.  Danzan por el perímetro fundacional urbano original: Tres de Abril, Pedro Ferré, Juan Pujol, Poncho Verde y la Costanera San Martín que está abrazando y encerrando un río nunca frío y siempre inquieto para recibir a los descuartizados.

Pero no es la muerte vulgar por todos conocida de mentas. Ésa negocia cheques al portador en los cateretes vejestorios de las funebrerías, que tienen paredes acolchadas, forradas de cuerina, prestigio con vestigios de formol al 20 % y ataúdes colgados de las paredes esperando los fetos rígidos.

No es la muerte común y corriente la de Corrientes. Ésta es menos comercial; y dicen que vendría a ser una hija putativa de la famosa Muerte-Madre  popular. Ésta (a la que llamaremos entre nos “Muerte hija”) no necesita dejar un tendal de cadáveres como hacen las pestes para saber que está presente. Ésta retoña de otoño de su Madre siempre procuró disimular que tiene el hábito del crimen, y como es vegetariana no le interesa la carne humana.

Ella se dedica a matar el Tiempo. Lo trucida, lo mutila, lo troza, lo desmembra para creerse piadosa cuando reanuda el trabajo de ensamblar pieza por pieza para la resurrección.

amiga, su escolta

 

Ella se dedica a matar el Tiempo porque lo sabe inmortal, invulnerable a toda forma de tósigo, inmune a gérmenes y virus, indolente a los agujereamientos de balas o cuchillos. Inmatable. Inmorible, inmorible.

 

2

En el principio estaba sola con su sombra que era su amiga, su escolta y ambas las dos se pusieron a conspirar la fórmula ideal para acabar con el Tiempo del modo más pacífico. De mañana ella iba adelante y la sombra la seguía. De tarde, ella seguía a su sombra como un perro cansado. Un día nublado se encontró sola.

Se acordó de unas viejas amigas de su madre, oficiosas para las tareas macabras. Decidió hacerles una visita, en una de esas les podían servir de reclutas para la nueva fechoría criminal que pensaba tenderle al Tiempo, su hermano inhumano. ¿Cómo andarán las Parcas? —se dijo— y entibió la idea de un escuadrón secundante onda ‘damas de compañía’ detrás de sus felonías. Tuvo que acudir a las recetas de un mapa para dar con las tres Parcas. De puro paranoica primero las observó escondida entre unas matas de enebro. Las tres Damas del Duelo son mujeres laboriosas. Rústicas. Hilanderas, honradas, drásticas, disolutas en las artes homicidas, eternas, suspicaces, cautivantes, temibles y diligentes. Son el modelo de la famosa división del trabajo que el finado Adam Smith aprendió para una fábrica de alfileres en Kirkaldy. Ellas leyeron las “Investigaciones sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones” y ni qué decir de los textos de David Ricardo y Carlos Marx.

Versadas, visten como vesánicas: pilchas de arpillera.

Letradas, la indumentaria es adusta. Su industria consiste en gastar pocos insumos y cosechar mucha riqueza aprovechándose del trabajo ajeno, tal como les enseñó el maestro Smith.

Rentable, el trío desgraciador hila los destinos humanos con la indiferencia pasmosa y malsana de un asesino a sueldo.

Nuestra vida es su tejido.

Nuestro cuerpo, su telar.

La mayor es la Cloto. Labura mareando la rueca del pasado con pesada paciencia. Inmensa, flacuda, ruidosa de coyunturas artrósicas, tiene la piel curtida de una perra vejada por la edad. ¿Y cómo se toma venganza?

Apura el pasado y la gente se va llenando de años, lustros, bodas de oros hasta que las deja tan lejos de la adolescencia (“Juventud, divino tesoro/ a veces lloro sin querer”) que los ojos se les entierran en la cara como las momias de la IV dinastía; mientras rodea la rueda-rueca-rodela y se ensueña pensando que festeja sus 15 años bailando el vals (“Eres novia de la flor/ eres alma del amor”) con muchachones —tipo chongos— picados de acné.

Pero un caérsele de carnes la desmiente. Se hace la loca y meta rodar la rueda porque sus labores no tienen principio ni fin. No sabe odiar sino a los espejos como el finado Plotino. Hay que convencerse: casi nadie mata para dañar.

La mediana se llama Láquesis, que vendría a ser la Segunda Persona de la Trinidad parcal. Viste una sábana sobre la pilcha de sarga. Ella vive del presente. Blanca su túnica de monja estival, rebrilla entre las sombras midiendo el hilo de la duración de las vidas.

La estafa consiste en haber convertido en longitud lineal (manía cartesiana, si las hay) lo que es inconmensurable: los días de nuestras vidas. La totalidad de cada destino.

Por último está Átropos, gobernanta del futuro (ella, candorosamente lo llama “Porvenir” aunque se esté por ir) que nos espera y que desovilla desde un lanar casi invisible que abastece la Esperanza. De algo tan sutil como la fe, ella exprime las jornadas por las que transcurren nuestras historias personales.

Entre los pliegues de su túnica parda guarda unas tijeras siniestras; porque esta modista inmodesta espía constantemente el almanaque y el reloj, como un baquiano que olfatea huellas en la pampa húmeda del infinito. Cuando su instinto le avisa que llega el final de la hebra esperanzal, de un golpe crudo ¡chás! corta el hilo sagrado y en la tierra alguien fallece.

Como son adictas al Drama (se sabe que subieron al carro de Tespis como quien es raptado violentamente por romanos cachondos en tierras sabinas) montaron un auto sacramental impío, sacrílego por donde se lo mire y nos obligan (fascistas facinerosas) a presenciarlo so pena de usar las tijeras ominosas....

¡Dios nos libre y guarde!

 

           

 

“LA MUERTE HIJA Y LAS TRES  PARCAS”

 

(MELODRAMA  NEOREALISTA  EN UN ACTO,  EN FORMA DE ENTREMÉS SIN ENSEÑANZA)

 

          P E R S O N A J E S   ( en orden  de  aparición)

 

1.  LA MUERTE HIJA ( hija de la famosa que nos espera a todos : no se olvide de ir, por favor)

2.  LA CLOTO   (Parca  1).

3.  LA  LÁQUESIS   (Parca  2)

4. LA  ÁTROPOS  (Parca  3)

 

(Al  abrir el telón suenan gongs graves. Un pálido haz de luz se posa sobre un árbol reseco que surge entre un prado de hierba húmeda, como la paloma de Noé el día que trajo el gajo de laurel. La Muerte hija entra por el lateral derecho. Pálida, elegantísima, está en la edad en que los hombres empiezan a llamar “señora” a cualquier mujer.  Tiene los cabellos lacios en corte parejo hasta el hombro y de un tono rubio tostado. Viste ropa de punto muy fina en color marfil con detalles ocres. Se la nota algo distraída, displicente, como abandonada al azar de sus pensamientos, cuando llega ante las Parcas que telan mecánicamente bajo el escuálido espinillo con sus ramajes retorcidos y negruzcos).

 

MUERTE HIJA:  ¡Hola! ¿Cómo andan? ¿Qué están haciendo?

CLOTO:  Trabajamos querida. No andamos por ahí paseando, haciéndonos las románticas y engordando las gambas de tanto rascarnos (la voz sonará extraña, como la de un ángel que habla bajo la bóveda de un mausoleo).

MUERTE HIJA:  Ah, ¿sí? ¿Y en qué trabajan?

CLOTO:  Industria textil-manufacturera. Ojalá que el sindicato nos mantenga la obra social, porque ando con unos dolores de espalda que me torturan; también, con esto de tener que ovillar todo el tiempo que necesitan todos los hombres para vivir, no descanso nunca. Esta bobina, por caso, es de un correntino (la expone como quien eleva una hostia durante el memento de la consagración) por eso es un desastre. Ya se sabe que son desordenados y embrollados.

MUERTE HIJA:  ¿Y para qué sirve ? (haciéndose la ingenua, naïf como ella sola).

CLOTO:  Es la memoria del prójimo ése. En este ovillo voy juntando todos los recuerdos, desde que era chico....acá por ejemplo está el asunto de su bautismo, medio borroso pero más allá (recorre la hebra con sus dedos largos apasionándose en la travesía memorial) está la cara de la maestra de cuarto grado que le retó porque no sabía la tabla del siete, éste es el partido que ganó en la liguilla, ¡jaque!, ahí están las chanchadas que hizo en el quilombo cuando debutó con una gorda con el pelo color escoba... mirá,  ¡la primera novia con el vestidito estampado!, acá el casamiento y los nervios porque la novia no llegaba y el cura puteaba a diestra y siniestra, ¿has visto?¿Qué quedaría si yo me distrajera por ahí pensando en la luna?

LÁQUESIS:  ¡Todos los recuerdos se desparramarían! Sería como una demencia.

CLOTO:  Porque ya sabemos que sin memoria no hay pasado.

LÁQUESIS: El Tiempo nos iniciaría una demanda penal.

CLOTO:  Él también depende del pasado.

LÁQUESIS: ¡Es su forma de riqueza!

CLOTO:  ¡Su capital!

LÁQUESIS: Por eso tenemos que ser cuidadosas con nuestro trabajo. ¿Ves esta varillita?  (Muestra un vulgar metro milimetrado de color amarillo, de esos que usan los carpinteros y albañiles). Ni un centímetro de más ni uno de menos. Tiene que ser la medida exacta.

MUERTE HIJA: ¿La medida? ¿De quién?

LÁQUESIS:  Más bien de qué, mi querida. Sólo los cuerpos tienen extensión según lo que enseñó el finado Descartes. El Alma no tiene peso, precio ni medida (Risita un poco sardónica, cambio de mirada cómplice entre las dos). No es mensurable.

CLOTO:  Ella (casi hinca con su filoso dedo índice a Láquesis) mide la duración de la vida. Tantos metros y ¡ñácate! se termina todo en un pozo que  llamamos  ‘Siempre’, cariñosamente....

MUERTE HIJA: ¡Que nombre más curioso!

LÁQUESIS:  ¡Justamente! Allí nunca son las 8 P.M., ni Navidad ni el día del cumpleaños.

CLOTO:  Allí siempre es Siempre.

LÁQUESIS: Es el único sitio donde el Tiempo está prohibido.

CLOTO: ¡Lo expulsó un ángel armado con una espada de fuego! ¡Flamígera, ella!

LÁQUESIS: Quiso ser como Dios, ¡vaya pretensión!, ¡vaya con la modestia!

CLOTO: Todo lo gobernaba él y sólo él. Estaba en todo lugar.

LÁQUESIS:  No había sitio del Espacio libre de Tiempo.

CLOTO: ¡Hasta Dios tenía que consultar su reloj antes de hacer nada!

LÁQUESIS:  Ni los finados podían disfrutar de su paz. Los despertaba a las 6 A.M.

CLOTO: ¡A tomar mate, ndayé! ¿A vos te parece?

LÁQUESIS:  Pero un buen día llegó al colmo.

CLOTO:  Se reunió con la Historia para conspirar contra Dios.

MUERTE HIJA:  ¿Qué querían hacer?

LÁQUESIS: ¡Querían apoderarse del Poder!, pero no pudieron....

MUERTE HIJA: ¿No pudieron apoderarse del Poder?

CLOTO:  Te cuento, la Historia siempre fue su alcahueta. Se juntaron y pensaron que eran invencibles.

LÁQUESIS:  Eso de Don Satanás fue un poroto al lado de esta conjura, la Historia hace todo lo que él le pide, son carne y uña. Más que eso, son ¡culo y calzón!

CLOTO:  El Tiempo le dijo “yo soy el Futuro porque decido cuándo pasará esto o aquello. Vos te encargás del Pasado porque memorizás todo lo sucedido, el Presente no existe como ya demostró el tío ése de Hipona, de manera que entre vos y yo tenemos encerrada la realidad. Nada está fuera de nuestras manos. ¿Para qué necesitamos a Dios? Además, honestamente, es un desastre como gobernante: mirá que tardar ¡siete días!  para armar semejante desastre. Nosotros hubiésemos gastado menos de la mitad y ya no estaría siendo. Hace rato hubiese dejado de ser”.

LÁQUESIS: Pero no se dieron cuenta que la Serpiente —que sólo vive el Presente aunque el Agustín haya dicho que es ilusión— escuchó todo lo que estos dos estaban tramando y se fue volando hasta el trono de Dios.

CLOTO:  ¡Le contó todo, con lujo de detalles!

LÁQUESIS: Entonces Dios los castigó confinándolos a la Tierra: “Que sufran el desastre hecho en siete días” —dijo, enfurecido-—. “O si no, que arreglen ellos la catástrofe, ya que son tan habilidosos” —sentenció.

CLOTO:  ¡Estaba enojadísimo! Mucho más que cuando Moisés rompió las Tablas.

LÁQUESIS: Y ahí mismo puso al Ángel ese que los echó a patadas....

CLOTO: ¿Y qué iban a hacer ellos?

LÁQUESISI: El Mundo no tenía arreglo así que se propusieron hacer cosmética.

MUERTE HIJA:  ¿Cómo es eso?

LÁQUESIS: Claro, como no pudieron hacer que fuera, digamos ‘perfecto’ encomendó a la Historia un truco.

CLOTO:  ¡Hacerle creer a los hombres que pueden ser eternos! (aplaude poniendo picardía en la mirada) ¿No es genial, pero réquetegenial?

LÁQUESIS: La Historia inventó un maquillaje que se le ocurrió cuando el finado Keops hizo su Pirámide.

MUERTE HIJA:  A ver, chicas.... me parece que no entiendo lo que me quieren decir...(Toma asiento en un taburete que está en la penumbra) ¿No hay mate por ahí? Les juro que es mi hora de matear.

CLOTO: ¿No será tu hora de matar más bien? (Se ríen las tres).

MUERTE HIJA: ¿Y para qué un muerto necesita semejante monumento?

LÁQUESIS: ¡Oh!, ahí está el ardid, ¡porque se cree que la Belleza sobrevive a la vida, que es transitoria , breve,  y dura uno de nuestros suspiros.

CLOTO: Pero la Historia no es ninguna tarada. Empezó a ver que algunos desconfiaban de los mausoleos y entonces se le ocurrió otra idea genial.

LÁQUESIS:  Y entonces inventó el “Espíritu” que puede ser tan perfecto que es bello, cuando se lo cultiva.

CLOTO:  Y ya sabemos que Don Platón convenció a todos que lo que es bello, es eterno.

LÁQUESIS:  Y así los hombres creyeron encontrar una manera de salvarse, inscribiéndose para siempre en la memoria de la Historia.

CLOTO:   Pero ¡ja! embustes, embustes, querida. Ya sabemos que allí siempre es Siempre.

LÁQUESIS: Y que la Historia es una desmemoriada (Risas sarcásticas).

CLOTO: En fin, puras patrañas. Todos mueren lo necesario. Ni un poco más ni un poco menos.

LÁQUESIS: El “Espíritu” no es más que el maquillaje de la muerte.

CLOTO: (Poniéndose a bobinar su hebra con apuro, para recuperar los instantes perdidos). Pero, ¿qué cuernos estamos haciendo? (Codea a Láquesis). ¿Justamente a Ella se lo venimos a contar?

LÁQUESIS: ¿A Ella? (la señala con su largo índice rematado en una uña flechuda)  que es la camarera de la desgracia?

CLOTO: ¡Comadre del infortunio infinito!

LÁQUESIS: ¡Concubina lesbiana de la Maldad! (Risas)

ÁTROPOS:         (Aparece desde el lateral derecho con sus tijeras tiznadas) ¿Quién anda por ahí?

LÁQUESIS: ¡Guarda que viene la ciega!

ÁTROPOS: ¡Te escuché bien, zorra! ¡Ya te voy a dar tongos cuando te pongas a tiro! Te voy a cortar las crenchas (Sisea las tijeras en el aire, amenazadora) que ni Giordano te las va a poder arreglar después, ¡desgraciada! (Se sienta al lado de la Muerte Hija) ¿Cómo andás, queridita? ¿Conseguiste el mate, che?

MUERTE HIJA:  No, pero se supone que yo soy la visita y ustedes las dueñas de casa.

ÁTROPOS: Ya va, ya va... ¡Qué! (Mirando a las sus hermanas que han puesto trompa de reproche) ¿Soy la sirvienta acaso? (Habla a gritos con la voz ronca y grave de una contralto engripada). Una no puede echarse a dormir una siestita que ya la acusan de crímenes horrendos.

CLOTO: (Con la entonación de quien reanuda una conversación) ...Y desde entonces la Historia atrae a los hombres...

LÁQUESIS: ...disfrazada de Eternidad.

CLOTO: Políticos, artistas, dictadores, filósofos.

LÁQUESIS:  Todos quieren alcanzar el Ideal que se les muestra, para perpetuarse.

CLOTO: Pero lo único que consiguen es durar un tiempito en el recuerdo de los que sobreviven. No hay que ilusionarse demasiado con la flotación cuando uno está en un océano. La fuerza de gravitación prevalece a la larga. Es universal, ya lo dijo Don Newton, al final los recuerdos se hunden, todo cae en la omisión.

LÁQUESIS: La memoria humana es el alimento preferido del olvido.

CLOTO: ¡Que cada día tiene más hambre!

MUERTE HIJA:  ¿Y cómo hace la Historia para sobrevivir, entonces?

LÁQUESIS: ¡Oh!, ella inventa, sacude el polvo de sus momias.

CLOTO:  Fabrica héroes que son soldaditos de plomo.

LÁQUESIS: ¡los verdaderos héroes son el plato predilecto del olvido!

CLOTO: Casi no come otra cosa.

LÁQUESIS: (Midiendo una hebra larguísima) ¡Aquí, Átropos, aquí! (señala)  traé tus tijeras y cortá...rápido, rápido ...

CLOTO: ...que ya se le terminó la Esperanza a este hombre.

MUERTE HIJA: ¡Esperen chicas! ¿Y si el tipo ese no estuviera enfermo?

LÁQUESIS: ¡Que se suicide, mi hija! ¿Para qué quiere seguir viviendo sin esperanzas? (se lo dice a Átropos) dále, cortá de un golpe.

MUERTE HIJA:  Bueno mujeres, las dejo... sigan trabajando. Yo me voy a por el mate, si no tomo a esta hora, después me duele la cabeza. (Se retira, las demás quedan con sus labores, los suaves sones del Adagietto de la 5ta. de Mahler la acompañan hasta que desaparece).

 

                                           F I N

 

 

 



 Foto: Corrientes, de Javier Ríos.