miércoles, 22 de junio de 2016

¿Qué es la Personalidad?  


Hay tantas definiciones de personalidad como personalidades. En general casi todos los psiquiatras estamos de acuerdo en ciertos puntos: la personalidad es una especie de modelo característico de pensamientos, sentimientos y conductas que se mantienen a lo largo del tiempo y a través de distintas circunstancias otorgándole unidad al individuo. Pero la personalidad es el último escalón jerárquico de varios elementos que se reúnen para darle espesor. La personalidad es la síntesis de ellos.
Observemos el siguiente esquema:


* Personalidad
* Carácter
* Temperamento


En la base tenemos el Temperamento que es el sustrato biológico, la especial conformación del SNC, la reactividad de sus elementos, la mayor o menor rapidez y coordinación con que  funciona. Así, hay personas naturalmente calmas y otras que son irritables y enérgicas desde bebés, es decir sin que haya intervenido un aprendizaje previo. Desde los estudios de Thomas y Chess (1977) sabemos que desde los primeros días de vida los bebés no son iguales. Dividieron tres grupos iniciales: a) bebés fáciles; b) bebés difíciles; c) bebés de lento arranque. Subiendo en la escala familiar comprobaron que estas características tendían a mantenerse de padres a hijos, es decir, podrían atribuirse a condiciones genéticas, hereditarias. Los bebés fáciles son aquellos que todos querríamos tener: dóciles, adaptables, disfrutan con lo nuevo y tienden a socializarse fácilmente. Los bebés difíciles son los que nos gustaría que le tocaran en suertes a nuestras cuñadas: ariscos, irritables, se fastidian fácilmente, lloran continuamente y en etapas posteriores son de difícil adaptación en la vida escolar. Son buenos candidatos a ser los niños problemáticos de las escuelas, dolor de cabeza de padres y docentes. Por último, los bebés de lento arranque  son  inactivos y lerdos y tienden a reaccionar con más pasividad. Otros investigadores agregaron el tipo  d) Bebés tímidos, que son inhibidos y temerosos de todo lo nuevo y extraño. Serán en el futuro las personalidades con fuerte base evitativa: introvertidos, cautelosos en extremo y con escasos vínculos sociales.
Este temperamento de base hereditaria no es inexorable; marca una tendencia pero puede ser modificado por la educación, las experiencias, los modelos que se fija el niño, y miles de factores más que intervienen en la conformación de  la personalidad que es una estructura que se desarrolla en el tiempo y siempre es capaz de remodelar alguna de sus partes.
Si comparamos a la dualidad Temperamento~Carácter como una moneda, se puede decir siguiendo la analogía que el Temperamento es el disco de metal de la moneda y el Carácter, los relieves y dibujos impresos o burilados en ambas caras. El Temperamento es lo inamovible, y lo que otorga el valor de base (no es lo mismo una divisa de bronce, una de plata y una de oro, ya desde el metal  no tienen el mismo valor una moneda de oro y una de níquel independientemente del impreso que figure en ambas caras) igual que en la Personalidad, el Temperamento es la base biológica fija sobre la que asientan los demás elementos que después se combinan con el aprendizaje y las experiencias. La palabra “carácter” viene justamente del trazado de las monedas, las cuñas, los relieves que le dan respaldo financiero.

En un piso más arriba tenemos el carácter que es la suma de modificaciones que imprime el ambiente al temperamento   original  y se dan en forma automática, sin dominio completo por parte del individuo. Carácter sería un equivalente a característica propia de tal o cual persona. Las tendencias que marcan la voluntad de cada uno y el modo de oponerse exitosamente a las que considera perjudiciales son parte del núcleo del carácter. Ernest Kretschmer[1], psiquiatra alemán (1888-1964) vinculó los rasgos del carácter a la biotipología que está íntimamente ligada al temperamento. Kretschmer observó que las personas de baja estatura y tendencia a la obesidad, a los que llamó hábito pícnico sufrían más frecuentemente enfermedades del estado de ánimo, como la ciclotimia o la Enfermedad Bipolar o Maníaco Depresiva. En cambio, las personas físicamente atléticas y musculosas que denominó hábito mesomorfo tendían a imponerse en las competencias deportivas y eran más proclives a las patologías de tipo somatomorfo o hipocondríacos; frente a las personas altas y delgadas, de hábito leptosómico frecuentemente asociadas con rasgos de aislamiento social, tendencia a ocuparse de cosas extravagantes o misteriosas y a presentar cuadros de la línea esquizoide o esquizofrenias. Otro psicólogo que se ocupó especialmente del carácter fue Ludwig Klages[2] quien analiza un sistema de móviles que van forjando el carácter, y divide a los mismos en:

a)     Móviles espirituales (capacidad de entusiasmo, capacidad de razonar, deseo de conocer, objetividad, capacidad de captar intuiciones, instinto creador, fidelidad a los ideales y a las personas, sentimiento de deber, imparcialidad en los juicios...)
b)    Móviles personales (abnegación hacia los ideales, animales y plantas; amor a los recuerdos, espíritu de empresa, necesidad de éxito, iniciativas, pasión, admiración, valor, sentimientos familiares, bondad, caridad, dulzura, simpatía, compasión, interés hacia los demás, egoísmo, desconfianza, maldad, ironía, desquite, envidia, resentimiento, malevolencia...)
c)     Móviles sensuales (deseo de vivir, adicciones a sustancias, morbidez erótica, sensualidad, desenfreno, respeto, moderación, firmeza, utilitarismo, altruismo, sentido de apropiación de la pareja, autoestima...)


Las distintas formas de combinar estos elementos, las variaciones entre los dos extremos de Abundancia o Carencia de una cualidad como envidia, los grados de inclinación del fiel de la balanza en cada categoría son los elementos que conforman el carácter, según Klages.
Para las teorías psicodinámicas (Psicoanálisis) el carácter es la suma de los mecanismos de defensas inconcientes que cada cual utiliza normalmente como repertorio. Tenemos unos 20 mecanismos de defensa, pero habitualmente tendemos a utilizar (sin darnos cuenta de ello, ya que son inconcientes e involuntarios) 4 o 5 en forma sistemática. Según cuáles sean estas 4 o 5 formas de respuestas tendremos tal o cual tipo de carácter marcado en la Personalidad.


Personalidad[3]: cuando el individuo integra esta suma de elementos en un todo unificador al que se suma la Conciencia como eje, tenemos la personalidad que es la síntesis de todos los elementos biológicos, temperamentales, caracterológicos y sociales que nos definen con un modo único de ser en el mundo. No hay dos personalidades idénticas; ni los gemelos que tienen exactamente la misma carga genética ya que sus cromosomas son prácticamente réplicas (son los clones naturales) tienen la misma personalidad.
La personalidad se va desarrollando desde el nacimiento y alcanza su estructura hacia el final de la niñez. Desde los 5 o 6 años se inicia un periodo que la escuela psicoanalítica llama de latencia  y perdura hasta la pubertad. Con los cambios hormonales que bullen en la pubertad se despiertan de nuevo los componentes instintivos de la sexualidad y ésto remodela los impulsos y mecanismos defensivos que se levantan para contenerlos. El uso de uno u otro mecanismo de defensa inconciente con preferencia configura los rasgos de personalidad característicos de cada uno. Por ejemplo, una persona que inconscientemente utilice una y otra vez el desplazamiento y proyección tenderá a ser tímida e introvertida.

El núcleo de la personalidad es el Yo, instancia del aparato psíquico a la que Sigmund Freud asignó el rol protagónico en la Conciencia. El yo tiene dos grandes áreas; primero el área emotiva que está ligada a los conflictos dentro y fuera de la mente (externos e internos) y segundo, el área llamada libre de conflictos donde radican las funciones psíquicas superiores:

1)      Conciencia
2)      Voluntad
3)      Lenguaje
4)      Inteligencia
5)      Afectividad

Estas son las funciones que exploramos en la psicosemiología. Los distintos signos y síntomas que aparecen al explorar cada una de estas funciones nos darán las claves para catalogar un conjunto de manifestaciones dentro de las categorías clínicas conocidas. Es necesario tener presente un cuadro general de las enfermedades mentales para poder reconocer las características que presentan al examen clínico. Justamente, la palabra clínica viene del griego klinos, que significa cama, porque junto a la cama del enfermo el médico recogía los datos que lo llevaban a un diagnóstico con fundamento científico.




[1] Puede leerse su obra  Estructura del cuerpo y del carácter, edit. Paidós, Bs.As. 1972.
[2] Obra citada: Los fundamentos de la Caracterología, Ludwig Klages, 3ra edic. Edit. Paidós, 1965.
[3] Personalidad viene de “Personna” que en la antigua Grecia designaba a la máscara con la que se cubrían los actores para representar un personaje u otro. Por ejemplo, la “personna” de Clitemmestra en La Orestíada de Esquilo siempre tenía expresión furibunda ya que Esquilo la condena desde un principio como uxoricida. 

jueves, 12 de marzo de 2015

CUENTOS, DE MABEL PEDROZO (ASUNCIÓN DEL PARAGUAY) 2015


CUENTOS PARA MIL NOCHES


MABEL PEDROZO


Como un personaje más de sus narraciones y cuentos, Mabel Pedrozo es huidiza, se acomoda mejor a las sombras de la timidez que a los destellos de la exposición. Quienes la conocemos sabemos que es uno de los mejores corazones que existen en el camino bastante esquivo de la cultura y sus aledaños. Mabel es abogada egresada de la Universidad Nacional de Asunción pero en toda su actitud ya advertimos que está muy lejos del ejercicio de una profesión con tantos recovecos como leyes.

La ética le impediría caminar como quien halla espinas y escollos en un camino largo y tedioso. La necesidad de escurrirse por andamiajes dibujados le impediría cumplir horarios de oficinas entre funcionarios y funcionarias que ven pasar la vida a través de una ventana. El territorio donde respira la verdadera libertad está en las lecturas que visita para poblar su mundo personal, seguramente mucho más rico y destellante que el de la rutina en la que nos movemos como si el tiempo fuese una condena a cumplir.

Lejos de esa lenta máquina que nos tritura con obligaciones, Mabel y todos quienes leemos compulsivamente, vivimos nuestras vidas y las de cientos de seres con quienes compartimos desgracias, felicidades y decepciones.


TABLADA, ASUNCIÓN


En la zona ubicua que figura en los planos bajo el rótulo de “Trinidad” por cierta parroquia histórica levantada por voluntad de don Carlos Antonio, están los bajos del matadero de ganado de Asunción que delimita La Tablada. Las calles que acuden sinuosas como rogando asilo desde la transitada avenida Artigas buscan refugiarse en la orilla del Río Paraguay. Con las crecientes, las aguas que reculan avanzan anegando las rústicas piedras con que empedraron Asunción durante la interminable noche de la dictadura de Stroessner. Los perros chapotean en los lindes del Matadero municipal, donde llegan las bestias en siniestros camiones, refilando los últimos alientos con que habrán de ser ultimadas entre las brumas del amanecer, desolladas, destazadas y convertidas en cortes de carnes para su venta.

Un zumbido permanente de moscas invisibles juguetea en el aire, uno nunca sabe si existen o no, pero el sopor de ese cansado ronroneo sigue dando vueltas en la memoria después de haberse alejado de los paredones rojizos del matadero. Por lo demás, el vecindario asunceno bulle con la misma vida feliz que en el resto. No hay un mapa físico que copie un mapa sociológico que copie un mapa político.

Esos croquis de escolástica sirven como mera referencia, pero Tablada no se distingue de Ciudad Nueva, San Jerónimo, Barrio Obrero o el céntrico San Roque, barrios en los que viví durante mis años paraguayos. No obstante, algo especial ronda esas calles que tienen el Matadero como centro del laberinto donde se sacrifica al toro todas las noches. Vagos mugidos como de fantasmas corroen las tardes plácidas, pero es en las noches brumosas cuando se escuchan viejos ecos, sonidos de cuchillos que se afilan, sangre que bulle, espesa, alimentando el barro.


LOS PADRES SAGRADOS


Alguna vez Mabel me dejó entrever su infancia, esa patria nunca hollada por las impurezas que después nos va sumando el tiempo, y en esos años primeros están los recuerdos de un padre misterioso, siempre cariñoso, lector de libros de ocultismo, tal vez las Clavículas de Salomón, augurios, la Alquimia del Trimegisto, las bases del espiritismo, los escalafones del Infierno con la cohorte de Satanás y sus cadetes. Este hombre sobrio, siempre impecablemente vestido se reunía con sus lecturas y Mabel lo observaba ensimismada, leyendo a través de esa figura concentrada los misterios del más allá.


También la madre atesoraba relatos fantásticos en los que nunca faltaban espíritus de doncellas muertas que rondaban las calles de adoquines brillantes como los de Tablada. O enseñaba a las hijas a permanecer atentas a los sonidos de la noche: algunos pasos que resonaban, golpes de puertas que gruñían al cerrarse, cánticos muy lejanos y toda forma de criaturas mitológicas que la tradición popular fue mestizando con seres de carne y hueso en el oscuro ámbito guaraní.

 

 

miércoles, 24 de diciembre de 2014


BIEN DE FAMILIA /


 

PERSONAJES

  1. Amparo, viuda de 70 a 75 años
  2. Cristina, enfermera, soltera, 36 años
  3. Padre Daniel, sacerdote, 40 años
  4. Malvina, vieja amiga de Amparo, 60 años
  5. Luciano, sobrino de Amparo, 25 años

 

 

Dormitorio de paredes blancas con detalles suntuosos en el decorado. Cama con dosel, mesitas de luz de estilo, un tocador con espejos, una mesa donde se acumulan medicamentos, perfumes y libros. Veladores con caireles. Dos butacones o sillas tapizadas. Un florero con rosas un poco ajadas. Flota una suave música funcional como de sanatorio. Amparo está en la cama, leyendo y tose a cada tanto. Tiene el cabello recogido y viste ropa de cama. Hace sonar una campanilla y acude Cristina que viste de oscuro, solo la cofia blanca delata que es enfermera. Todo en ella es pulcritud y corrección, también lleva el cabello sujeto y el cuello cerrado.

Amparo:        Me duele. Mucho. Quiero fumar

Cristina:        Pero señora, el médico me ha prohibido…

Amparo:        (Cortándola) ¡Qué puede saber ese pelotudo de lo que me duele!

Cristina:        Es por su bien

Amparo:        ¿Qué bien? ¿Alargar este cáncer que me devora es el bien?

Cristina:        Dios da, Dios quita, señora.

Amparo:        A mí nadie me quita nada, ni los bienes ni los males.

Cristina:        Sólo Él sabe el momento exacto.

Amparo:        Quiero fumar.

Cristina:        No puedo, señora.

Amparo:        Necesito fumar desesperadamente, ¿no entiende?

Cristina:        Sí entiendo

Amparo:        ¿Y entonces?

Cristina:        También entiendo mi deber

Amparo:        Deje de decir boludeces, qué deber ni qué ocho cuartos. Alcánceme un cigarrillo. Solamente uno.

Cristina:        (No se  mueve) No hay, señora

Amparo:        Hay un atado en la cocina, arriba de la alacena, vaya, busque

Cristina:        No, señora

Amparo:        Ya está, perdí la maldita jugada, el cáncer empezó en el pulmón y llegó al cerebro, a los huesos, al hígado. ¿De qué me va a salvar dejar de fumar, mujer? Ya es tarde para todo. Hasta la salvación tiene plazos….

Cristina:        Mejor le leo un pasaje del Evangelio, ¿sí? El padre Daniel dice que es lo mejor contra las tentaciones.

Amparo:        Odio al mundo. No es más que una porquería donde todos se revuelcan para quitarse dinero.

Cristina:        ¿Alguien le quitó algo?

Amparo:        Todos. Desde que quedé viuda mis sobrinos empezaron a rondar como buitres. Tía esto, tía lo otro. No pasaba día en que no me llamaran para contarme estupideces. Claro, mi cuñada los empujaba. Esa mujerzuela detecta el dinero por el olor, lo habrá aprendido en el cabaret donde alternaba. De ahí la sacó mi cuñado para casarse con ella, ese Fernando siempre fue un bueno para nada. No se parece en nada al hermano. Mi marido era un hombre pujante, trabajador, incansable. Hizo todo de nada. En cambio Fernando…pobre infeliz. La putona esa le hacía gastar lo que no tenía, siempre andaba pidiéndole dinero a mi marido.

Cristina:        ¿Leemos la palabra de Dios?

Amparo:        No, deje a Dios en paz. No le hice ningún mal y me mandó un cáncer, mejor dejémoslo tranquilo, a ver si se acuerda de nosotros y nos manda otra calamidad. Ya sé: Él sabe lo que hace, hasta cuando hace un mal. Nuestro deber es disculpar a Dios de todos sus pecados…somos más indulgentes que Él.

Cristina:        ¡Por Dios, señora! Esas cosas no se dicen

Amparo:        A mí me las hace… ¿y yo no puedo decirlo? No. Basta, ya le dije, dejemos a Dios en su lugar.

Cristina:        El padre Daniel me encomendó…

Amparo:        ¿Qué?

Cristina:        Que la cuidara con devoción

Amparo:        Necesito ir al baño.

Cristina:        La ayudo… (Va y la sostiene, se nota que Amparo se mueve con dificultad) Con cuidado…

Amparo:        Este maldito dolor… (Desaparecen de escena. Empieza a sonar el teléfono con insistencia)

Cristina:        (Regresando con apuro para atender el teléfono) Diga…. No, la señora no está. Salió para unas revisaciones médicas… la verdad, no sé a qué hora puede volver. Sí, cuando regrese le digo que llamó. (Va de nuevo hacia el baño y vuelve con Amparo)

Amparo:        ¿Quién era?…

Cristina:        ¿Quién, señora?

Amparo:        El que llamó por teléfono; mire, a veces no sé si usted es o se hace la tonta. Ay, con cuidado, me duele mucho…

Cristina:        Era de una empresa que ofrecía seguros de vida

Amparo:        No es mala idea para mí que tengo segura la muerte

Cristina:        No diga eso, señora. No conviene tentar a Dios

Amparo:        ¿Qué edad tiene, Cristina? (Vuelve a acomodarse en la cama)

Cristina:        Treinta y cinco…

Amparo:        Uy, casi pasamos la raya. Aunque consiga un marido o novio, ya no habrá hijos, ¿no? Usted, como yo, termina en usted. No tenemos descendencia. ¿Nunca pensó eso?

Cristina:        ¿Pensar qué?

Amparo:        Que somos como esos viejos árboles que ya están secos por dentro, apenas algunas ramas mantienen la vida, pero adentro está todo podrido, de raíz.

Cristina:        Yo no me siento… podrida, señora.

Amparo:        Claro, no tiene cáncer pero tampoco tiene vida, ¿qué es usted? Una simple cuidadora de moribundos que envía la Iglesia para salvar las culpas de gente rica. ¿Y su vida?

Cristina:        ¿Por qué me ofende, si yo no le hago ningún mal?

Amparo:        Solamente digo la verdad, ¿eso la ofende? Vaya, cambie de vida y veremos cómo le sale, aunque a juzgar por sus capacidades, no creo que avance mucho en nada. Tráigame un cigarrillo, por favor.

Cristina:        No puedo hacer eso

Amparo:        Claro que puede. Basta con ir a la cocina, encender uno y traérmelo

Cristina:        ¡Pero le hace mal!

Amparo:        ¿Es realmente idiota? ¿Qué otro mal me puede hacer con ese cáncer que ya me trajo? ¿No entiende que el mal ya está hecho? ¿Usted abortó alguna vez?

Cristina:        (Se turba de modo visible) Pero...eso…no…eso es una impiedad…

Amparo:        ¡Abortó! Ese temblor de las manos y ese desconcierto la delatan. Yo no la juzgo. Pero no me dirá que el mal ya no está hecho. El niño está muerto.

Cristina:        Señora… es hora de su inyectable (Va hacia la mesita y toma una jeringa, la carga mientras Amparo sigue)

Amparo:        Muerto. Muerto. ¿Y por eso dejó de tener sexo? ¿Por el muerto? Ya no hay nada que se pueda hacer por un feto muerto, Cristina. Madure.

Cristina:        Por favor, dese vuelta para la inyección…

Amparo:        Del lado derecho, la otra nalga ya la tengo a la miseria

Cristina:        Sí…

Amparo:        ¿Qué era?

Cristina:        ¿Qué cosa, señora?

Amparo:        El feto, ¿era varón o mujer?

Cristina:        Espere, quédese, no se mueva ya termino

Amparo:        ¿Qué era?

Cristina:        (Limpiándose las manos con una gasa de alcohol) Eso fue hace mucho tiempo, señora. Mi padre, es decir, nadie en mi casa, nadie habría admitido un hijo de una madre soltera…

Amparo:        Ah, claro, la unidad familiar justifica cualquier crimen, yo la comprendo, hubiese asesinado a la zorra de mi cuñada pero claro, eso rompería la ‘sagrada armonía familiar’, entonces me tuve que meter el odio en la sangre y el tabaco me anestesiaba esas pequeñas “incomodidades”. ¿Ahora entiende por qué quiero fumar?

Cristina:        Me juzga desde su posición, señora. Muy cómodo lo suyo…

Amparo:        Y qué, ¿no hubiese podido tenerlo y trabajar como todo el mundo?

Cristina:        ¿Trabajar cuidando enfermos con un bebé?

Amparo:        Bueno, podría haberse empleado como sirvienta en casas de familia…

Cristina:        ¿Con un bebé? ¿Usted me hubiese recibido?

Amparo:        Detesto los recién nacidos…son como larvas asquerosas y rosadas que gritan, llorisquean, se mean, tienen hedores…uff, me libré de tener hijos para estar lejos de toda esa porquería humana.

Cristina:        ¿Y entonces?

Amparo:        ¿Qué?

Cristina:        ¿Dónde trabajaría con un bebé de días? Porque mi padre me habría echado a la calle antes del parto, señora.

Amparo:        Qué sé yo, búsquese algún apoyo en la Iglesia, ¿acaso no tienen guarderías y esas cosas?

Cristina:        No para madres solteras
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miércoles, 26 de marzo de 2014

MARIANO MORENO Y FRAY CAYETANO RODRÍGUEZ, FRANCISCANO


Leí al predicador Claudio Fauchet, entre sus libros, fray Cayetano. Decía que la primera virtud de una persona es la libertad y que no hay fanatismo sin violencia, ¿cómo defender la independencia que se nos usurpó sin levantar la idea de libertad hasta el fanatismo? ¿Qué pasaría si saliese yo a la calle a vociferar contra el virrey que nos oprime? Toda la gendarmería española se me vendría encima y yo me quedaría sin libertad, sin ideas y sin cabeza para pensar una salida.


No, Marianito, ahora no. Hay que cultivar la paciencia que es hija de la fe, y si no, que te lo diga el pobre Job que vio morir a sus hijos, derrumbarse su casa, quemarse sus sembradíos, exterminarse su ganado de las pestes, llenársele el cuerpo de lepra pero seguía creyendo en un Dios que sólo le enviaba desgracias. El pobre Job perdió todo, menos la fe. La fe nos mantiene vivos. No lo olvides nunca.