sábado, 17 de octubre de 2015
jueves, 12 de marzo de 2015
CUENTOS, DE MABEL PEDROZO (ASUNCIÓN DEL PARAGUAY) 2015
CUENTOS PARA MIL
NOCHES
MABEL PEDROZO
Como un personaje más de sus narraciones y cuentos, Mabel Pedrozo es huidiza, se acomoda mejor a las sombras de la timidez que a los destellos de la exposición. Quienes la conocemos sabemos que es uno de los mejores corazones que existen en el camino bastante esquivo de la cultura y sus aledaños. Mabel es abogada egresada de la Universidad Nacional de Asunción pero en toda su actitud ya advertimos que está muy lejos del ejercicio de una profesión con tantos recovecos como leyes.
La ética le impediría caminar como quien halla espinas y escollos en un camino largo y tedioso. La necesidad de escurrirse por andamiajes dibujados le impediría cumplir horarios de oficinas entre funcionarios y funcionarias que ven pasar la vida a través de una ventana. El territorio donde respira la verdadera libertad está en las lecturas que visita para poblar su mundo personal, seguramente mucho más rico y destellante que el de la rutina en la que nos movemos como si el tiempo fuese una condena a cumplir.
Lejos de esa
lenta máquina que nos tritura con obligaciones, Mabel y todos quienes leemos compulsivamente,
vivimos nuestras vidas y las de cientos de seres con quienes compartimos
desgracias, felicidades y decepciones.
TABLADA, ASUNCIÓN
En la zona ubicua que figura en los planos bajo el rótulo de “Trinidad” por cierta parroquia histórica levantada por voluntad de don Carlos Antonio, están los bajos del matadero de ganado de Asunción que delimita La Tablada. Las calles que acuden sinuosas como rogando asilo desde la transitada avenida Artigas buscan refugiarse en la orilla del Río Paraguay. Con las crecientes, las aguas que reculan avanzan anegando las rústicas piedras con que empedraron Asunción durante la interminable noche de la dictadura de Stroessner. Los perros chapotean en los lindes del Matadero municipal, donde llegan las bestias en siniestros camiones, refilando los últimos alientos con que habrán de ser ultimadas entre las brumas del amanecer, desolladas, destazadas y convertidas en cortes de carnes para su venta.
Un zumbido permanente de moscas invisibles juguetea en el aire, uno nunca sabe si existen o no, pero el sopor de ese cansado ronroneo sigue dando vueltas en la memoria después de haberse alejado de los paredones rojizos del matadero. Por lo demás, el vecindario asunceno bulle con la misma vida feliz que en el resto. No hay un mapa físico que copie un mapa sociológico que copie un mapa político.
Esos croquis de escolástica
sirven como mera referencia, pero Tablada no se distingue de Ciudad Nueva, San
Jerónimo, Barrio Obrero o el céntrico San Roque, barrios en los que viví
durante mis años paraguayos. No obstante, algo especial ronda esas calles que
tienen el Matadero como centro del laberinto donde se sacrifica al toro todas
las noches. Vagos mugidos como de fantasmas corroen las tardes plácidas, pero
es en las noches brumosas cuando se escuchan viejos ecos, sonidos de cuchillos
que se afilan, sangre que bulle, espesa, alimentando el barro.
LOS PADRES SAGRADOS
Alguna vez Mabel me
dejó entrever su infancia, esa patria nunca hollada por las impurezas que
después nos va sumando el tiempo, y en esos años primeros están los recuerdos
de un padre misterioso, siempre cariñoso, lector de libros de ocultismo, tal
vez las Clavículas de Salomón, augurios, la Alquimia del Trimegisto, las bases
del espiritismo, los escalafones del Infierno con la cohorte de Satanás y sus
cadetes. Este hombre sobrio, siempre impecablemente vestido se reunía con sus
lecturas y Mabel lo observaba ensimismada, leyendo a través de esa figura
concentrada los misterios del más allá.
También la madre atesoraba relatos fantásticos en los que nunca faltaban espíritus de doncellas muertas que rondaban las calles de adoquines brillantes como los de Tablada. O enseñaba a las hijas a permanecer atentas a los sonidos de la noche: algunos pasos que resonaban, golpes de puertas que gruñían al cerrarse, cánticos muy lejanos y toda forma de criaturas mitológicas que la tradición popular fue mestizando con seres de carne y hueso en el oscuro ámbito guaraní.
miércoles, 24 de diciembre de 2014
BIEN DE FAMILIA /
PERSONAJES
- Amparo,
viuda de 70 a 75 años
- Cristina,
enfermera, soltera, 36 años
- Padre
Daniel, sacerdote, 40 años
- Malvina,
vieja amiga de Amparo, 60 años
- Luciano,
sobrino de Amparo, 25 años
Dormitorio de paredes blancas
con detalles suntuosos en el decorado. Cama con dosel, mesitas de luz de
estilo, un tocador con espejos, una mesa donde se acumulan medicamentos, perfumes
y libros. Veladores con caireles. Dos butacones o sillas tapizadas. Un florero
con rosas un poco ajadas. Flota una suave música funcional como de sanatorio.
Amparo está en la cama, leyendo y tose a cada tanto. Tiene el cabello recogido
y viste ropa de cama. Hace sonar una campanilla y acude Cristina que viste de
oscuro, solo la cofia blanca delata que es enfermera. Todo en ella es pulcritud
y corrección, también lleva el cabello sujeto y el cuello cerrado.
Amparo: Me duele. Mucho. Quiero fumar
Cristina: Pero señora, el médico me ha prohibido…
Amparo: (Cortándola) ¡Qué puede saber ese pelotudo de lo que me
duele!
Cristina: Es por su bien
Amparo: ¿Qué bien? ¿Alargar este cáncer que me devora es el bien?
Cristina: Dios da, Dios quita, señora.
Amparo: A mí nadie me quita nada, ni los bienes ni los males.
Cristina: Sólo Él sabe el momento exacto.
Amparo: Quiero fumar.
Cristina: No puedo, señora.
Amparo: Necesito fumar desesperadamente, ¿no entiende?
Cristina: Sí entiendo
Amparo: ¿Y entonces?
Cristina: También entiendo mi deber
Amparo: Deje de decir boludeces, qué deber ni qué ocho cuartos.
Alcánceme un cigarrillo. Solamente uno.
Cristina: (No se
mueve) No hay, señora
Amparo: Hay un atado en la cocina, arriba de la alacena, vaya, busque
Cristina: No, señora
Amparo: Ya está, perdí la maldita jugada, el cáncer empezó en el
pulmón y llegó al cerebro, a los huesos, al hígado. ¿De qué me va a salvar
dejar de fumar, mujer? Ya es tarde para todo. Hasta la salvación tiene plazos….
Cristina: Mejor le leo un pasaje del Evangelio,
¿sí? El padre Daniel dice que es lo mejor contra las tentaciones.
Amparo: Odio al mundo. No es más que una porquería donde todos se
revuelcan para quitarse dinero.
Cristina: ¿Alguien le quitó algo?
Amparo: Todos. Desde que quedé viuda mis sobrinos empezaron a rondar
como buitres. Tía esto, tía lo otro. No pasaba día en que no me llamaran para
contarme estupideces. Claro, mi cuñada los empujaba. Esa mujerzuela detecta el
dinero por el olor, lo habrá aprendido en el cabaret donde alternaba. De ahí la
sacó mi cuñado para casarse con ella, ese Fernando siempre fue un bueno para
nada. No se parece en nada al hermano. Mi marido era un hombre pujante,
trabajador, incansable. Hizo todo de nada. En cambio Fernando…pobre infeliz. La
putona esa le hacía gastar lo que no tenía, siempre andaba pidiéndole dinero a
mi marido.
Cristina: ¿Leemos la palabra de Dios?
Amparo: No, deje a Dios en paz. No le hice ningún mal y me mandó un
cáncer, mejor dejémoslo tranquilo, a ver si se acuerda de nosotros y nos manda
otra calamidad. Ya sé: Él sabe lo que hace, hasta cuando hace un mal. Nuestro
deber es disculpar a Dios de todos sus pecados…somos más indulgentes que Él.
Cristina: ¡Por Dios, señora! Esas cosas no se
dicen
Amparo: A mí me las hace… ¿y yo no puedo decirlo? No. Basta, ya le
dije, dejemos a Dios en su lugar.
Cristina: El padre Daniel me encomendó…
Amparo: ¿Qué?
Cristina: Que la cuidara con devoción
Amparo: Necesito ir al baño.
Cristina: La ayudo… (Va y la sostiene, se nota que
Amparo se mueve con dificultad) Con cuidado…
Amparo: Este maldito dolor… (Desaparecen de escena. Empieza a sonar
el teléfono con insistencia)
Cristina: (Regresando con apuro para atender el
teléfono) Diga…. No, la señora no está. Salió para unas revisaciones médicas…
la verdad, no sé a qué hora puede volver. Sí, cuando regrese le digo que llamó.
(Va de nuevo hacia el baño y vuelve con Amparo)
Amparo: ¿Quién era?…
Cristina: ¿Quién, señora?
Amparo: El que llamó por teléfono; mire, a veces no sé si usted es o
se hace la tonta. Ay, con cuidado, me duele mucho…
Cristina: Era de una empresa que ofrecía seguros
de vida
Amparo: No es mala idea para mí que tengo segura la muerte
Cristina: No diga eso, señora. No conviene tentar
a Dios
Amparo: ¿Qué edad tiene, Cristina? (Vuelve a acomodarse en la cama)
Cristina: Treinta y cinco…
Amparo: Uy, casi pasamos la raya. Aunque consiga un marido o novio,
ya no habrá hijos, ¿no? Usted, como yo, termina en usted. No tenemos
descendencia. ¿Nunca pensó eso?
Cristina: ¿Pensar qué?
Amparo: Que somos como esos viejos árboles que ya están secos por
dentro, apenas algunas ramas mantienen la vida, pero adentro está todo podrido,
de raíz.
Cristina: Yo no me siento… podrida, señora.
Amparo: Claro, no tiene cáncer pero tampoco tiene vida, ¿qué es
usted? Una simple cuidadora de moribundos que envía la Iglesia para salvar las
culpas de gente rica. ¿Y su vida?
Cristina: ¿Por qué me ofende, si yo no le hago
ningún mal?
Amparo: Solamente digo la verdad, ¿eso la ofende? Vaya, cambie de
vida y veremos cómo le sale, aunque a juzgar por sus capacidades, no creo que
avance mucho en nada. Tráigame un cigarrillo, por favor.
Cristina: No puedo hacer eso
Amparo: Claro que puede. Basta con ir a la cocina, encender uno y
traérmelo
Cristina: ¡Pero le hace mal!
Amparo: ¿Es realmente idiota? ¿Qué otro mal me puede hacer con ese
cáncer que ya me trajo? ¿No entiende que el mal ya está hecho? ¿Usted abortó
alguna vez?
Cristina: (Se turba de modo visible)
Pero...eso…no…eso es una impiedad…
Amparo: ¡Abortó! Ese temblor de las manos y ese desconcierto la
delatan. Yo no la juzgo. Pero no me dirá que el mal ya no está hecho. El niño
está muerto.
Cristina: Señora… es hora de su inyectable (Va
hacia la mesita y toma una jeringa, la carga mientras Amparo sigue)
Amparo: Muerto. Muerto. ¿Y por eso dejó de tener sexo? ¿Por el
muerto? Ya no hay nada que se pueda hacer por un feto muerto, Cristina. Madure.
Cristina: Por favor, dese vuelta para la inyección…
Amparo: Del lado derecho, la otra nalga ya la tengo a la miseria
Cristina: Sí…
Amparo: ¿Qué era?
Cristina: ¿Qué cosa, señora?
Amparo: El feto, ¿era varón o mujer?
Cristina: Espere, quédese, no se mueva ya termino
Amparo: ¿Qué era?
Cristina: (Limpiándose las manos con una gasa de
alcohol) Eso fue hace mucho tiempo, señora. Mi padre, es decir, nadie en mi
casa, nadie habría admitido un hijo de una madre soltera…
Amparo: Ah, claro, la unidad familiar justifica cualquier crimen, yo
la comprendo, hubiese asesinado a la zorra de mi cuñada pero claro, eso
rompería la ‘sagrada armonía familiar’, entonces me tuve que meter el odio en
la sangre y el tabaco me anestesiaba esas pequeñas “incomodidades”. ¿Ahora
entiende por qué quiero fumar?
Cristina: Me juzga desde su posición, señora. Muy
cómodo lo suyo…
Amparo: Y qué, ¿no hubiese podido tenerlo y trabajar como todo el
mundo?
Cristina: ¿Trabajar cuidando enfermos con un bebé?
Amparo: Bueno, podría haberse empleado como sirvienta en casas de
familia…
Cristina: ¿Con un bebé? ¿Usted me hubiese
recibido?
Amparo: Detesto los recién nacidos…son como larvas asquerosas y
rosadas que gritan, llorisquean, se mean, tienen hedores…uff, me libré de tener
hijos para estar lejos de toda esa porquería humana.
Cristina: ¿Y entonces?
Amparo: ¿Qué?
Cristina: ¿Dónde trabajaría con un bebé de días?
Porque mi padre me habría echado a la calle antes del parto, señora.
Amparo: Qué sé yo, búsquese algún apoyo en la Iglesia, ¿acaso no
tienen guarderías y esas cosas?
Cristina: No para madres solteras
.
.
.
lunes, 29 de septiembre de 2014
domingo, 30 de marzo de 2014
miércoles, 26 de marzo de 2014
MARIANO MORENO Y FRAY CAYETANO RODRÍGUEZ, FRANCISCANO
Leí
al predicador Claudio Fauchet, entre sus libros, fray Cayetano. Decía que la
primera virtud de una persona es la libertad y que no hay fanatismo sin
violencia, ¿cómo defender la independencia que se nos usurpó sin levantar la
idea de libertad hasta el fanatismo? ¿Qué pasaría si saliese yo a la calle a
vociferar contra el virrey que nos oprime? Toda la gendarmería española se me
vendría encima y yo me quedaría sin libertad, sin ideas y sin cabeza para
pensar una salida.
No,
Marianito, ahora no. Hay que cultivar la paciencia que es hija de la fe, y si
no, que te lo diga el pobre Job que vio morir a sus hijos, derrumbarse su casa,
quemarse sus sembradíos, exterminarse su ganado de las pestes, llenársele el
cuerpo de lepra pero seguía creyendo en un Dios que sólo le enviaba desgracias.
El pobre Job perdió todo, menos la fe. La fe nos mantiene vivos. No lo olvides
nunca.
domingo, 2 de marzo de 2014
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